Mensaje de la Primera Presidencia

Enriquezcan su matrimonio


James E. Faust

Enriquezcan su matrimonio

Hace muchos años, cuando ejercía la abogacía, fue a consultar conmigo una señora que quería divorciarse de su esposo atendiendo a unos motivos que, en mi opinión, parecían completamente justificados. Finalizado el divorcio, no volví a verla por muchos años, hasta que un día me la encontré en la calle. Me percaté de que diez años de soledad y de desaliento se reflejaban en lo que una vez fue un rostro hermoso.

Tras las formalidades de rigor, se apresuró a admitir que su vida no había sido plena ni gratificante y que estaba cansada de luchar sola. Entonces me dejó boquiabierto cuando me reveló: “A pesar de lo malo que era, si tuviera que hacerlo de nuevo sabiendo lo que ahora sé, no me habría divorciado. Esto es peor”.

Estadísticamente, es difícil evitar el divorcio. Los expertos consideran que cerca de la mitad de las mujeres estadounidenses pasarán por un divorcio en algún momento de su vida. Los índices de divorcio también están en aumento en otros países, y a menos que ese creciente índice actual disminuya, habrá aún más matrimonios que terminen de forma trágica.

El divorcio puede justificarse sólo en las circunstancias más excepcionales. En mi opinión una “causa justa” de divorcio no debe ser menos grave que una relación prolongada y aparentemente irremediable que destruye la dignidad de una persona como ser humano. A menudo, el divorcio destroza la vida de las personas y la felicidad de la familia, y con frecuencia las partes pierden más de lo que ganan.

Nos es difícil comprender la experiencia traumática que vive la persona que se divorcia y tal vez nunca se acepta del todo. Es indudable que debería mostrarse mucha más comprensión hacia los que han experimentado esta gran tragedia y cuya vida ya no puede volver atrás. Sin embargo, esas personas aún pueden abrigar muchas esperanzas de llevar una vida plena y feliz, sobre todo si se olvidan de sí mismas y brindan servicio a los demás.

Preguntas difíciles

¿Por qué para muchas personas la felicidad en el matrimonio es tan frágil y escurridiza y, sin embargo, es tan abundante para otras? ¿Por qué la consiguiente cadena de penalidades y sufrimientos es tan larga y afecta a tanta gente inocente?

¿Cuáles son los ingredientes que enriquecen la vida conyugal pero que faltan en tantos matrimonios que comenzaron con felicidad y grandes esperanzas?

He meditado mucho en estas difíciles preguntas. Habiendo dedicado casi toda una vida a trabajar con experiencias humanas, estoy algo familiarizado con los problemas de matrimonios infelices, del divorcio y de familias destrozadas por el dolor. Pero también puedo hablar de una gran felicidad ya que, gracias a mi amada Ruth, he encontrado en mi matrimonio la más completa realización de la existencia humana.

Causas de divorcio

No existen respuestas simples ni fáciles para los problemas difíciles y complejos que afectan la felicidad conyugal. Entre las muchas supuestas causas de divorcio se destacan los graves problemas del egoísmo, la inmadurez, la falta de dedicación, la comunicación inadecuada y la infidelidad.

Por experiencia conozco la existencia de otro motivo para el fracaso matrimonial. Tal vez no sea tan obvio, pero precede a todos los demás y forma parte de ellos, a saber: la ausencia del constante enriquecimiento en el matrimonio, la ausencia de ese algo que lo convierte en precioso, especial y maravilloso, y sin lo cual se torna monótono, difícil y hasta tedioso.

Cómo enriquecer un matrimonio

Tal vez se pregunten: “¿Qué se hace para enriquecer constantemente un matrimonio?”. Edificamos nuestro matrimonio con amistad, confianza e integridad infinitas, y también al sostenernos mutuamente y cuidar el uno del otro en nuestras dificultades. Adán dijo refiriéndose a Eva: “…Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Génesis 2:23). Hay unas preguntas sencillas pero importantes que toda persona, ya sea que esté casada o que esté pensando en casarse, debería hacerse con franqueza en su esfuerzo por llegar a ser “una carne”, y son:

Primera: ¿Soy capaz de anteponer mi matrimonio y mi cónyuge a mis propios deseos?

Segunda: ¿Mi dedicación a mi cónyuge está por encima de cualquier otro interés?

Tercera: ¿Es mi cónyuge mi mejor amigo?

Cuarta: ¿Siento respeto por la dignidad de mi cónyuge como persona de valor?

Quinta: ¿Nos peleamos por asuntos de dinero? El dinero en sí no es la causa de la felicidad de una pareja, ni su carencia necesariamente la causa de su infelicidad; sin embargo, pelearse por cuestiones de dinero suele ser un síntoma de egoísmo.

Sexta: ¿Existe entre nosotros un vínculo de santificación espiritual?

Levantemos puentes que enriquezcan

Existen diversos factores clave que contribuyen al enriquecimiento de un matrimonio.

La oración. Una mejor comunicación puede enriquecer nuestro matrimonio y un aspecto importante de esa comunicación es el orar juntos. Eso limará muchas de las asperezas, si las hay, entre la pareja antes de retirarse a dormir. No quiero hacer demasiado hincapié en las diferencias, pero éstas son reales y aportan interés a la vida. Creo que nuestras diferencias son como pequeñas pizcas de sal que dan más sabor a nuestro matrimonio.

Nos comunicamos de miles de maneras: con una sonrisa, un roce del cabello, una caricia. Cada día debemos acordarnos de decir “Te quiero”. El esposo debe decirle a su esposa: “¡Qué hermosa eres!”. Otras palabras importantes que ambos cónyuges deben decirse cuando sea pertinente son: “Lo siento”. El saber escuchar es también una forma excelente de comunicarse.

La confianza. La confianza mutua constituye uno de los factores más valiosos en el matrimonio. Nada hay que devaste más la médula de la confianza mutua, tan necesaria para mantener una relación íntegra, como la infidelidad. El adulterio jamás es justificable. A pesar de esa destructiva experiencia, hay matrimonios que de vez en cuando se salvan y familias que se preservan. Para que eso suceda, es necesario que la parte ofendida sea capaz de brindar una cantidad infinita de amor que le permita perdonar y olvidar. Requiere que el ofensor desee desesperadamente lograr el arrepentimiento y abandonar el pecado.

Nuestra lealtad hacia el compañero eterno no debe ser solamente física sino también mental y espiritual. Puesto que después del matrimonio no existen coqueteos inofensivos ni hay lugar para los celos, es mejor evitar “toda especie de mal”, rechazando todo contacto cuestionable con cualquier persona que no sea nuestro cónyuge.

La virtud. La virtud es el poderoso elemento que une a la pareja. El Señor dijo: “Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra” (D. y C. 42:22).

La presencia divina. De todo aquello que puede bendecir al matrimonio, existe un ingrediente especial, uno que lo enriquece y que permitirá, más que ningún otro, que un hombre y una mujer permanezcan unidos en un sentido muy real, espiritual y sagrado: la presencia divina. Shakespeare dijo por boca de la reina Isabel en Enrique V: “Dios, el Hacedor de todos los matrimonios, combine vuestros corazones en uno’’ (acto V, escena II, líneas 67–68). Dios es también el mejor custodio de todo matrimonio.

Muchos son los factores que enriquecen el matrimonio, aunque algunos parecerían no tener la misma importancia que otros. Gozar de la compañía de la divina presencia y disfrutar de sus frutos constituye la esencia de una gran felicidad matrimonial. La unidad espiritual es el ancla, pero los pequeños problemas que se presenten relativos al aspecto espiritual del matrimonio a menudo pueden ser la causa de que éste fracase.

Creo que aumenta el número de divorcios porque en muchos casos la unión carece de la bendición santificadora que es fruto de la observancia de los mandamientos de Dios. La relación matrimonial puede morir a causa de la falta de alimento espiritual.

El diezmo. Tras casi veinte años de servicio como obispo y como presidente de estaca, aprendí que el pago del diezmo es un excelente seguro contra el divorcio. El pago del diezmo parece contribuir a mantener recargada la batería espiritual para que podamos perseverar aun en las épocas en que el generador espiritual no funcione.

No existe una música grandiosa ni majestuosa que produzca constantemente la armonía de un gran amor; la música más perfecta es la amalgama de dos voces en una sola canción espiritual. El matrimonio es el medio provisto por Dios para el cumplimiento de las más grandes necesidades humanas, y se basa en el respeto mutuo, la madurez, el desinterés, la decencia, la dedicación y la honradez. La felicidad que produce el matrimonio y el ser padres excede mil veces cualquier otro tipo de felicidad.

Ser padres. Cuando los cónyuges se convierten en padres, el alma del matrimonio se ve grandemente ennoblecida y el proceso de desarrollo espiritual cobra una fortaleza inmensa. Para las parejas que pueden tener hijos, el ser padres es la fuente de la mayor de las felicidades. Los hombres se conviertan en mejores personas porque al ser padres deben cuidar de sus familias; las mujeres alcanzan su plenitud porque al ser madres deben olvidarse de sí mismas. Todos comprendemos mejor el pleno significado del amor cuando nos convertimos en padres; sin embargo, si los hijos no vienen, las parejas que estarían igualmente preparadas para recibirlos con amor serán honradas y bendecidas por el Señor de acuerdo con su fidelidad. De todos los santuarios de este mundo, nuestro hogar debe ser uno de los más sagrados.

En el proceso de enriquecer el matrimonio, las cosas pequeñas son las realmente importantes. Debe haber un aprecio mutuo constante y una demostración atenta de gratitud. Para que haya progreso, la pareja debe alentarse y ayudarse mutuamente. El matrimonio es una empresa conjunta en busca del bien, de la belleza y de todo lo divino.

El Salvador ha dicho: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

Ruego que la presencia de Dios enriquezca y bendiga a todos los matrimonios y los hogares, en especial a los de Sus santos, como parte de Su plan eterno.

Ideas para los maestros orientadores

Una vez que estudie este mensaje con ayuda de la oración, preséntelo empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación se citan algunos ejemplos:

  1. 1.

    Válgase de dos tipos diferentes de barro, cada uno de un color diferente, para formar dos bolitas y explique que cada color representa a un cónyuge. Mezcle ambas bolitas en una sola y pida a un miembro de la familia que intente separar los dos colores. Analicen las seis preguntas que hace el presidente Faust y que toda persona casada, o que piense en casarse, debería hacerse. Testifique de la importancia de la unidad en el matrimonio.

  2. 2.

    Invite a la familia a formar un círculo en el que cada persona representa una práctica clave que contribuya a mejorar el matrimonio. Mientras analizan la práctica que representa cada uno, pídales que se tomen del brazo o de la mano con la persona que esté a su lado. Explique que ese vínculo podría romperse si un miembro de la familia se retirara del círculo. Testifique de la importancia que tiene el que los matrimonios se conserven fuertes.

  3. 3.

    Muestre un salero y explique cómo la sal contribuye a realzar el sabor de la comida. Lea la frase en la que el presidente Faust compara las diferencias en el matrimonio a pizcas de sal y comenten el modo en que esas diferencias pueden fortalecer la relación matrimonial. Si fuera a enseñar a una pareja casada, pregúnteles qué han hecho ellos para aumentar su aprecio mutuo.