De amigas a hermanas y compañeras


Valeria Pontelli, de Río Gallegos, Santa Cruz, Argentina, no tenía intención de convertir a su amiga. Ella no hacía sino vivir sus valores con convicción; como es miembro de la Iglesia, había ciertas cosas que hacía y otras que no, y todas sus amigas lo sabían. Una de esas amigas era Paula Álvarez, quien siempre observaba a Valeria muy de cerca y a la que le impresionaba la fidelidad y constancia con las que vivía sus creencias.

Paula tenía una familia maravillosa, pero no tenían el Evangelio, al menos hasta conocer a Valeria. Paula recuerda: “Valeria no se avergonzaba del testimonio que tenía. Sabía quién era; sabía que era hija de un Rey eterno, una hija de Dios”.

Ese conocimiento y confianza impresionaron al tío de Paula, Moisés, al grado de que comenzó a investigar la Iglesia y a reunirse con los misioneros. El día que anunció que iba a bautizarse, Paula se quedó un tanto sorprendida. No esperaba que su tío estuviera dispuesto a hacer tan grandes cambios en su vida.

Toda la familia estaba invitada al bautismo, pero Paula dudaba en ir. No sabía qué esperar. Finalmente, su familia la convenció de que les acompañara al bautismo de su tío. Paula recuerda: “Al presenciar cómo mi tío entraba en las aguas del bautismo, el Espíritu tocó mi corazón. El impacto fue profundo, innegable. En ese momento también yo quise dedicarme a Dios y hacer lo que Él me pidiera”.

“¿Puedo hablar contigo?”, dijo Paula mientras se llevaba a Valeria a un lado. “Sentí algo especial en el bautismo de mi tío”, le explicó en voz baja.

Valeria le dijo a su amiga que había sentido las impresiones del Espíritu. “Te está diciendo que debes seguir el ejemplo de tu tío”.

“Pero no puedo hacerlo sola”, respondió Paula.

“No te preocupes, yo te ayudaré”, le aseguró su amiga. No pasó mucho tiempo antes de que toda la familia recibiera a los misioneros y aceptara la invitación a bautizarse. Sus vidas cambiaron para siempre.

Paula dice: “Los valores que siempre había visto en mi amiga, ahora eran míos. El testimonio de mi amiga ahora era el mío”. Al poco tiempo Paula empezó a sentir el deseo de compartir con los demás lo que había recibido; después de un año de miembro, llenó los papeles de la misión, se entrevistó con sus líderes del sacerdocio y recibió el llamado a servir en la Misión Chile Santiago Este.

Valeria dice: “Al ver a mi amiga prepararse para servir en una misión, el Espíritu tocó mi corazón. También yo quería dedicarme al servicio de Dios como lo hacía ella”.

“¿Puedo hablar contigo?”. Esta vez fue Valeria la que apartó a Paula a un lado. “He sentido algo muy especial al ver cómo te preparabas para ir a la misión”.

Paula le dijo a su amiga lo mismo que ésta le había dicho a ella anteriormente: “El Espíritu te está diciendo lo que debes hacer”.

Los planes de Valeria no incluían una misión de tiempo completo y no estaba muy segura de cómo proceder. “No puedo hacerlo sola”, le dijo a Paula.

“No te preocupes, yo te ayudaré”, le aseguró su amiga.

Más adelante, cuando Valeria abrió el sobre de su llamamiento, se quedó sorprendida, pues iba a ir a la misma misión que su amiga. Paula empezó a servir en octubre de 2002 y Valeria llegó a la misión en febrero de 2003.

Durante la misión se vieron con frecuencia en conferencias y actividades. Les encantaba compartir experiencias y novedades de sus respectivas áreas, pero jamás soñaron que en noviembre de 2003 iban a recibir la asignación de ser compañeras. Su amistad floreció hasta convertirse en una relación que durará para siempre. Han pasado de ser amigas a ser hermanas en el Evangelio y compañeras misioneras.

La hermana Valeria Pontelli dice: “Al principio me atemorizaba la idea de que el trabajar juntas pudiera dañar nuestra amistad, pero ese temor desapareció el primer día. Esta oportunidad de trabajar juntas sólo ha fortalecido nuestra relación, y nuestra amistad nos ha ayudado en la obra”.

Los demás asienten. Una mujer que solía ser menos activa y que regresó a la Iglesia gracias a los esfuerzos de estas dos misioneras dice: “No se puede sino amarlas porque se ve el amor que tienen la una por la otra y por todas las personas que las rodean. Ellas son mis ángeles”.

A ambas compañeras les costó despedirse en marzo de 2004, cuando la misión de la hermana Paula Álvarez llegó a su fin. Estaba nerviosa por regresar a Argentina y por lo que le depararía el futuro. Las dos hermanas hablaron de sus inquietudes mientras se dirigían a sus citas. “No puedo hacerlo sola”, decía la hermana Álvarez.

“No te preocupes”. Las palabras de su compañera, la hermana Pontelli, resultaban familiares. “Yo te ayudaré”.