Lugar para tres


“Amaos los unos a los otros con amor fraternal” (Romanos 12:10).

Basado en una historia real

Benito corrió escaleras abajo con su hermanita Laura detrás de él. “¡Mamá!”, gritó Benito. “¡Laura no quiere dejarnos en paz!”

Carlos, el mejor amigo de Benito, había ido a jugar con él. Los niños estaban jugando con el camión de bomberos de Benito a apagar fuegos en los rascacielos que habían construido con las piezas de madera. “Laura siempre quiere hacer lo mismo que nosotros”, dijo Benito. “¿Por qué no se va?”

“Por favor, Benito, sé amable con tu hermana. Sólo quiere estar un rato contigo”, dijo su madre.

“Pero, mamá, siempre quiere seguirnos a todas partes. ¿No puede hacer otra cosa por unos momentos?”

“Laura, ¿te gustaría colorear conmigo?”, le preguntó su madre. Laura asintió con la cabeza.

“Gracias”, mamá, dijo Benito, mientras se dirigía hacia las escaleras.

“Benito”, le recordó su madre, “no olvides que Carlos y tú tienen el ensayo del programa de Navidad en menos de una hora”.

“Sí, mamá”, respondió Benito.

“Mami, ¿por qué no me quiere Benito?”, preguntó Laura con los ojos llenos de lágrimas.

“Sí te quiere”, dijo su madre. “Es sólo que a veces prefiere estar con sus amigos. Benito te quiere mucho aunque no siempre lo demuestre”.

Al rato, mamá llevó a Benito y a Carlos al centro de reuniones para ensayar el programa de Navidad. Benito estaba animado porque este año iba a representar a José. Antes ya había sido una oveja, un pastor o un rey mago. Eso estaba bien, pero este año sería mejor que nunca.

“Bien, vamos a practicar la escena de los mesones”, dijo el hermano Martínez. “José y María, ocupen sus lugares. Mesoneros, ya ha llegado la hora”.

Los niños de la Primaria se fueron en seguida a sus puestos en el escenario mientras José y María se acercaban al primer mesón.

“Disculpe, ¿tiene una habitación en la que podamos pasar la noche?”, preguntó Benito. “Mi esposa muy pronto va a tener un bebé y necesita un lugar para descansar”.

“Lo siento. No hay lugar”, respondió el mesonero.

“Vamos, María; vayamos a otro lado”, dijo Benito. Y caminaron hasta el mesón siguiente. “Hola, señor. Hemos hecho un largo viaje y muy pronto mi esposa va a tener un bebé. ¿Tiene usted donde podamos alojarnos?”.

“No, el lugar está lleno; no hay sitio”.

Benito fue al mesón siguiente y llamó a la puerta, y luego al siguiente, y al siguiente. La respuesta siempre era la misma:

“No hay lugar”.

“No hay lugar”.

“No hay lugar”.

“Lo siento mucho, María”, dijo Benito. “Probemos en este último sitio”. Se volvió y llamó a la puerta. “Por favor, señor, estamos muy lejos de casa y no tenemos a dónde ir, y mi esposa está a punto de tener un bebé. Hemos buscado lugar en cada mesón de la ciudad. ¿Tiene usted sitio donde podamos alojarnos?”.

“Lo siento; no hay más lugar”.

José y María se volvieron lentamente, tristes. “Lo siento, María”, comenzó a decir Benito. “No sé qué…”.

“¡Esperen! Esperen un momento”, les dijo el mesonero. “Puede que haya un lugar. Acompáñenme”. El mesonero los condujo a un establo con vacas, ovejas y otros animales. “No es mucho, pero pueden quedarse aquí si lo desean”.

“Es maravilloso”, dijo Benito agradecido. “Muchísimas gracias”.

* * * *

Unos días más tarde, Carlos se encontraba de nuevo en la casa de Benito; jugaban en el interior de una enorme caja, haciendo de cuenta que era un fuerte que les protegería de los invasores. Pero Laura seguía interrumpiéndoles para preguntarles si también ella podía entrar en la caja.

“Laura, ¿por qué no te vas a hacer otra cosa? ¿No ves que no hay lugar para…?”, Benito no terminó la frase. Pensó en las palabras que acababa de oír hacía unos días: “No hay lugar, no hay lugar, no hay lugar”. Pensó en José, en María y en el niño Jesús, que era tan importante para todos ellos. Entonces miró a su hermanita.

“Lo siento, Laura. Claro que hay lugar para ti; siempre hay lugar para tres”.