Antepuse mi matrimonio a mi orgullo


Como cualquier otra pareja, mi esposo y yo hemos tenido discusiones durante nuestro matrimonio, pero hay una que aún recuerdo con claridad. Ya no recuerdo la razón por la que discutimos, pero terminamos por no hablarnos y recuerdo haber sentido que todo era culpa de mi marido y parecerme que yo no había hecho absolutamente nada por lo que tuviera que disculparme.

Según transcurría el día, yo aguardaba a que mi esposo se disculpara. Estaba convencida de que él se daba cuenta de lo equivocado que estaba y de que era obvio que había herido mis sentimientos. Sentía que estaba en mi derecho de defenderme y que era una cuestión de principios.

A medida que el día llegaba a su fin, comencé a darme cuenta de que mi espera era en vano, así que acudí al Señor en oración y oré para que mi esposo se percatara de lo que había hecho y del daño que estaba causando a nuestro matrimonio; oré para que fuera inspirado a disculparse y de este modo dar fin al problema.

Mientras oraba, recibí la fuerte impresión de que debía ir a mi esposo y disculparme. Me quedé algo confundida por esa impresión, así que de inmediato señalé en mi oración que yo no había hecho nada malo y que, por consiguiente, no tenía por qué pedir disculpas. Entonces un pensamiento vino con fuerza a mi mente: “¿Quieres tener la razón o prefieres seguir casada?”.

Mientras consideraba esa pregunta, me di cuenta de que podría seguir aferrada a mi orgullo y no ceder hasta que mi esposo se disculpara, pero ¿cuánto tiempo tendría que transcurrir? ¿Días? El estar sin hablarnos hacía que me sintiera muy desolada. Entendí que, si bien aquel incidente no iba a suponer el fin de nuestro matrimonio, a la larga mi actitud inflexible podría provocar un gran daño. Decidí que era más importante disfrutar de un matrimonio feliz y repleto de amor que mantener mi orgullo intacto por algo que con el tiempo me parecería trivial.

Acudí adonde estaba mi esposo y me disculpé por haberlo disgustado. También él se disculpó y no tardamos en volver a estar felices y unidos por el amor.

Desde aquel entonces ha habido otras ocasiones en las que he tenido que preguntarme nuevamente a mí misma: “¿Quieres tener la razón o prefieres seguir casada?”. Cuán agradecida me siento por la gran lección que aprendí la primera vez que encaré esa pregunta que, desde entonces, me ha ayudado a recuperar la perspectiva y a que mi esposo y mi matrimonio estuvieran antes que mi propio orgullo.