“¿Tú no oras?”


Lynn A. Mickelsen

En esta época del año, mis pensamientos se vuelven al Salvador y a José Smith; me encanta leer sobre ellos en las Escrituras. El regalo más importante que recibí para la Navidad siendo adolescente fue la combinación triple de las Escrituras: El Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Estaban encuadernadas en piel y tenían una dedicatoria de mi padre en una de las guardas. En aquella época el regalo no me pareció tan importante; de hecho, estaba decepcionado.

Desde entonces, aquella combinación triple se ha convertido en algo preciado porque me recuerda lo que aprendí de joven sobre el Salvador y Su vida. Me acompañó a la misión y durante mi llamamiento como obispo. Se convirtió en una pertenencia preciada y aún sigue siéndolo. Con el uso desgasté la primera encuadernación, así que tuve que volverla a encuadernar.

Considero que los pasajes más significativos de las Escrituras son los testimonios personales, como el de José Smith. Desde la primera vez que lo leí, nunca dudé de que José Smith haya visto lo que dijo haber visto en la Arboleda Sagrada.

Me siento agradecido por que José Smith oró y tuvo aquella experiencia sagrada: La Primera Visión. No siempre recibimos visiones ni respuestas tan impresionantes como la de José, pero nuestras respuestas pueden ser igual de claras, tanto si son ideas, respuestas a preguntas o la confirmación de decisiones.

Un ejemplo de oración

Entiendo la necesidad que José Smith tuvo de orar. Yo siempre oraba cada noche antes de acostarme; sin embargo, al entrar en la adolescencia, no dejé de creer, pero sí de dedicar tiempo a orar. Un día todo eso cambió.

Había ido de campamento con otros jóvenes y compartía la tienda de campaña con uno de mis buenos amigos. Me metí en seguida en la bolsa de dormir y al volver la vista encontré a mi amigo, de rodillas, orando. Cuando se metió en su bolsa, me preguntó: “Lynn, ¿tú no oras?”.

Le respondí: “No tanto como debiera”. Entonces tomé la firme decisión de que nadie más volvería a preguntarme si oraba.

También entiendo el deseo de José Smith de orar a solas. En otra ocasión, varios años más tarde, me encontré en una situación parecida, esta vez con un joven al que no conocía. Estaba nervioso por tener que orar delante de él, así que aguardé a que se acostara para poder arrodillarme sin que él me viera.

Como no se iba a dormir, al final me arrodillé, oré y me metí en mi saco de dormir. Cuando él se retiró unos minutos más tarde, me dijo: “Lynn, ¿siempre oras de ese modo?”.

“Sí, trato de hacerlo. Si con las prisas me acuesto y me olvido de orar, salgo de la cama, me arrodillo y oro”.

A lo que él dijo: “Yo también debería hacerlo”.

Conozcamos al Salvador

Me siento muy agradecido al profeta José por su valor y su fe para preguntar, y por su preparación para creer las cosas que llegó a conocer. Amo al profeta José Smith.

Gracias a las revelaciones recibidas por conducto de José Smith, he logrado entender la necesidad que tengo del Salvador. Sabía de Jesucristo, sabía que era el Hijo de Dios, pero cuanto más comprendo cómo funciona la Expiación, mayor es mi amor por el Salvador y mi testimonio de Él. Sólo Su expiación nos permite obtener el perdón de nuestros pecados. Podemos arrepentirnos, pero eso no nos otorga el perdón; sólo nos hace merecedores de Su perdón.

Es preciso que obtengamos un testimonio de quiénes somos, que sepamos que somos hijos espirituales de nuestro Padre en los cielos. Cuando lo sepamos, sentiremos el amor que tiene por nosotros, así como Su gran deseo de que regresemos para vivir con Él. Somos limpios cuando verdaderamente nos hayamos arrepentido y Él nos perdona. Nos convertimos en nuevas criaturas, como si nunca se hubiera cometido pecado alguno; y cuando entendamos eso, entonces llegaremos a conocerle de verdad.