2006
¡Merece la pena!
Octubre de 2006


¡Merece la pena!

Me uní a la Iglesia cuando tenía 16 años. Mis padres me dieron permiso, pero ellos no se bautizaron conmigo. El día de mi bautismo, mi madre me dijo que aún podía “negarme a hacerlo” si quería, pero en realidad no quería. Deseaba bautizarme y comenzar mi nueva vida, pues sabía que el Evangelio es verdadero.

A menudo me sentía sola los domingos porque mi familia no estaba en las reuniones conmigo, pero me ayudaba el que los miembros del barrio me llevaran a las reuniones y se sentaran conmigo. También me ayudó el tener un llamamiento. Cuando se me llamó como maestra de los niños de tres años, me sentí más integrada en mi familia del barrio.

No quería que el bautismo afectara la unidad que sentíamos como familia; pero a pesar de ello, las cosas en casa no siempre eran como yo deseaba. Mi familia trabajaba mucho los domingos y me reprendían por no ayudarles. Decían que era perezosa, aunque yo les explicaba que intentaba santificar el día de reposo. A mi familia le gustaba salir a comer fuera los domingos, pero ahora ya no iba con ellos. Dijeron que estaba perjudicando la solidaridad familiar, pero yo sólo trataba de vivir los mandamientos.

Lo que me ayudó a seguir adelante fue el Espíritu del Señor. Realmente lo sentí en mi vida. Lo sentía cuando compartía mi testimonio, al leer las Escrituras y cuando oraba. Eso fue lo que aprendí de los maestros que tuve en la Iglesia. Prestaba mucha atención y trataba de aprender las cosas que contribuirían a mejorar mi vida.

Sin embargo, al ir aprendiendo muchas cosas nuevas, a menudo me sentía desplazada en las reuniones de la Iglesia. Me compré unas faldas más largas para sustituir las cortas que llevaba antes; pero al ponérmelas para ir a las reuniones, me daba cuenta de que, según las normas de la Iglesia, seguían siendo demasiado cortas. No entendía las palabras de mis amigos cuando empleaban términos propios de la Iglesia. Me sentía muy nerviosa y era demasiado tímida para preguntarles lo que significaban.

Me ayudó mucho que los jóvenes me dieran su amistad y se tomaran tiempo para incluirme en sus actividades. Parecían tener mucha naturalidad para cuidar de los miembros nuevos. Otra cosa útil fue visualizar a mi familia en la vida venidera. Jamás quise decepcionarlos por no vivir el Evangelio al saber que era verdad. Aunque hubo momentos difíciles durante mi adolescencia, me empeñé en pensar en el futuro y en mi responsabilidad para con mi familia. Si no vivía el Evangelio, ¿qué probabilidades tendría mi familia de aceptarlo?

Ahora soy mayor, estoy casada y tengo hijos adolescentes. Ellos son fuertes en la Iglesia y no tienen dificultad para saber cosas que yo tuve que aprender por experiencia propia. Saben que forman parte del barrio y sirven en las presidencias de sus clases. De adolescente, intenté ser un buen ejemplo para mis padres; lamentablemente, nunca se unieron a la Iglesia. En aquel entonces no me daba cuenta de que el hacer lo correcto era crucial para los jóvenes a los que conocería posteriormente en mi vida y que serían más preciados para mí que la vida misma: mis hijos.

Las decisiones que tomemos hoy afectarán a las personas que figuran ahora en nuestra vida; pero también hay ciertas personas especiales en el futuro que tienen esperanza en que hagamos lo correcto. Su futuro puede depender de que hoy escojamos lo correcto. No importa si los demás nos consideran raros por tomar decisiones correctas; al final habrá merecido la pena.