Valientes en el Evangelio—Eduardo, Mariana y Marcella Dourado, de Recife, Brasil


Valientes en el Evangelio—Eduardo, Mariana y Marcella Dourado, de Recife, Brasil

¿Qué harías si tuvieras mucho talento para el karate y otros niños se burlaran de ti? ¿Emplearías tus habilidades de lucha para tomarte la revancha? ¿Tratarías de “enseñarles” a no meterse más contigo?

Eduardo Dourado, de once años, sabe qué hacer en ese caso: nada. Aunque algunos compañeros de clase se burlan de él por obedecer las normas de la Iglesia, él hace lo justo y rehúsa pelear. “Yo puedo ganarles”, dice, “pero no quiero lastimar a nadie. A veces he tenido que defenderme, pero trato de hacer otras cosas primero para evitar una pelea”.

Tal como enseñó Jesús, Eduardo pasa por alto los insultos; pero no siempre le es fácil. Como no dice palabrotas ni hace otras cosas malas, hay niños que le hacen burla. Eso a veces le hace sentirse solo; pero él sabe lo que Jesús quiere que haga y eso es lo que decide hacer.

Sus padres, Eduardo y Karine Dourado, dicen que él es un buen discípulo de Jesús; es bondadoso y amable; sabe lo que está bien y lo que está mal, y no tiene miedo de defender lo bueno. “Es valiente en el Evangelio”, afirman sus padres; “es disciplinado. El karate le ha ayudado a tener autodominio”.

Por supuesto, tú no tienes que tomar lecciones de karate para aprender a dominarte. Mucho de lo que hacemos en la Iglesia nos enseña a tener autodisciplina. Cuando decidimos pagar el diezmo, asistir a la Iglesia y ser bondadosos y respetuosos, estamos ejerciendo el autodominio.

Marcella, de ocho años y una de las hermanas de Eduardo, se parece mucho a él. Ella también está aprendiendo la autodisciplina; como su hermano, toma clases de karate y muchas veces practica con él bajo la vigilancia del papá, que empezó a tomar lecciones de karate al mismo tiempo que su hijo. Los tres han ganado medallas en competencias municipales y regionales de Brasil. Dos veces sacaron el primer premio. Pero, aunque les gusta mucho el karate, su amor por el Evangelio es mayor.

Especialmente, les gusta el Libro de Mormón. El hermano Dourado lo ha leído cuarenta y cuatro veces; Eduardo lo lee todas las noches y Marcella está a punto de terminar de leerlo todo por primera vez.

“Marcella es disciplinada como su hermano”, comenta la hermana Dourado. “Es un buen ejemplo”. Ora con su familia y también sola todas las mañanas antes de salir de casa. Su madre dice: “A veces, cuando el resto de la familia ya está lista para irse, ella todavía está arrodillada orando”.

Eduardo cuenta que su hermanita hace collares para vender, y que cuando vende uno, inmediatamente aparta el dinero del diezmo. El pago del diezmo es un principio que los niños han aprendido de sus padres, que siempre lo han pagado aun en tiempos de no tener mucho dinero. Como gran parte de los matrimonios de Brasil, los hermanos Dourado tienen que trabajar ambos para ganar lo suficiente para mantener a la familia.

El hermano Dourado es oficial de policía y comandante en la Fuerza Aérea brasileña; como tal, pilotea helicópteros y aviones. La esposa también trabaja en las fuerzas policiales, enseñando a los carceleros a tratar a los presos con respeto y a ayudarles a convertirse en buenos ciudadanos.

Eduardo y Marcella tienen una hermana que se llama Mariana; tiene diez años y es también una niña de talento. Una vez trató de aprender karate, pero no le gustó; prefiere leer y cantar. Como en el karate, se requiere disciplina para desarrollar esas habilidades y destacarse en ellas. Y Mariana hace bien ambas cosas al escoger utilizar su talento en la manera correcta; lee el Libro de Mormón con frecuencia y estudia las materias de la escuela. “Es inteligente y tiene buenas notas en la escuela”, comenta su madre. También es muy cariñosa y canta con hermosa voz. Cuando canta “El amor del Salvador” (Himnos, Nº 57), todos los que la oyen se conmueven.

Mariana y Eduardo ya tienen planes para cumplir una misión cuando lleguen a la edad apropiada. Eduardo piensa que la disciplina que le ha enseñado el karate le ayudará a ser mejor misionero. “Ya aprendí a levantarme temprano, como tienen que hacerlo los misioneros, para ir a las clases de karate”, dice.

Tanto él como sus hermanas saben que no siempre es fácil ser miembro de la Iglesia, pero que el seguir a Jesús es siempre la decisión correcta.