2006
Fieles a nuestra responsabilidad del sacerdocio
Noviembre de 2006


Fieles a nuestra responsabilidad del sacerdocio

Es en el hacer y no sólo en el soñar que se bendicen vidas, que otras personas reciben guía y se salvan almas.

Hace unas semanas en una reunión de ayuno y testimonios de nuestro barrio, observé a un niño en la última fila tratando de adquirir valor para compartir su testimonio. Hizo dos o tres intentos de pararse, pero luego se sentó. Finalmente se decidió, echó los hombros hacia atrás, caminó con valor por el pasillo hacia el estrado, subió los escalones, fue hacia el púlpito, apoyó sus manos, miró a la congregación y sonrió; luego, se dio vuelta, bajó los escalones y caminó por el mismo pasillo hacia donde estaban su madre y su padre. Al mirarlos a ustedes en este inmenso Centro de Conferencias y pensar en aquellos que están escuchando, entiendo mejor las acciones de ese niño.

Mis hermanos, me honra tener el privilegio de dirigirles la palabra esta tarde. He contemplado sobre lo que les podría decir esta noche y he recordado una Escritura favorita en Eclesiastés: “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el [deber] del hombre” (Eclesiastés 12:13). Amo y aprecio la noble palabra deber.

El famoso y legendario general Robert E. Lee, de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, declaró: “Deber es la palabra más sublime de nuestro idioma… uno no puede hacer más, ni tampoco deseará hacer menos” (John Barlett, Familiar Quotations, 1968, pág. 620).

Cada uno de nosotros tiene deberes vinculados con el sagrado sacerdocio que posee. Ya sea que poseamos el Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec, se espera mucho de cada uno de nosotros. El Señor mismo resumió nuestra responsabilidad cuando, en la revelación sobre el sacerdocio, nos exhortó: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (D. y C. 107:99).

Espero con todo mi corazón y con toda mi alma que cada joven que reciba el sacerdocio lo honre y sea fiel a la confianza que se le deposita cuando se le confiere.

Hace cincuenta y un años escuché a William J. Critchlow Jr., en esa época presidente de la estaca Ogden Sur, y que después sirvió en calidad de ayudante del Quórum de los Doce, dirigirse a los hermanos en la sesión general del sacerdocio de una conferencia y contar un relato acerca de la confianza, el honor y el deber. Permítanme compartir ese relato con ustedes, pues, su sencilla lección se aplica a nosotros hoy en día, tal y como en aquel entonces.

“El joven Rupert se detuvo al lado del camino a contemplar a una cantidad fuera de lo común de personas que pasaban apresuradas. Al poco rato, reconoció a un amigo. ‘¿Hacia dónde van todos con tanta prisa?’, preguntó.

“El amigo se detuvo. ‘¿Te enteraste?’, le dijo.

“‘¿De qué?’, contestó Rupert.

“ ‘Verás’, continuó el amigo, ‘¡el rey ha perdido su esmeralda real! Ayer asistió a la boda de un noble y llevaba la esmeralda en una delgada cadenita atada al cuello. De alguna forma la esmeralda se soltó de la cadena y todos la buscan porque el rey ofreció una recompensa… a quien la encuentre. Vamos, date prisa’.

“‘No puedo ir sin pedirle permiso a mi abuela’, titubeó Rupert.

“‘Entonces, no te puedo esperar; deseo encontrar la esmeralda’, contestó su amigo.

“Rupert regresó de prisa a la cabaña que se encontraba a la entrada del bosque en busca del permiso de su abuela. ‘Si lograse encontrar la esmeralda, nos mudaríamos de esta choza tan húmeda y compraríamos un terreno en la ladera de la montaña’, le dijo a su abuela.

“Pero su abuela movió la cabeza en señal negativa. ‘¿Qué harían las ovejas?’, preguntó. ‘Ya están inquietas en el corral esperando que las lleves a pastar; y por favor no olvides llevarlas a beber cuando el sol brille en lo alto del cielo’.

“Lleno de tristeza, Rupert llevó las ovejas a pastar y al mediodía las guió hasta el abrevadero del bosque, donde se sentó sobre una roca, junto al arroyo. ‘¡Si tan sólo hubiera tenido la oportunidad de ir a buscar la esmeralda del rey!’, pensó. Al volver la cabeza para mirar el fondo arenoso del arroyo, repentinamente fijó la vista en el agua. ¿Qué era eso? ¡No podía ser! Saltó al agua y sus dedos agarraron algo verde, con un pequeño trozo de cadena dorada que se había roto. ‘¡La esmeralda del rey!’ gritó. ‘Debe haberse caído de la cadena cuando el rey, montado a caballo, galopaba por el puente que cruza el arroyo, y la corriente la trajo hasta aquí’.

“Con ojos relucientes, Rupert corrió hacia la choza de su abuela para contarle sobre su gran hallazgo. ‘Bendito seas, hijo’, le dijo ella, ‘pero nunca la habrías encontrado si no hubieras cumplido con tu deber, el de pastorear las ovejas’. Rupert sabía que eso era verdad” (Conference Report, octubre de 1955, pág. 86; la división de los párrafos, las mayúsculas y la puntuación se han cambiado).

La lección que se debe aprender de ese relato se encuentra en un verso popular: “Haz tu deber, que es lo mejor; deja el resto para el Señor” (Henry Wadsworth Longfellow, “The Legend Beautiful”, en The Complete Poetical Works of Longfellow, 1983, pág. 258).

A ustedes que son o han sido presidentes de quórumes, permítanme sugerirles que su deber no termina cuando el periodo de su oficio concluye. Esas relaciones con los miembros de su quórum, su deber hacia ellos, continúan durante toda la vida.

Cuando poseía el oficio de maestro en el sacerdocio Aarónico, se me llamó a servir en calidad de presidente del quórum. Con la ayuda y el ánimo de un dedicado e inspirado asesor de quórum, trabajé diligentemente para asegurarme de que cada uno de los jóvenes asistiera a nuestras reuniones con frecuencia. Dos de ellos presentaron ser un desafío singular, pero con nuestra perseverancia, amor y un poco de persuasión, comenzaron a asistir a las reuniones y a participar en las actividades de quórum; sin embargo, con el tiempo, al mudarse del barrio para seguir con los estudios y por trabajo, cada uno de ellos nuevamente volvió a la inactividad.

A lo largo de los años, he visto a esos dos amigos en diversas reuniones. Cuando los veo, les pongo mi mano sobre el hombro y les recuerdo: “Todavía soy tu presidente de quórum, y no desistiré, para mí, tú eres muy importante, y quiero que disfrutes de las bendiciones que vienen al ser activo en la Iglesia”. Ellos saben que los amo y que nunca jamás los abandonaré.

Para los que poseemos el sacerdocio de Melquisedec, nuestro privilegio de magnificar nuestros llamamientos está siempre presente. Somos pastores al cuidado de Israel. Las ovejas hambrientas levantan la cabeza, listas para que se les alimente del pan de la vida.

Hace muchos años, en una noche de brujas, tuve el privilegio de ayudar a una persona que por un tiempo se había descarriado del camino y que necesitaba una mano de ayuda para regresar. Manejaba de regreso a casa desde la oficina; era bastante tarde; había estado haciendo tiempo para dejar que mi esposa se encargara de los visitantes que vendrían a pedir dulces. Al pasar el hospital St. Mark’s en Salt Lake City, recordé que Max, un buen amigo, yacía enfermo en ese mismo hospital. Cuando nos conocimos, años atrás, nos dimos cuenta de que habíamos vivido en el mismo barrio aunque en diferentes épocas. Cuando nací, Max y sus padres se habían mudado del barrio.

Esa noche de brujas, estacioné el auto y entré al hospital. Al preguntar el número de su cuarto al encargado, se me informó que cuando Max había ingresado en el hospital, había declarado que no era SUD, sino que era de otra Iglesia.

Entré al cuarto de Max y lo saludé. Le dije cuán orgulloso me sentía de ser su amigo y cuánto me preocupaba por él. Hablé de su carrera en el banco y de sus actividades fuera del trabajo como director de orquesta. Me enteré de que se había ofendido por un par de comentarios de otras personas y que había decidido asistir a otra Iglesia. Le dije: “Max, tú posees el sacerdocio de Melquisedec. Me gustaría darte una bendición esta noche”. El aceptó, y se efectuó la bendición; después, me informó que su esposa, Bernice, también estaba muy enferma y que, de hecho, se encontraba en el cuarto de al lado. Invité a Max para que me acompañara a darle una bendición. Me pidió que lo ayudara, le expliqué como hacerlo y él ungió a su esposa. Hubo lágrimas y abrazos por doquier después de que sellé la unción con Max, sus manos sobre la cabeza de su esposa junto a las mías; lo cual hizo de esa noche de brujas una que siempre recordaremos.

Al salir del hospital esa noche, me detuve y le dije a la recepcionista que, con el permiso de Max y de su esposa, los registros personales de ellos deberían corregirse para reflejar su membresía en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esperé y observé hasta que el cambio se había efectuado.

Mis dos amigos Max y Bernice se encuentran ahora del otro lado del velo, pero pasaron los últimos días de su vida activos y contentos, y recibieron las bendiciones que proceden de tener un testimonio del Evangelio y de asistir a la Iglesia.

Hermanos, nuestra tarea es llegar a aquellos que, por cualquier motivo, necesiten nuestra ayuda. Nuestro desafío no es insuperable; estamos en la obra del Señor y, por lo tanto, tenemos derecho a la ayuda del Señor, pero debemos intentar. En la obra, Shenandoah, hay una frase que inspira: “Si no lo intentamos, no lo haremos; y si no lo hacemos, ¿para qué estamos aquí?”.

Es nuestra responsabilidad vivir nuestra vida de modo que cuando se nos pida efectuar una bendición del sacerdocio o ayudar en cualquier aspecto, seamos dignos de hacerlo. Se nos ha dicho que, en verdad, no podemos escapar de los efectos de nuestra influencia personal. Debemos asegurarnos de que nuestra influencia sea positiva y edificante.

¿Están limpias nuestras manos? ¿Es puro nuestro corazón? Al mirar hacia atrás en las páginas de la historia, encontramos una lección sobre dignidad en las palabras del agonizante rey Darío. A Darío, por medio de los ritos debidos, se le había reconocido como el legítimo rey de Egipto; a su adversario, Alejandro Magno, se le había declarado hijo legítimo de Amón. Él también era faraón. Alejandro, al encontrar al derrotado Darío al borde de la muerte, le puso las manos sobre la cabeza para curarlo, mandándole ponerse de pie y asumir nuevamente su posición de rey, diciéndole: “Juro ante ti, Darío, por todos los dioses, que hago esto con sinceridad y sin engaños”.

Darío le reprochó suavemente: “Alejandro, hijo mío,… ¿crees que puedes tocar los cielos con esas manos?” (Adaptado de Abraham in Egypt, por Hugh Nibley, 1981, pág. 192).

El llamado del deber puede llegar silenciosamente a medida que nosotros, que poseemos el sacerdocio, respondemos a las asignaciones que recibimos. El presidente George Albert Smith, aquel modesto pero eficaz líder, y octavo Presidente de la Iglesia, afirmó: “El deber de ustedes es primeramente aprender lo que el Señor desea y después, por el poder y la fuerza de Su santo sacerdocio, magnificar su llamamiento en la presencia de sus semejantes de tal manera que la gente esté dispuesta a seguirles” (Conference Report, abril de 1942, pág. 14).

¿De qué manera puede uno magnificar un llamamiento? Sencillamente prestando el servicio que le corresponde.

Hermanos, es en el hacer y no sólo en el soñar que se bendicen vidas, que otras personas reciben guía y se salvan almas. Santiago declaró: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22).

Ruego que todos los que nos encontramos reunidos esta noche en esta asamblea del sacerdocio hagamos un esfuerzo renovado para merecer y recibir la guía del Señor en nuestra vida. Hay tantos por ahí que ruegan y oran para recibir ayuda; están aquellos que están desalentados, aquellos que desean regresar pero que no saben por dónde comenzar.

Siempre he creído en la veracidad de las palabras: “Las bendiciones más gratas de Dios siempre se reciben de las manos de los que le sirven aquí en la tierra” (White Montgomery, “Revelation”, en Best-Loved Poems of the LDS People, ed. Jack M. Lyon y otros, 1996, pág. 283). Tengamos siempre manos prestas y limpias, y corazones dispuestos para que podamos participar en proporcionar lo que nuestro Padre Celestial desea que otros reciban de Él.

Deseo terminar con un ejemplo de mi propia vida. Tuve en preciado amigo que parecía experimentar más de los problemas y de las frustraciones de la vida de los que podía soportar. Finalmente, fue hospitalizado por causa de una enfermedad incurable; yo no sabía que él se encontraba allí.

Mi esposa, la hermana Monson y yo habíamos ido a ese mismo hospital a visitar a otra persona muy enferma. Al salir del hospital, y mientras nos dirigíamos al lugar donde habíamos estacionado el auto, sentí la clara impresión de que debía regresar y averiguar si por casualidad mi amigo Hyrum estaba internado allí. Al verificar con un empleado en la recepción, me informó que, en efecto, Hyrum era uno de los pacientes que había estado allí por unas cuantas semanas.

Nos dirigimos a su habitación, llamamos a la puerta y entramos. No estábamos preparados para la escena que nos esperaba. Había arreglos de globos por todas partes. En la pared había un gran cartel que decía “Feliz cumpleaños papá”. Hyrum estaba sentado en la cama, con los miembros de su familia a su lado. Cuando nos vio, exclamó: “Hermano Monson, ¿cómo supo que hoy es mi cumpleaños?” Sonreí, pero dejé la pregunta sin responder.

Aquellos que estaban en ese cuarto y que poseían el Sacerdocio de Melquisedec rodearon a ese hombre, su padre, su abuelo y mi amigo, y se le dio una bendición del sacerdocio.

Luego de derramar lágrimas, de intercambiar sonrisas de gratitud, y de dar y recibir abrazos de ternura, me incliné hacia Hyrum y le susurré: “Recuerda las palabras del Señor, porque te consolarán. Él te prometió: ‘No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros’ ” (Juan 14:18).

El tiempo sigue su curso; el deber está a la par de esa marcha; el deber no se opaca ni disminuye; los conflictos catastróficos vienen y van, pero la guerra emprendida por las almas de los hombres continúa sin menguar. Como el llamado del clarín llega la palabra del Señor a ustedes y a mí, y a los poseedores del sacerdocio en todas partes; reitero esa frase: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (D. y C. 107:99).

Hermanos, aprendamos nuestros deberes; seamos siempre dignos de efectuar esos deberes y, al hacerlo, sigan los pasos del Maestro. Cuando a Él le llegó el llamado a servir, contestó: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2). Ruego humildemente que hagamos lo mismo, en el nombre de Jesucristo. Amén.