2006
Un vecino difícil
Diciembre de 2006


Un vecino difícil

Mi esposo y yo vivíamos en un apartamento del segundo piso con nuestro hijo pequeño y una hija. Ansiábamos pasar la Navidad aquel año con nuestros pequeños. Nuestro hijo crecía deprisa y, como a cualquier bebé de su edad, le gustaba moverse mucho. Solía correr por todo el apartamento a modo de diversión. Nos gustaban sus gracias, pero el vecino de abajo era algo impaciente. A menudo ponía la música muy alta como venganza y subía con frecuencia a quejarse.

Para nosotros era una situación muy frustrante. ¿Qué se supone que debe hacer un niño pequeño durante todo el día si no puede moverse con libertad? Me dolía tenerlo quieto cuando estaba tan lleno de vitalidad. Nos reunimos con el gerente de los apartamentos y con nuestro vecino para tratar de solucionar el conflicto; y mientras conversábamos, nos dimos cuenta de que nuestro vecino se mostraba muy a la defensiva con sus palabras y su actitud. Durante la conversación, me acordé de las palabras del Salvador en Mateo 5:44: “…Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”. No lo consideraba necesariamente un enemigo, pero no compartía en nada sus puntos de vista.

Estaba en el ejército y su esposa aún no había podido reunirse con él, por lo que estaba solo en una ciudad que no conocía y, cuando llegaba a casa del trabajo, tenía que soportar todo ese ruido del apartamento de arriba. Comencé a ver lo difícil que era para él, pero seguía sin tener una solución satisfactoria. Comencé a orar por él y se conmovió mi corazón, lo que me permitió ser más comprensiva.

Ese año, mis suegros vinieron a pasar los días festivos con nosotros. El día de la Nochebuena estábamos disfrutando de la compañía de la familia y del especial espíritu de la estación. Al rato percibimos y oímos la vibración de una música muy alta que venía del apartamento de abajo. Parecía más alta de lo normal, pero recuerdo haber sentido pena por él en vez de impaciencia. Pensé en el pasaje de Mateo 5 y preparé un plato de galletitas caseras de Navidad para nuestro vecino.

Mi esposo y yo bajamos juntos para dárselas. Al abrirnos la puerta, nos puso mala cara y gritó: “¡QUÉ!”. Era evidente que esperaba un enfrentamiento desagradable, pero en vez de eso pasamos por alto la música y le deseamos de todo corazón una feliz Navidad. Sonreímos y vimos cómo su cara se tranquilizaba al aceptar nuestras galletas. Nos sonrió y nos dio las gracias, deseándonos también a nosotros una feliz Navidad. Al poco rato bajó el volumen de la música.

Fuera del apartamento, nos encontramos con nuestro vecino unos días más tarde y volvió a darnos las gracias por las galletas. Volvió a sonreírnos y nos resultó fácil sonreírle a él. Como era nuevo en la ciudad, le preguntamos si tenía alguna iglesia a donde ir. Dijo que aún no había encontrado ninguna, así que le invitamos a la nuestra y aceptó. Comenzó a reunirse con los misioneros y no tardó en querer bautizarse. Él y nuestro hijo se sacaron una foto juntos el día de su bautismo.

No recuerdo haber tenido más problemas con el volumen de la música, pero sí recuerdo las bendiciones especiales que recibimos por haber seguido las Escrituras en nuestro diario vivir. Aún me enternece el corazón el recordar cómo el simple regalo de unas galletas de Navidad convirtió rápidamente una relación desagradable en una maravillosa amistad.