El diario de Jared


“…escribo… la historia de los hechos de mi vida” (1 Nefi 1:1).

Al volver de la escuela, Aarón atravesó corriendo la entrada de la casa y continuó la carrera escaleras arriba hasta su dormitorio. Allí se puso a buscar algo, mientras su hermanito Jared lo observaba con curiosidad.

“¿Dónde está? ¿Dónde está?”, mascullaba.

“¿Qué estás buscando?”, le preguntó Jared.

“Estoy buscando…” Y en ese momento descubrió en el estante de su armario el objeto que necesitaba, junto a sus libros de Escrituras. “¡Acá está!”, exclamó Aarón al mismo tiempo que extendía el brazo y sacaba su diario del lugar donde lo había escondido.

En su mente bullían los pensamientos de lo sucedido ese día; quería empezar a escribir lo antes posible para no olvidar ninguna de las cosas que había visto y oído. Se sentó frente a la mesa de trabajo y abrió el diario en una página en blanco; luego empezó a escribir.

Jared observaba a su hermano mayor, preguntándose por qué estaría tan decidido a escribir en aquel libro. “¿Qué estás haciendo?”, le preguntó. Aarón continuaba concentrado en el diario, en el que escribió la fecha, la hora, el lugar donde estaba y lo que sentía en ese momento. Su hermanito se puso impaciente y le preguntó otra vez: “¿Qué estás escribiendo en ese libro?”.

El otro dejó de escribir y miró a Jared. “Ya voy a terminar”, le dijo. “Cuando termine, te prometo que te voy a decir lo que estoy haciendo, ¿está bien?” Jared asintió y se sentó en la cama, a esperar pacientemente.

Después de escribir otro poco, Aarón al fin cerró el libro. Entonces tomó las Escrituras y las llevó junto con su diario adonde estaba sentado su hermano.

Le mostró el Libro de Mormón y le explicó: “Este libro es algo parecido a un diario; fue escrito por profetas y dice lo que ellos hicieron y enseñaron”.

Le habló de algunas de las historias que recordaba haber leído y escuchado en la Primaria: de cuando el Señor le enseñó a Nefi a construir un barco; de cuando el valiente Samuel el Lamanita se subió a un muro para predicar; de cuando Jesucristo enseñó a los niños pequeños en América.

“Mormón y su hijo Moroni terminaron de escribir la historia de su pueblo en planchas de oro; después Moroni las escondió, tal como Dios le había mandado”, dijo Aarón. “El Libro de Mormón quedó para que nosotros lo leyéramos. Algún día alguien de nuestra familia leerá mi diario también”. Y agregó sonriendo: “Mi diario no es Escritura, pero tendrá escritas todas las cosas importantes que pasen en mi vida y hablará de las personas a las que quiero, como tú, Jared. Será también mi testimonio del amor que mi Padre Celestial tiene por mí”.

Jared pensó un momento en lo que su hermano le había dicho; luego se levantó de un brinco y salió corriendo del cuarto. Al poco rato volvió llevando una hoja de papel y unos lápices de colores, y empezó a dibujar. Entonces fue el turno de Aarón de sentir curiosidad. “¿Qué estás haciendo?”, le preguntó.

“Espera un momento, ya termino”, le dijo Jared. Aarón esperó con paciencia hasta que su hermanito guardó los lápices de colores y levantó el papel para que él lo viera. Había hecho un dibujo con las figuras de los dos; en las manos de su hermano había dibujado un diario y un Libro de Mormón. “¡Yo también voy a escribir un diario!”, exclamó. “Aquí es donde pongo la hora, la fecha y el lugar donde estoy”. Luego señaló el dibujo que representaba a Aarón. “Y ésta es la persona a la que quiero”.

En ese momento, Jared se acordó de algo que había olvidado. Buscó un lápiz amarillo y dibujó una cara grande y sonriente en la parte superior del papel. “¡Y esto es lo que estoy sintiendo!”

“Les prometo que si llevan un diario… éste será verdaderamente una fuente de gran inspiración para su familia, sus hijos, sus nietos y otras personas a lo largo de las generaciones”.

Véase de Presidente Spencer W. Kimball (1895–1985), “Recibí… instrucción en toda la ciencia de mi padre”; Liahona, septiembre de 1982, pág. 1.