Prestos para observar


David A. Bednar

En octubre de 1987, el élder Marvin J. Ashton, en aquel entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, habló en la conferencia general acerca de los dones espirituales. Recuerdo con cariño el impacto que su mensaje tuvo en mí en ese momento y las cosas que él enseñó aún influyen en mí en la actualidad. En su mensaje, el élder Ashton detalló y describió cierto número de dones espirituales menos notorios: atributos y facultades que muchos de nosotros tal vez no consideraríamos dones del Espíritu. Por ejemplo, recalcó los dones de saber preguntar, escuchar, oír y seguir la voz apacible y delicada; de ser capaz de llorar, de evitar la contención, de ser amable, de evitar las vanas repeticiones, de buscar lo que es recto, de acudir a Dios en busca de guía, de ser discípulo, de preocuparse por los demás, de poder meditar, de dar un poderoso testimonio y de recibir el Espíritu Santo (véase “Hay muchos dones”, Liahona, enero de 1988, pág. 19).

Otro don espiritual aparentemente sencillo y que tal vez no se valore como es debido, como lo es la facultad de ser “presto para observar” (Mormón 1:2), tiene una importancia vital para todos nosotros en el mundo que nos ha tocado y nos tocará vivir.

El don espiritual de ser prestos para observar

Todos nosotros hemos aprendido importantes lecciones de los personajes principales del Libro de Mormón. Al leer y estudiar sobre la vida de Nefi, Lamán, Alma, el rey Noé, Moroni y muchos otros, descubrimos cosas que debemos y que no debemos hacer, y nos damos cuenta más plenamente del tipo de personas que debemos y que no debemos ser.

En mi estudio del Libro de Mormón, me ha llamado especialmente la atención una determinada descripción de Mormón, el recopilador principal del registro nefita. La detallada representación de ese noble profeta al que deseo dirigir nuestra atención se encuentra en los primeros cinco versículos del primer capítulo de Mormón:

“Y ahora yo, Mormón, hago una relación de las cosas que he visto y oído; y la llamo el Libro de Mormón.

“Y más o menos en la época en que Ammarón ocultó los anales para los fines del Señor, vino a mí (tendría yo unos diez años de edad…), y me dijo Ammarón: Veo que eres un niño serio, y presto para observar;

“por lo tanto, cuando tengas unos veinticuatro años de edad, quisiera que recordaras las cosas que hayas observado concernientes a este pueblo…

“Y he aquí… sobre las planchas de Nefi grabarás todas las cosas que hayas observado concernientes a este pueblo.

“Y yo, Mormón… recordé las cosas que Ammarón me mandó” (Mormón 1:1–5; cursiva agregada).

Mormón, inclusive de joven, era “presto para observar”. Al estudiar, aprender y madurar, espero que también ustedes aprendan algo respecto a ser prestos para observar. Su éxito futuro y su felicidad dependen en gran medida de esa facultad espiritual.

Les pido que reflexionen sobre la trascendencia de este importante don espiritual. Tal y como aparece en las Escrituras, la palabra observar tiene dos usos principales. Uno sugiere “mirar”, “ver” o “fijarse en algo”, como en Isaías 42:20: “que ve muchas cosas y no advierte, que abre los oídos y no oye” (cursiva agregada).

Ser prestos para observar también significa “obedecer” o “guardar”, como se menciona en Doctrina y Convenios: “Mas benditos son aquellos que han guardado el convenio y observado el mandamiento, porque obtendrán misericordia” (D. y C. 54:6; cursiva agregada).

Así pues, cuando somos prestos para observar, en seguida miramos o prestamos atención y obedecemos. Ambos elementos fundamentales —mirar y obedecer— son esenciales para ser prestos para observar, y el profeta Mormón es un impresionante ejemplo de ese don en acción.

Quisiera ahora presentar varios ejemplos de las lecciones que se pueden aprender cuando se nos bendice, a ustedes y a mí, para ser prestos para observar.

Tengo un preciado amigo que ha servido como presidente de estaca. El patriarca de la estaca que había presidido había tenido varios problemas de salud y no le era posible desempeñar su llamamiento. El renqueante patriarca tenía dificultades para desplazarse, vestirse y cuidar de sí mismo, y sus fuerzas eran limitadas. Un domingo por la tarde, este buen presidente de estaca fue a la casa del patriarca para alentarlo y comprobar cómo se encontraba. En el momento de entrar en la casa, vio al patriarca vestido con traje, camisa blanca y corbata, sentado en la sala en un asiento reclinable. El presidente de estaca saludó al preciado patriarca y, sabiendo lo mucho que le habría costado vestirse, le sugirió gentilmente que no era necesario que se vistiera así en domingo ni que en ese día recibiera a las personas que quisieran una bendición patriarcal. Con una voz amable pero firme, el patriarca reprendió al presidente de estaca diciendo: “¿Acaso no sabe usted que ésta es la única manera que me queda de demostrarle al Señor lo mucho que le amo?”.

El presidente de estaca fue presto para observar. No sólo oyó la lección sino que también la sintió, y la puso en práctica. La reverencia por el día de reposo, así como la importancia del respeto, la conducta y la vestimenta adecuada cobraron más importancia en el ministerio del presidente de estaca. La capacidad espiritual para ver, oír, recordar y poner en práctica aquella lección fue una gran bendición en su vida y en la de muchas otras personas.

Antes de acudir a la reunión sacramental, la hermana Bednar suele pedir en oración tener ojos espirituales para ver al necesitado. Con frecuencia, al observar a los hermanos, las hermanas y los niños en las congregaciones, siente la impresión espiritual de visitar o de llamar por teléfono a una persona determinada; y cuando la hermana Bednar recibe un impresión así, no tarda en reaccionar y obedecer. Lo habitual es que apenas se dice el “amén” de la última oración, está hablando con un joven o abrazando a una hermana; y ni bien llega a casa, toma el teléfono y hace una llamada. Desde que conozco a la hermana Bednar, las personas siempre se han maravillado por la capacidad que ella tiene para discernir y atender las necesidades de ellas. A menudo le preguntan: “¿Cómo lo sabía?”. El don espiritual de ser presto para observar le ha permitido ver y actuar con prontitud y ha sido una bendición en la vida de muchas personas.

La hermana Bednar y yo conocemos a un ex misionero que durante cierto tiempo salió con una joven a la que quería mucho y con la que deseaba tener una relación más seria, al grado de que consideraba, y esperaba, comprometerse y casarse con ella. Su relación estaba en marcha en la época en que el presidente Hinckley aconsejó a las hermanas de la Sociedad de Socorro y a las jovencitas de la Iglesia que llevaran únicamente un pendiente (arete) en cada oreja.

Este joven aguardó pacientemente cierto tiempo a que la jovencita se quitara los pendientes que le sobraban, pero no lo hizo, lo cual constituyó un valioso indicio para el joven, que se sintió incómodo por la falta de ella de responder a la petición de un profeta. Por ésa y otras razones, el joven dejó de salir con la chica, ya que él buscaba una compañera eterna que tuviera el valor de obedecer presta y calladamente el consejo del profeta en todas las cosas y en todo momento. El joven fue presto para observar que la jovencita no lo era.

Supongo que a algunos de ustedes les cuesta aceptar este último ejemplo, pues tal vez crean que aquel joven fue excesivamente duro en juzgarla o que el basar una decisión de trascendencia eterna, aunque sea en parte, en un detalle supuestamente insignificante es algo tonto o fanático. Puede que estén molestos porque el ejemplo se concentra en una joven que no respondió al consejo de un profeta y no en un hombre. Me limito a invitarles a pensar y a reflexionar en el poder de ser prestos para observar y en lo que se observó en realidad en el caso descrito. ¡Los pendientes no eran el problema!

Un último ejemplo. Por mucho tiempo me ha fascinado la naturaleza de la interacción entre el Espíritu del Señor y Nefi, como aparece en los capítulos del 11 al 14 de 1 Nefi. Nefi desea ver, oír y conocer las cosas que su padre, Lehi, había visto en la visión del árbol de la vida (véase 1 Nefi 8). En los capítulos del 11 al 14, el Espíritu Santo ayuda a Nefi a aprender sobre la naturaleza y el significado de la visión de su padre. Resulta curioso que en estos capítulos, el Espíritu del Señor mande en 13 ocasiones a Nefi que “mire”, como si esa acción fuera un elemento fundamental del proceso de aprendizaje. Se aconsejó a Nefi repetidas veces que mirara, y como fue presto para observar, vio el árbol de la vida (véase 1 Nefi 11:8), a la madre del Salvador (véase 1 Nefi 11:20), la barra de hierro (véase 1 Nefi 11:25) y al Cordero de Dios, el Hijo del Padre Eterno (véase 1 Nefi 11:21).

No he descrito más que unas pocas de las cosas de importancia espiritual que Nefi vio, aunque tal vez ustedes deseen estudiar esos capítulos con mayor detalle y aprender lo que Nefi aprendió y en cuanto al proceso de ese aprendizaje. Mientras estudien y mediten, recuerden que Nefi no habría visto lo que deseaba ver, no habría aprendido lo que precisaba saber ni habría podido hacer lo que en definitiva necesitaba hacer, de no haber sido presto para observar. ¡Esas mismas verdades se aplican a ustedes y a mí!

Prestos para observar. Prestos para mirar y obedecer. Un don sencillo que nos bendice en forma individual y como familias, y que extiende sus bendiciones a muchas otras personas. Cada uno de nosotros puede y debe esforzarse por ser digno de un importante don espiritual como es la aptitud de ser presto para observar.

La importancia de ser prestos para observar

Permítanme que aborde la cuestión de por qué el don espiritual de ser prestos para observar es tan vital para todos nosotros en el mundo en que nos ha tocado y nos tocará vivir. Dicho con sencillez, ser presto para observar es el paso previo al don espiritual del discernimiento, con el que también se relaciona. Tanto para ustedes como para mí, el discernimiento es una luz protectora, una guía en un mundo cada vez más tenebroso.

Así como la fe precede al milagro, así como el bautismo de agua precede al bautismo de fuego, así como conviene digerir la leche del Evangelio antes que la carne, así como unas manos limpias pueden conducir a un corazón puro y así como las ordenanzas del Sacerdocio de Aarón son necesarias antes de poder recibir las ordenanzas mayores del Sacerdocio de Melquisedec, el ser presto para observar es un requisito y un preparativo para recibir el don de discernimiento. Sólo podemos tener esperanza en recibir el don celestial del discernimiento con su luz protectora y su guía si somos prestos para observar, si miramos y obedecemos.

El presidente George Q. Cannon (1827–1901), que sirvió como Consejero de cuatro Presidentes de la Iglesia, enseñó convincentemente sobre el don de discernimiento:

“Uno de los dones del Evangelio que el Señor ha prometido a los que concierten un convenio con Él es el don del discernimiento de espíritus, un don del que no se habla mucho y por el que se ora menos; sin embargo, es un don de valor incalculable y que todo Santo de los Últimos Días debiera tener…

“Ahora bien, el don de discernimiento de espíritus no sólo da a los hombres y las mujeres que lo poseen el poder para discernir el espíritu que posea a otras personas o que influya en ellas, sino que les concede el poder para discernir el espíritu que influye en ellos mismos. Pueden detectar un falso espíritu y saber cuándo mora en ellos el Espíritu del Señor, y eso es de suma importancia en la vida privada de los Santos de los Últimos Días. El poseer y el ejercer ese don no permitirá que ninguna influencia maligna entre en sus corazones ni influya en sus pensamientos, palabras y obras. La repelerán; y si por casualidad alguno de esos espíritus se posesionara de ellos, en cuanto perciban sus efectos lo expulsarán o, en otras palabras, se negarán a ser conducidos e influidos por él” 1 .

¿Nos damos cuenta de la suma importancia de este don espiritual en nuestra vida hoy y de cómo el ser prestos para observar es una poderosa invitación para recibir las bendiciones del discernimiento?

El presidente Stephen L Richards (1879–1959), que fue consejero del presidente David O. McKay, nos ha dado más datos sobre la naturaleza y las bendiciones del discernimiento:

“En primer lugar, menciono el don del discernimiento, que incluye el poder para distinguir… entre el bien y el mal. Creo que este don, cuando se cultiva, es fruto de una aguda sensibilidad a las impresiones —impresiones espirituales, si así lo prefieren—para leer entre líneas y detectar el mal oculto y, más importante aún, buscar lo bueno que esté disimulado. El grado más elevado de discernimiento es aquel que, aplicado a los demás, percibe y revela en ellos lo mejor de su naturaleza, el bien que hay en su interior…

“…Todo miembro de la Iglesia restaurada de Cristo podría tener este don si así lo quisiera. No sería engañado con la sofistería del mundo, no sería desviado por falsos profetas ni por cultos subversivos. Aun los indoctos reconocerían, por lo menos hasta cierto grado, las falsas enseñanzas… Debemos estar agradecidos a diario por este sentimiento que mantiene viva una conciencia que constantemente nos alerta de los peligros inherentes a los malhechores y al pecado” 2 .

Al combinar las enseñanzas de los presidentes Cannon y Richards, vemos que el don de discernimiento funciona básicamente de cuatro maneras distintas.

Primero: Al “leer entre líneas”, el discernimiento nos ayuda a detectar los errores ocultos y el mal que pueda haber en otras personas.

Segundo, y más importante: Nos ayuda a detectar los errores ocultos y el mal que pueda haber en nosotros mismos. Así vemos que el don del discernimiento no se limita a discernir lo relativo al prójimo ni a las situaciones ajenas a nosotros, sino, como enseñó el presidente Cannon, nos permite discernir las cosas como realmente son en nosotros.

Tercero: Nos ayuda a encontrar y a sacar a la luz lo bueno que pueda estar disimulado en los demás.

Y cuarto: Nos ayuda a encontrar y a sacar a la luz lo bueno que pueda estar disimulado en nosotros. ¡Qué gran bendición y fuente de protección y guía es el don espiritual del discernimiento!

Las enseñanzas de los presidentes Cannon y Richards respecto al poder del discernimiento para detectar el mal oculto y determinar lo bueno que pueda estar disimulado son más importantes para ustedes y para mí en vista de cierto elemento de la visión de Lehi. En ella, varios grupos de personas avanzaban para seguir el camino que conduce al árbol de la vida. El sendero estrecho y angosto corría parejo a la barra de hierro y terminaba en el árbol. Los vapores de tinieblas de los que se habla en la visión representan las tentaciones del maligno que ciegan los ojos de los hijos de los hombres y los guían a anchos senderos para que se pierdan (véase 1 Nefi 12:17).

Presten particular atención al versículo 23 de 1 Nefi 8 y apliquemos este pasaje a nuestra época y a los problemas que encaramos en un mundo cada vez más inicuo:

“Y ocurrió que surgió un vapor de tinieblas, sí, un sumamente extenso vapor de tinieblas, tanto así que los que habían entrado en el sendero se apartaron del camino, de manera que se desviaron y se perdieron”.

Recalco una vez más la verdad de que el discernimiento es una luz protectora y una guía en un mundo cada vez más tenebroso. Tanto ustedes como yo podemos atravesar seguros y con éxito los vapores de tinieblas y tener un claro sentido de orientación espiritual. El discernimiento es muchísimo más que distinguir el bien del mal; nos permite distinguir lo relevante de lo irrelevante, lo importante de lo que no lo es y lo necesario de lo que es meramente bonito.

El don del discernimiento nos ofrece una visión panorámica que se extiende más allá de lo que percibe el ojo o el oído natural. Discernir equivale a ver con ojos espirituales y percibir con el corazón, ver y percibir la falsedad de una idea o la bondad de otra persona. Discernir consiste en oír con oídos espirituales y percibir con el corazón, oír y percibir la inquietud callada en una frase o la veracidad de un testimonio o una doctrina.

He oído con frecuencia al presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, aconsejar a los miembros y a los líderes del sacerdocio: “Si su percepción se limita a lo que ven con los ojos naturales y lo que oyen con los oídos naturales, entonces no saben mucho”. Sus palabras debieran estimularnos, a todos nosotros, a desear y a buscar adecuadamente estos dones espirituales.

Observar y discernir también nos permite ayudar a quien intente encontrar el camino y que desee avanzar con firmeza en Cristo. Bendecidos con estos dones espirituales, no nos apartaremos, no nos desviaremos ni nos perderemos. Sólo podremos tener la esperanza de obtener el don divino del discernimiento y su luz protectora y de guía si somos prestos para observar. Así como Alma enseñó a su hijo Helamán: “…asegúrate de cuidar estas cosas sagradas; sí, asegúrate de acudir a Dios para que vivas” (Alma 37:47).

Declaro mi testimonio especial de que Jesús es el Cristo, nuestro Redentor y Salvador. Sé que Él vive e invoco Sus bendiciones sobre cada uno de ustedes a fin de que deseen ser prestos para observar y disciernan con certeza.

Adaptado de un discurso pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 10 de mayo de 2005.

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    Notas

  1.   1.

    Gospel Truth: Discourses and Writings of George Q. Cannon, compilados por Jerreld L. Newquist, 1987, págs. 156–157.

  2.   2.

    En Conference Report, abril de 1950, págs. 162–163; cursiva agregada.