El don del Espíritu Santo: Lo que todo miembro de la Iglesia debe saber


Boyd K. Packer

Mi propósito es enseñarles mediante la doctrina y las Escrituras el porqué hacemos las cosas en la forma en que las hacemos. Daré algo de dirección y unas sugerencias sobre la manera de hacerlas mejor a fin de que todo miembro de la Iglesia sea totalmente convertido y nunca se aparte de ella.

José Smith dijo: “Tan provechoso sería bautizar un costal de arena como a un hombre, si su bautismo no tiene por objeto la remisión de los pecados y la recepción del Espíritu Santo. El bautismo de agua no es sino medio bautismo, y no vale nada sin la otra mitad, es decir, el bautismo del Espíritu Santo” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 384).

El preparar a las personas para el bautismo sin enseñarles sobre el don del Espíritu Santo es como tener una reunión sacramental en la que sólo se bendijera y se repartiera el pan. La gente no recibiría más que la mitad.

Analizaremos la forma en que el bautismo está ligado muy estrechamente con la confirmación y el acto de conferir el don del Espíritu Santo.

La confirmación y el acto de conferir el don del Espíritu Santo

La confirmación consta de dos partes: Una para confirmar a la persona como miembro de la Iglesia y la otra para conferirle el don del Espíritu Santo. El poseedor del sacerdocio que lleve a cabo la ordenanza “confiere el don del Espíritu Santo diciendo: el Espíritu Santo’” (Guía para la familia, folleto, 2001, pág. 24).

En las Escrituras hay dos ejemplos que conozco de la manifestación visible del Espíritu Santo. La primera es de cuando el Señor fue bautizado:

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él” (Mateo 3:16; véase también 1 Nefi 11:27; 2 Nefi 31:8; D. y C. 93:15).

El otro ejemplo ocurrió el día de Pentecostés. No hay duda de que los apóstoles habían sido ordenados, pero el Señor se había ido de entre ellos y se preguntaban qué debían hacer. Recordaban que Él les había dicho que se quedaran en Jerusalén, y le obedecieron. Y entonces sucedió: Estaban en una casa y “de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;

“y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.

“Y fueron todos llenos del Espíritu Santo…” (Hechos 2:2–4). Entonces se les autorizó, se les preparó.

A partir de entonces, podían obrar en el ministerio para el cual el Señor los había llamado y les había comisionado llevar a cabo.

Ese modelo se repitió en Doctrina y Convenios, cuando el Señor dijo:

“Bautizaste en el agua para arrepentimiento, pero no recibieron el Espíritu Santo;

“pero ahora te doy el mandamiento de bautizar en agua, y recibirán el Espíritu Santo por la imposición de manos, como lo hacían los antiguos apóstoles” (D. y C. 35:5–6).

Cuando Pablo fue a Efeso, encontró allí a doce hombres que habían sido bautizados pero todavía no habían recibido el Espíritu Santo. Y le dijeron: “…Ni siquiera hemos oído si hay un Espíritu Santo” (Hechos 19:2).

Lo que sucedió a continuación es importante: Pablo los bautizó otra vez; después, por la imposición de las manos, les confirió el don del Espíritu Santo (véase Hechos 19:2–7).

Recordemos el cuarto Artículo de Fe: “…los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo”.

Cuando los padres enseñan a sus hijos y cuando los misioneros enseñan a los investigadores, en ambos casos preparándolos para el bautismo en el agua, también deben pensar en el don del Espíritu Santo: el bautismo de fuego. Piensen en ello como una sola cosa: Primero es el bautismo de agua y luego el bautismo de fuego.

Quizás se les pregunte a los misioneros: “¿Cómo va todo?” o “¿Están enseñando a alguien?”.

Ellos responden a esas preguntas automáticamente: “Sí, tenemos una familia que se está preparando para el bautismo y la confirmación, para recibir el Espíritu Santo”.

O un padre o una madre pueden decir a uno de sus hijos: “Cuando cumplas ocho años, estarás pronto para bautizarte y recibir el Espíritu Santo”.

Repito, el bautismo y la recepción del Espíritu Santo están ligados y van conjuntamente.

Todo lo que digo es evidente y se explica en la sección 20 de Doctrina y Convenios (véanse los versículos 41–43, 45, 68). Hay también otras referencias donde se reafirma el mismo mensaje (véase Hechos 8:12, 14–17; D. y C. 33:11, 15; 36:2; 39:23; 49:13–14; 55:1; 68: 25; 76:51–52; Artículos de Fe 1:4).

José Smith dijo: “El bautismo de agua, si no lo acompaña el bautismo de fuego y del Espíritu Santo, no tiene ningún valor: están unidos necesaria e inseparablemente” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 446–447).

El bautismo de fuego

Quiero hablarles del bautismo de fuego y del Espíritu Santo; también quiero hablarles de los ángeles.

“y aconteció que cuando todos fueron bautizados, y hubieron salido del agua, el Espíritu Santo descendió sobre ellos, y fueron llenos del Espíritu Santo y de fuego” (3 Nefi 19:13).

Parte de otro versículo enseña que eso sucederá “si es que creéis en Cristo, y sois bautizados, primero en el agua, y después con fuego y con el Espíritu Santo, siguiendo el ejemplo de nuestro Salvador” (Mormón 7:10).

Insisto, hay dos partes en el bautismo: el bautismo de agua y el de fuego, o sea, el Espíritu Santo. Si se separan esas dos partes, no hay más que medio bautismo, como dijo el profeta José Smith.

La comunicación del Espíritu Santo

¿Cómo se comunica el Espíritu Santo?

Hay un ejemplo de ello en el capítulo 17 de 1 Nefi, donde menciona lo crueles que Lamán y Lemuel habían sido con Nefi; incluso habían tratado de quitarle la vida. A su debido tiempo, él les dijo: “Sois prontos en cometer iniquidad, pero lentos en recordar al Señor vuestro Dios. Habéis visto a un ángel; y él os habló; sí, habéis oído su voz de cuando en cuando; y os ha hablado con una voz apacible y delicada; pero habíais dejado de sentir, de modo que no pudisteis sentir sus palabras…” (1 Nefi 17:45; cursiva agregada).

Esa comunicación raramente es audible; la mayoría de las veces se percibe por lo que se siente, como en el caso mencionado.

Otro ejemplo: El Señor enseñó este principio a José Smith y a Oliver Cowdery: “…debes estudiarlo en tu mente [esforzarte, estudiar]; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti [el fuego, el ardor]; por tanto, sentirás que está bien” (D. y C. 9:8; cursiva agregada). Estas palabras se aplican a todos nosotros.

Hablar con lengua de ángeles

“Por tanto, amados hermanos míos, sé que si seguís al Hijo con íntegro propósito de corazón, sin acción hipócrita y sin engaño ante Dios, sino con verdadera intención, arrepintiéndoos de vuestros pecados, testificando al Padre que estáis dispuestos a tomar sobre vosotros el nombre de Cristo por medio del bautismo, sí, siguiendo a vuestro Señor y Salvador y descendiendo al agua, según su palabra, he aquí, entonces recibiréis el Espíritu Santo; sí, entonces viene el bautismo de fuego y del Espíritu Santo”. Y luego viene este importante principio: “y entonces podéis hablar con lengua de ángeles y prorrumpir en alabanzas al Santo de Israel.

“Mas he aquí, amados hermanos míos, así vino a mí la voz del Hijo, diciendo: Después de haberos arrepentido de vuestros pecados y testificado al Padre, por medio del bautismo de agua, que estáis dispuestos a guardar mis mandamientos, y habéis recibido el bautismo de fuego [o sea, el conferimiento] y del Espíritu Santo y podéis hablar con una nueva lengua, sí, con la lengua de ángeles…” (2 Nefi 31:13–14; cursiva agregada).

Nefi explica claramente lo que sucede después del bautismo, la confirmación y la recepción del Espíritu Santo: “Por tanto, haced las cosas que os he dicho que he visto que hará vuestro Señor y Redentor; porque por esta razón se me han mostrado, para que sepáis cuál es la puerta por la que debéis entrar. Porque la puerta por la cual debéis entrar es el arrepentimiento y el bautismo en el agua; y entonces viene una remisión de vuestros pecados por fuego y por el Espíritu Santo” (2 Nefi 31:17).

A veces hablamos del bautismo para la remisión de los pecados. Si leen con cuidado las Escrituras, verán que la remisión se recibe por medio del bautismo de fuego y del Espíritu Santo.

“Y ahora bien, he aquí, amados hermanos míos, supongo que estaréis meditando en vuestros corazones en cuanto a lo que debéis hacer después que hayáis entrado en la senda. Mas he aquí, ¿por qué meditáis estas cosas en vuestros corazones?

“¿No os acordáis que os dije que después que hubieseis recibido el Espíritu Santo, podríais hablar con lengua de ángeles? ¿Y cómo podríais hablar con lengua de ángeles sino por el Espíritu Santo?

“Los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por lo que declaran las palabras de Cristo. Por tanto, os dije: Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:1–3).

Todo lo que deben saber y hacer los misioneros es cumplir con el propósito de que sus investigadores entiendan tanto el bautismo como la confirmación, después de lo cual éstos tienen su albedrío. Consideren estas sencillas palabras:

“Por tanto, si después de haber hablado yo estas palabras, no podéis entenderlas, será porque no pedís ni llamáis; así que no sois llevados a la luz, sino que debéis perecer en las tinieblas.

“Porque he aquí, os digo otra vez, que si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer.

“He aquí, ésta es la doctrina de Cristo, y no se dará otra doctrina sino hasta después que él se os manifieste en la carne…” (2 Nefi 32:4–6; cursiva agregada).

Tienen que comprender que el bautismo en el agua no es, como dijo claramente el profeta José Smith, nada más que medio bautismo. Cuando la gente no había recibido el Espíritu Santo, Pablo empezó todo de nuevo (véase Hechos 19:2–7).

Ustedes pueden recibir esa gran bendición de familiarizarse con la voz apacible y delicada y de saber que esa voz les dirá todas las cosas que deban hacer. La palabra que utilizamos para describir esa comunicación es impresiones, o sea, lo que sentimos. Podemos recibir esas impresiones muchas veces mediante diversas experiencias. Es la voz del Señor que nos habla.

Nefi explicó que los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; y ustedes pueden hablar con lengua de ángeles, lo que significa sencillamente que pueden hablar con el poder del Espíritu Santo. Será algo sereno; será invisible. No habrá una paloma. No habrá lenguas repartidas de fuego. Pero el poder se hará sentir.

Hay misioneros que piensan que sólo tienen que hacer la mitad de su obra: enseñar y luego bautizar en el agua, y eso concluye su labor; en muchos casos, la otra mitad, la enseñanza del bautismo de fuego, nunca se lleva a cabo totalmente. Deben relacionar ambos de tal manera que eviten decir “bautismo” sin decir “confirmación”, o sea, el bautismo de agua y la confirmación en la que se confiere el don del Espíritu Santo. Fijen esa idea en su memoria, con ambas ordenanzas tan estrechamente ligadas que lleguen a formar parte de ustedes como una sola. De ese modo no harán la primera mitad y dejarán la otra sin hacer, como sucede muchas veces.

Recuerden lo que dijo José Smith: “Tan provechoso sería bautizar un costal de arena como a un hombre, si su bautismo no tiene por objeto la remisión de los pecados y la recepción del Espíritu Santo. El bautismo de agua no es sino medio bautismo, y no vale nada sin la otra mitad, es decir, el bautismo del Espíritu Santo”.

Los misioneros —y también los padres— deben enseñar ambas mitades: “…Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados [y la] Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo” (Los Artículos de Fe 4). Todo en una sola cláusula. Fíjenselo en la memoria para que cuando hablen del uno, hablen del otro; cuando piensen en uno, piensen en el otro. Entonces empezarán a sentir y a comprender, y recibirán las impresiones.

La oposición del adversario

Una palabra de advertencia: también hay un espíritu de oposición y maldad. Esa advertencia se puede hallar en las Escrituras: “Pero cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo, y a negarlo, y a no servir a Dios, entonces sabréis, con un conocimiento perfecto, que es del diablo; porque de este modo obra el diablo, porque él no persuade a ningún hombre a hacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles; ni los que a él se sujetan” (Moroni 7:17).

Las comunicaciones espirituales del Espíritu Santo pueden verse interrumpidas por las impresiones y la influencia del maligno. Ustedes aprenderán a reconocer eso.

Para aumentar nuestra comprensión de ese principio, Nefi enseñó lo siguiente: “…Porque si escuchaseis al Espíritu que enseña al hombre a orar, sabríais que os es menester orar; porque el espíritu malo no enseña al hombre a orar, sino le enseña que no debe orar. Mas he aquí, os digo que debéis orar siempre” (2 Nefi 32:8–9).

Por eso, cuando hablamos de los ángeles que se comunican por el poder del Espíritu Santo, y cuando los profetas nos dicen que podemos hablar con lengua de ángeles, debemos entender que hay una influencia contraria y debemos ser capaces de detectarla.

Hay una palabra en el libro de Jacob que debería ponernos sobre aviso: “He aquí, ¿rechazaréis estas palabras? ¿Rechazaréis las palabras de los profetas; y rechazaréis todas las palabras que se han hablado en cuanto a Cristo, después que tantos han hablado acerca de él? ¿y negaréis la buena palabra de Cristo y el poder de Dios y el don del Espíritu Santo, y apagaréis el Santo Espíritu, y haréis irrisión del gran plan de redención que se ha dispuesto para vosotros?” (Jacob 6:8; cursiva agregada).

¡Así que es posible apagar al Espíritu!

Cómo percibir las experiencias espirituales

Cuando reciban esas experiencias espirituales especiales, no hablen de ellas en conversaciones livianas; son privadas y personales; y cuando las tengan, llegarán a saber con convicción particular que el Señor sabía lo que les iba a suceder.

Quizás aprendan, probando y equivocándose, y digan: “Yo sabía que no debía hacer eso. ¡Lo sabía!”. ¿Y cómo lo sabían? Porque lo supieron; recibieron una impresión.

O tal vez digan con pesar: “¡Sabía que debía hacerlo, y no lo hice!”. ¿Cómo lo sabrán? Porque el Espíritu estará inspirándolos.

Las impresiones se pueden recibir “repentinamente” como una “corriente de ideas” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 179).

“Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo…” (D. y C. 8:2).

“…Pon tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno, sí, a obrar justamente, a andar humildemente, a juzgar con rectitud; y éste es mi Espíritu.

“…Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente y llenará tu alma de gozo;

“y entonces conocerás, o por este medio sabrás, todas las cosas que de mí deseares, que corresponden a la rectitud, con fe, creyendo en mí que recibirás” (D. y C. 11:12–14).

“¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios?” (D. y C. 6:23).

La conversión

La conversión no siempre ocurre de inmediato; no obstante, se recibe como algo sereno; es una voz apacible y delicada. A continuación, hay unos versículos muy interesantes del libro de Alma:

“Por tanto, benditos son aquellos que se humillan sin verse obligados a ser humildes; o más bien, en otras palabras, bendito es el que cree en la palabra de Dios, y es bautizado sin obstinación de corazón; sí, sin habérsele llevado a conocer la palabra, o siquiera compelido a saber, antes de creer.

“Sí, hay muchos que dicen: Si nos muestras una señal del cielo, de seguro luego sabremos; y entonces creeremos” (Alma 32:16–17; cursiva agregada).

Es posible que un investigador diga: “Me parece bueno y siento que es bueno. Todavía no lo entiendo, pero siento que está bien”. La razón los inspira y son bautizados sin obstinación de corazón. Entonces viene la conversión.

Quizás haya otros que digan: “Ustedes me hablan de ese don del Espíritu Santo y del bautismo de fuego. ¡Muéstrenmelo! Denme la prueba y me bautizaré”.

A algunos tal vez les lleve tiempo y puede que se desilusionen si les dicen: “Llegará a saberlo después de tomar la decisión. Para ello se requiere el ejercicio de la fe. Tal vez al principio no lo sepa ni tenga una convicción firme, pero con el tiempo la recibirá”.

La Palabra de Sabiduría

Seguramente, ustedes comprenderán cómo se relaciona la Palabra de Sabiduría con todo esto. Cuán significativo es que sea “dada como un principio con promesa, adaptada a la capacidad del débil y del más débil de todos los santos, que son o que pueden ser llamados santos” (D. y C. 89:3).

Ese principio trae consigo una promesa: “…correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar” (D. y C. 89:20). Es algo que vale la pena.

Pero se nos da una promesa más importante: “y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos” (D. y C. 89:19).

¿Pueden percibir la importancia de la Palabra de Sabiduría? Instamos a nuestros miembros, casi les suplicamos, que se comporten bien, que mantengan su persona espiritual en armonía a fin de que puedan recibir el Espíritu Santo. Su cuerpo es el instrumento de su mente y de su espíritu, y deben cuidarlo en forma apropiada.

No se desviarán nunca

Si se le enseña debidamente, la gente nunca se desviará: “Y tan cierto como vive el Señor [y ése es un juramento], que cuantos creyeron, o sea, cuantos llegaron al conocimiento de la verdad por la predicación de Ammón y sus hermanos, según el espíritu de revelación y de profecía, y el poder de Dios que obraba milagros en ellos, sí, os digo, que así como vive el Señor [un segundo juramento], cuantos lamanitas creyeron en su predicación y fueron convertidos al Señor, nunca más se desviaron” (Alma 23:6; cursiva agregada).

Aquellos a quienes se ha enseñado y que han recibido el don del Espíritu Santo, el bautismo de fuego, no se desviarán nunca. Estarán en relación estrecha con el Todopoderoso, que los guiará en su vida.

El Consolador

No tienen por qué sentirse solos jamás:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre…

“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:16, 18).

“…el campo blanco está ya para la siega; por tanto, meted vuestras hoces, y cosechad con toda vuestra alma, mente y fuerza.

“Abrid vuestra boca y será llena…

“Sí, abrid vuestra boca sin cesar, y vuestras espaldas serán cargadas de gavillas, porque he aquí, estoy con vosotros” (D. y C. 33:7–9).

La oración bautismal que aparece en el Libro de Mormón dice:

“…éstas son las palabras que pronunciaréis, llamándolos por su nombre, diciendo:

“Habiéndoseme dado autoridad de Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén” (3 Nefi 11:24–25).

Testifico de esas palabras y de esos Nombres. Como Apóstol del Señor Jesucristo, invoco sobre ustedes las bendiciones del Señor a fin de que Su Espíritu esté con ustedes y que puedan comprender y seguir adelante acompañados por ese poder del Espíritu Santo.

Tomado de un discurso pronunciado el 24 de junio de 2003, en un seminario para nuevos presidentes de misión, en el Centro de Capacitación Misional de Provo, Utah.