Jay E. Jensen
“…recuerda también las promesas que te fueron hechas” (D. y C. 3:5).

Recordemos las promesas

Me hallaba sirviendo como presidente de misión en Colombia cuando un jueves por la mañana viajé en avión a una ciudad de nuestra misión. Pasé el día realizando entrevistas; y, mientras conversaba con los misioneros, me surgieron cierto número de inquietudes.

Después de una conferencia de zona con los misioneros, el sábado y el domingo dirigí una conferencia de distrito con los líderes y miembros de la Iglesia. Aquella zona presentaba ciertos desafíos: un bajo índice de asistencia a las reuniones y una escasa preparación, entre otras cosas. Las experiencias que había tenido durante esos cuatro días me dejaron algo desanimado.

Durante el vuelo de regreso, empleé el tiempo en leer, meditar y orar. Tomé las Escrituras y hojeé las páginas, leyendo aquí y allí. No tardé en toparme con unos versículos de la sección 3 de Doctrina y Convenios que desde entonces cobraron un nuevo sentido para mí: “Las obras, los designios y los propósitos de Dios no se pueden frustrar ni tampoco pueden reducirse a la nada” (versículo 1).

Reflexioné en esas palabras y entendí que en mi viaje había llegado a la conclusión equivocada de que las obras, los designios y los propósitos de Dios se estaban frustrando en aquella ciudad.

Proseguí leyendo: “Porque Dios no anda por vías torcidas” (versículo 2). Algunos de los misioneros y miembros parecían estar caminando por vías torcidas.

Descubrí un tesoro en el versículo 5, uno de los conceptos más maravillosos que he encontrado en las Escrituras: “He aquí, se te confiaron estas cosas”.

Me detuve a considerar las cosas que se me habían confiado: mi esposa, nuestros seis hijos, 100 misioneros, 6.000 miembros, entre 13 y 14 millones de personas que no lo eran, una misión, distritos, ramas, presupuestos, edificios, etcétera.

Entonces llegué a la frase: “…recuerda también las promesas” (versículo 5). ¡Qué poder, qué capacidad de comprensión, qué consuelo, qué sentimientos y sentido tan profundos! Las palabras de las Escrituras nunca habían surtido tal efecto como esas cuatro que leí aquel día.

Me di cuenta de que durante cuatro días sólo me había centrado en los problemas. En ninguna ocasión me había detenido a recordar las grandes promesas que se me habían hecho. Y me pregunté: “¿Qué promesas?”. Las primeras que vinieron a mi mente fueron las de mi bendición patriarcal. La tenía conmigo en el avión, así que la leí de principio a fin. ¡Qué promesas tan grandes! Luego medité en las promesas especiales que se me habían dado cuando fui apartado como presidente de misión. Pensé en las promesas del templo y en las de las Escrituras. ¡Me sentí mucho mejor! ¡Me dieron inspiración!

Cada vez que recuerdo aquel vuelo de regreso a casa, me doy cuenta de que fui instruido de lo alto. Desde aquel entonces hasta el día de hoy, mi vida ha sido diferente gracias a cuatro palabras sencillas: “recuerda también las promesas”.