El poder de la paciencia


Robert C. Oaks
La paciencia se podría considerar como una virtud que da lugar a otras, y que contribuye al progreso y a la fortaleza de virtudes tales como el perdón, la tolerancia y la fe.

Cuán agradecido estoy por las Escrituras de los últimos días referentes a valores cristianos fundamentales.

En el Libro de Mormón se nos da una visión de la relación que hay entre la paciencia y la caridad. Mormón, después de haber señalado que si un hombre “no tiene caridad, no es nada; por tanto, es necesario que tenga caridad”, procede a nombrar trece elementos de la caridad, o sea, el amor puro de Cristo. Me parece muy interesante que cuatro de los trece elementos de esa virtud que es necesario tener se relacionen con la paciencia (véase Moroni 7:44–45).

Primero, “la caridad es sufrida”; de eso se trata la paciencia. La caridad “no se irrita fácilmente”, es otro aspecto de esa cualidad, al igual que la caridad “todo lo sufre” y, finalmente, la caridad “todo lo soporta” es, desde luego, una expresión de la paciencia (Moroni 7:45). De esos elementos determinantes es obvio que si la paciencia no adornara nuestra alma, careceríamos seriamente de una actitud semejante a la de Cristo.

En la Biblia, Job nos ofrece el clásico retrato de la paciencia. Tras haber perdido su vasto imperio, incluso a sus hijos, Job pudo, gracias a su inquebrantable fe, proclamar: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Durante toda su tribulación y dolor “no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:21–22).

Cuántas veces oímos al alma oprimida preguntar neciamente: “¿Cómo ha podido Dios hacerme esto?”, cuando en verdad deberían orar para recibir fortaleza para “sufrir” y “soportar todas las cosas”.

Los ejemplos más grandes de paciencia se encuentran en la vida de Jesucristo. Su prolongado sufrimiento y resistencia se demuestran mejor en esa atroz noche en Getsemaní cuando, en Su padecimiento expiatorio, dijo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Realmente padeció, sufrió y soportó todas las cosas.

Al estar clavado en la cruz en el Calvario, Cristo continuó dando Su ejemplo perfecto de paciencia cuando pronunció las singulares palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Esos ejemplos de paciencia tienen mayor significado para nosotros cuando consideramos la difícil admonición que se encuentra en 3 Nefi: “Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).

Varios pasajes de las Escrituras subrayan la importancia de la paciencia. Permítanme mencionar algunos:

“[Que] todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19).

“Con todo, el Señor considera conveniente castigar a su pueblo; sí, él prueba su paciencia y su fe” (Mosíah 23:21).

En Mosíah, el rey Benjamín nos enseña que seremos un hombre natural enemigo de Dios hasta que nos sometamos al influjo del Santo Espíritu por medio de la paciencia y de otras virtudes más.

José Smith declaró: “La paciencia es divina” (History of the Church, Tomo VI, pág. 427).

¿Es la paciencia importante y digna de que la consideremos y la procuremos? En verdad lo es si evitamos estar en la denigrante clasificación de “nada” que se utiliza para catalogar a los que no tienen caridad; lo es si deseamos ser menos hombres naturales enemigos de Dios; lo es si deseamos ser celestiales y esforzarnos por llegar a ser conforme a la manera de Cristo.

El hombre impaciente y natural nos rodea. Lo vemos manifestado en los reportajes de padres que, en un ataque de furia, maltratan a un niño, incluso hasta la muerte. En las carreteras, los casos de impaciencia al conducir un vehículo, o de la ira al volante, dan como resultado accidentes violentos y, en ocasiones, la muerte.

En un nivel menos dramático, pero mucho más común, tenemos estallidos de mal genio y las palabras ásperas que se dicen cuando hay filas de espera muy largas que no avanzan, interminables llamadas telefónicas de vendedores, o niños que son reacios en responder a nuestras instrucciones. ¿Les suena familiar alguno de ellos?

Afortunadamente, hay casos de gran paciencia que pocas veces aparecen en los reportajes, pero que son maravillosos. Hace poco, asistí al funeral de un amigo de toda la vida. Su hijo relató un hermoso ejemplo de la paciencia de su padre. Cuando el hijo era joven, su papá era dueño de una concesionaria de motocicletas. Un día recibieron una remesa de nuevas y relucientes motocicletas, y las alinearon todas en la tienda. El muchacho hizo lo que cualquier jovencito hubiese querido hacer y se subió a la que estaba más cerca de él. Incluso la encendió. Entonces, cuando decidió que ya casi se había excedido de los límites de lo que le era permitido, saltó para bajarse. Para su consternación, al hacerlo, hizo caer la primera motocicleta y, luego, en efecto dominó todas se cayeron, una tras otra. Su papá escuchó el estrépito y se asomó por detrás del tabique, donde trabajaba. Sonriendo lentamente le dijo: “Bueno, hijo, más vale que arreglemos una y la vendamos, para poder pagar el resto”.

Creo que la respuesta de mi amigo personifica la paciencia de los padres.

La paciencia se podría considerar como una virtud que da lugar a otras, y que contribuye al progreso y a la fortaleza de virtudes tales como el perdón, la tolerancia y la fe. Cuando Pedro le preguntó a Cristo cuántas veces debía perdonar a su hermano, Cristo respondió: “Setenta veces siete”, en vez de sólo las siete que Pedro había propuesto (Mateo 18:21–22). Perdonar setenta veces siete definitivamente requiere una gran medida de paciencia.

El élder Neal A. Maxwell enlazó la paciencia con la fe cuando enseñó: “La paciencia está estrechamente vinculada con la fe en nuestro Padre Celestial. En realidad, cuando somos impacientes indebidamente, estamos insinuando que sabemos lo que es mejor, aun más que Dios o, por lo menos, estamos afirmando que nuestro horario es mejor que el de Él” (Neal A. Maxwell, “Patience”, Ensign, octubre de 1980, pág. 28).

Nuestra fe puede aumentar sólo si estamos dispuestos a esperar con paciencia a que los propósitos y los planes de Dios se desenvuelvan en nuestra vida, según el horario de Él.

Dado que la impaciencia es tan natural, ¿cómo fomentamos la virtud divina de la paciencia? ¿Cómo convertimos nuestro comportamiento de hombre natural al del paciente y perfecto ejemplo de Jesucristo?

Primero, debemos entender que es necesario hacerlo si deseamos disfrutar plenamente de las bendiciones del Evangelio Restaurado. Tal comprensión podría motivarnos a:

  1. 1.

    Leer cada una de las Escrituras que se encuentra en la Guía para el Estudio de las Escrituras, bajo la palabra “paciencia” y entonces reflexionar en cuanto a los ejemplos de la paciencia de Cristo.

  2. 2.

    Evaluarnos a fin de determinar en qué nivel estamos en la escala de la paciencia. ¿Cuánta más paciencia debemos tener para llegar a ser más como Cristo? Esta autoevaluación es difícil. Podríamos pedir a nuestro cónyuge o a otro de nuestros familiares que nos ayudara.

  3. 3.

    Ser sensibles a los ejemplos, tanto de la paciencia, como de la impaciencia que ocurren a nuestro alrededor todos los días. Debemos esforzarnos por emular el ejemplo de las personas que consideremos que son pacientes.

  4. 4.

    Renovar cada día nuestro cometido de llegar a ser más pacientes, y asegurarnos de hacer participar en nuestro proyecto de paciencia al familiar que hayamos seleccionado para ello.

Esto parece requerir mucho trabajo, pero, alcanzar cualquier meta que valga la pena requiere de trabajo arduo y el superar al hombre natural, y el esforzarse por llegar a ser más como Cristo en nuestra paciencia es un objetivo muy apropiado. Es mi ruego que continuemos en este camino con diligencia y dedicación.

Testifico que Jesús es el Cristo y que Él está a la cabeza de esta Iglesia y nos guía por medio de un profeta viviente y que Él bendice cada esfuerzo nuestro por llegar a ser más como Cristo. Lo testifico en el santo nombre de Jesucristo. Amén.