Tu manera de hablar te descubre


L. Tom Perry
Tus palabras pueden clasificarte y catalogarte.

Pedro es uno de los personajes del Nuevo Testamento por el que siempre he sentido una fascinación especial, pues tuvo que luchar denodadamente por librarse de las cosas del mundo y prepararse para ser testigo y maestro del evangelio de Jesucristo. Su relación con el Salvador durante las horas finales previas al juicio y la Crucifixión abriga una interesante lección que conviene aprender.

“Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.

“Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo” (Mateo 26:34–35).

Nuestra manera de hablar revela quienes somos

Entonces llegaron aquellas fatídicas horas en las que Pedro negó cualquier relación con el Salvador al mismo tiempo que su amor por Él le obligaba a estar presente en los juicios que tuvieron lugar.

“Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo.

“Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.

“Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús el nazareno.

“Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.

“Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre.

“Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.

“Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente” (Mateo 26:69–75).

Así como la foto de un pasaporte, una firma o una huella dactilar sirven para identificar a las personas, la manera de hablar de Pedro reveló quién era y dónde se había criado. Del mismo modo, las personas que te oyen hablar a ti te clasifican y te sitúan en una determinada categoría. El habla refleja el tipo de persona que somos y deja al descubierto nuestro pasado y nuestro modo de vida; describe nuestros pensamientos y nuestros sentimientos más recónditos.

Una palabra vergonzosa

Hoy en día, y probablemente más que en cualquier otro periodo histórico, hay un mayor uso del lenguaje soez y malsonante. Yo tuve una experiencia que me mostró cómo el uso de una mala palabra puede impactar a las personas que no esperan que semejante expresión salga de nuestros labios. Me hallaba en el campo de entrenamiento del Cuerpo de infantes de marina de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Claro está que el lenguaje de mis compañeros no tenía la calidad que uno quisiera adoptar para sí. Había regresado recientemente del campo misional y estaba decidido a mantener mi vocabulario por encima del nivel que estaban empleando los demás. Me esforcé constantemente por no decir ni siquiera la más sencilla y habitual de las palabras malsonantes.

Cierto día estábamos en el campo de tiro realizando las últimas pruebas de disparo a distancia. Me habían salido bien las prácticas desde los 90, 180 y 275 metros, y ahora estábamos en la distancia de 450 metros. Sólo necesitaba una puntuación razonable, es decir, me bastaba con dar en el blanco sin necesidad de dar en el centro exacto para conseguir el título de Tirador Experto. Se nos había infundido el deseo de realizar una labor excelente y obtener las mejores calificaciones de tiro de todo el pelotón. Me puse nervioso en la posición de los 450 metros y en el primer disparo moví el rifle con el hombro. Claro está, la bandera se mecía; había fallado, y con el fallo se esfumó la oportunidad de conseguir el título de Tirador Experto.

De mi boca salió una palabrota que me había prometido no decir jamás. Para mi consternación y disgusto, de repente los demás compañeros dejaron de disparar y se volvieron hacia mí boquiabiertos. Cualquier otro infante de marina que estuviera disparando desde aquella posición habría podido utilizar esa misma palabra sin que nadie le hubiera prestado atención, pero como yo había optado por vivir las normas del campo misional en el Cuerpo de infantes de marina, todos quedaron asombrados cuando me olvidé de mis valores.

El Salvador mismo nos enseña sobre el uso de nuestro lenguaje. Él dice: “No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre” (Mateo 15:11).

Muchas veces, en nuestro intento por refrenarnos de un habla impropio, acudimos a palabras sustitutas, aunque en ocasiones son tan parecidas a las expresiones vulgares que es muy probable que todo el mundo entienda que no estamos sino sustituyendo palabras y no hemos mejorado nuestro vocabulario.

En ciertas ocasiones, me ha consternado oír hablar a ex misioneros en la reunión sacramental. He oído palabras y frases que han adoptado en el campo misional y que no son más que meros sustitutos de un lenguaje soez que evidencia la incapacidad de esas personas por dominar un vocabulario apropiado y transmitir una impresión correcta de lo que han estado haciendo en la misión.

Cómo mejorar su manera de hablar

¿Se me permite ofrecer las sugerencias que figuran a continuación a todo aquel que haya incurrido en la práctica de utilizar un lenguaje soez y vulgar y que desee corregir ese hábito?

  1. 1.

    Comprométanse a erradicar tales palabras de su vocabulario.

  2. 2.

    Si alguna vez se les escapa esa palabra o su palabra sustituta, reconstruyan la frase mentalmente sin ninguna de las dos.

  3. 3.

    Digan la nueva frase en voz alta.

Con el tiempo, llegarán a cultivar un vocabulario exento de vulgaridades.

Considero que las instrucciones de Pablo a los santos de Efeso resultan valiosas para todos nosotros:

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.

“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:29–30).

Tengan el valor de conservar y emplear un lenguaje limpio y edificante. Mejoren su vocabulario; el hacerlo los situará entre los que serán hallados sirviendo al Señor.

El Salvador enseñó: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).

Ruego que la boca de ustedes hable de la abundancia de todo lo bueno que hay en su corazón.