Aprendiendo a tener esperanza


Rodeada por los horrores de una guerra civil, hallé esperanza en un libro y en una bolsa de plástico.

Sierra Leona fue un lugar triste durante mi adolescencia, pero era mi hogar. Durante gran parte de mi vida, mi pequeño país del África occidental estuvo desgarrado por una guerra civil, una guerra que afectó a todo y a todos. Mi familia y yo huíamos constantemente intentando escapar de los soldados rebeldes. Resultaba aterrorizante cada vez que pasaban por una ciudad; alguien veía que se acercaban sus antorchas de noche, alertaba a los demás y todos corríamos hacia la maleza, tomando lo que pudiéramos sobre la marcha.

Unos siete años después del estallido de la guerra, los rebeldes llegaron a nuestra ciudad. Toda mi familia corría para escapar, pero mis padres, que iban unos pasos detrás de mí, fueron ametrallados y muertos. Me entristeció tanto perderlos, pero tuve que seguir huyendo.

Mi hermano, mi hermana y yo nos trasladamos a un lugar más seguro, donde vivimos en paz por algún tiempo, hasta que los rebeldes atacaron también ese lugar. Esa vez no tuvimos tiempo para huir. Se llevaron a mi hermano y después lo mataron. A mi hermana y a mí nos alinearon afuera junto con todas las demás mujeres. Los soldados estaban mutilando extremidades de todas aquellas mujeres; estábamos aterradas. Todas lloraban y rezaban, incluso la gente que nunca había creído en Dios. En aquel tiempo yo no era miembro de la Iglesia, pero creía en Dios y oraba para que se hiciera Su voluntad y encontrara un modo de salvarme.

A mi querida hermana, que estaba varios lugares antes que yo en la línea, le cortaron ambas piernas, pero cuando los rebeldes llegaron a la mujer que estaba delante de mí, nuestro ejército llegó de repente y los rebeldes huyeron. Sé que yo no era mejor que las personas que estaban delante ni detrás de mí, pero le di gracias a Dios por haber preservado mi vida y oré para lograr entender el plan que Él tenía para mí.

Me trasladé a otro poblado para vivir con una amiga y mientras les contaba mi relato a ella y a algunos vecinos, una vecina me dijo: “Mariama, no tenemos nada que ofrecerte, excepto una invitación para ir mañana a la Iglesia; allí es donde hallamos seguridad; allí es donde encontramos esperanza”. Yo ya amaba a Dios y estaba necesitada de consuelo, así que decidí ir.

Jamás olvidaré mi primer domingo en aquella rama de Santos de los Últimos Días; fue allí donde aprendí sobre la esperanza. Era obvio que aquellas personas tenían esperanza y me sentía atraída hacia ellas. Se me obsequió un ejemplar del Libro de Mormón y comencé a leerlo de inmediato. Recuerdo haber oído decir en la capilla que las familias pueden volver a estar juntas después de la muerte y luego leí Alma 11, donde Alma enseña que nuestro cuerpo será hecho perfecto en la resurrección. Sentí el Espíritu con gran fuerza al pensar en mi familia. Sabía que la Iglesia era verdadera y que podríamos estar juntos para siempre, todos sanos y salvos.

En aquel tiempo no había misioneros en Sierra Leona, por lo que mi presidente de rama fue quien me enseñó las charlas, y poco después fui bautizada y confirmada. Nuestra ciudad fue bendecida porque la Iglesia envió alimentos y estuches de ayuda humanitaria para los miembros de la Iglesia y para otras personas. Los alimentos nos mantuvieron con vida. Todos estábamos muy agradecidos aunque sólo hubiéramos recibido una bolsita de arroz o de legumbres. A mí me dieron una frazada y un estuche de higiene que incluía un cepillo dental, pasta de dientes, champú, jabón, un peine y una toallita.

Poco tiempo después, volvimos a sufrir el ataque de los rebeldes; quemaron la casa donde vivía y mientras intentaba huir de las llamas, sólo tuve tiempo de llevarme un par de cosas: mis Escrituras y el estuche de higiene. Pasamos un tiempo yendo de aquí para allá y yo utilicé el estuche de higiene para ayudar a las personas a mi alrededor. Compartía con cada una de ellas una pizquita de pasta de dientes o íbamos al río donde pasábamos con cuidado mi barra de jabón de persona en persona. ¡Qué valioso era aquel estuche para nosotros! La frazada también resultó de valor incalculable ya que nos dio cobijo durante muchos días hasta que la utilicé como mortaja para una anciana que había fallecido y no tenía nada con que pudiéramos enterrarla.

Con el tiempo, regresé a mi ciudad y a mi rama y fue cuando decidí que deseaba servir en una misión. Aquélla fue una decisión difícil porque no tenía nada y dejaría atrás a la gente a la que amaba. Mientras intentaba tomar una decisión, leí D. y C. 84:81 y 88, donde dice: “Por tanto, no os afanéis por el día de mañana, por lo que habéis de comer o beber, ni con qué os habéis de vestir… porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros”. Sabía que el Señor me cuidaría, así que envié mis documentos misionales y se me llamó a servir en la Misión Utah Salt Lake City Manzana del Templo.

Llegué a Utah prácticamente sin nada, pero insistí en llevar conmigo el estuche de higiene por lo mucho que significaba para mí. Un día, mi compañera y yo estábamos en una visita guiada del Centro Humanitario de Salt Lake cuando reconocí una frazada con el logotipo de la Sociedad de Socorro bordado como la que yo había tenido en Sierra Leona. Observé más detenidamente y vi estuches de higiene como el mío y aquellas familiares bolsitas de arroz y legumbres, y empecé a llorar.

“¡De aquí es de donde venían!”, pensé. Las lágrimas me bañaban las mejillas mientras recordaba lo que aquellas cosas almacenadas en el Centro Humanitario significaron para mis amigos y para mí en Sierra Leona. Me sentía muy agradecida porque el Señor preservó mi vida, me llevó al Evangelio y me permitió servir en una misión. Sabía que, verdaderamente, Sus ángeles habían estado a mi alrededor para sostenerme.