2007
Ni siquiera tocaba el libro
Junio de 2007


Ni siquiera tocaba el libro

En la última área de mi misión, Molo, Iloilo, Filipinas, oré con intensidad para bautizar y confirmar a una familia antes de mi relevo. Mi compañero y yo pedimos un día que se nos guiara a los sinceros de corazón, a alguien que estuviera preparado para aceptar el Evangelio. Fuimos inspirados a llamar a la puerta de cierta casa que tenía una valla de bambú. Un hombre bajó por las escaleras, nos abrió la puerta y nos invitó a entrar.

Nos hicimos sus amigos y averiguamos que era abogado. Nos hizo muchas preguntas a las que a veces no logramos contestar, y cuando hablaba, lo hacía con tal elocuencia que era capaz de desalentar a cualquier misionero. Se convirtió en un investigador difícil. Le presentamos el Libro de Mormón, pero dijo: “Con la Biblia me basta”. Nunca lo leía, ni siquiera lo tocaba, como si fuera a quemarle la mano.

Un día, un ayudante del presidente de misión vino a trabajar con el élder Alcos, mi compañero menor. Se reunió con este hombre, y después de ello nos dijo con franqueza: “No creo que esté preparado para aceptar el Evangelio”. Medité sus palabras, pero percibí una sensación dulce y tranquilizadora al recordar nuestra oración al Padre Celestial para que nos dirigiera a alguien que estuviera preparado para aceptar el Evangelio. Sabía que habíamos recibido la respuesta a nuestra oración. Sentí que había algo que teníamos que compartir con ese hombre, si bien no sabíamos qué era ni cómo hacerlo, pero no nos dimos por vencidos.

Poco a poco, su corazón comenzó a cambiar y aprendió a apreciar el programa de la noche de hogar que le presentamos. A medida que pasaban los días, me desalentaba al pensar que no podríamos bautizar y confirmar a ese hombre y a su familia antes de marcharme. Sólo me quedaban unos días hasta mi relevo. Un día le dije con tristeza: “Hermano García, creo que he fracasado en mi misión”.

Él respondió: “No, élder Cruz, no ha fracasado. Hemos entablado una amistad”. Y sus siguientes palabras nos ilusionaron: “No se preocupen; iré a su Iglesia el domingo”.

En efecto, su familia y él fueron a la Iglesia, y los miembros los recibieron calurosamente. Le vi derramar lágrimas al escuchar las inspiradas palabras que se compartieron en la reunión sacramental. Aquel día regresó a su casa feliz y edificado. Yo sabía que se había quedado conmovido.

Cuando llegó el momento adecuado y sentimos que estaba listo, le instamos a que recibiera el bautismo y la confirmación, y él aceptó. También le invitamos a ayunar, orar y leer el Libro de Mormón. Mi compañero y yo oramos por él y por su familia.

El 4 de mayo de 1986 fue mi último domingo en el campo misional. Era el domingo de ayuno y testimonios, y compartí mi último y sincero testimonio con aquellas personas que había aprendido a amar. Después de mi testimonio, vi a ese abogado, que al principio se mostró reacio ante nuestro mensaje, levantarse y dirigirse hasta el púlpito, llevando en la mano el Libro de Mormón. Su cuerpo entero temblaba y, con los ojos llenos de lágrimas, alzó el Libro de Mormón y exclamó: “Hermanos y hermanas, sé que el Libro de Mormón es verdadero”. Su testimonio nos llenó de gozo.

Aquella tarde, muchos miembros del barrio asistieron al bautismo de la familia García.

Después de ser relevado como misionero, mantuve correspondencia regularmente con el hermano García. Con alegría, me dijo que le habían llamado como presidente de la Escuela Dominical. Más tarde llegó a ser obispo. Hizo un viaje de muchas horas por barco para asistir a mi boda en el Templo de Manila, Filipinas. Con el tiempo, se le llamó como presidente de estaca y consejero de la presidencia de la Misión Filipinas Bacolod.

Se convirtió en un instrumento para la conversión de muchas personas al Evangelio restaurado. Aquel hombre que actuaba como si fuera a quemarse la mano si tocaba el Libro de Mormón llegó a ser un gran testigo de la divinidad y veracidad de ese libro.