Escojamos la libertad y la vida eterna


Craig A. Cardon

Escojamos la libertad y la vida eterna

Empecé mis estudios superiores en una universidad situada a unas cien millas (160 kilómetros) de mi casa. Aquélla era una época muy emocionante para todos los estudiantes del primer año; muchos de ellos vivían lejos de su hogar por primera vez y estaban ansiosos por dar expresión a su recién adquirida libertad de la supervisión paterna.

Yo formaba parte del equipo universitario de básquetbol, y en seguida se extendió la voz de que era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En las primeras semanas del semestre, uno de mis compañeros del equipo me invitó a una fiesta que se iba a realizar para los estudiantes nuevos el sábado por la noche en el desierto de las afueras de la ciudad; le pregunté si iban a servir bebidas alcohólicas y me aseguró que no. Aunque no me sentí totalmente a gusto con su respuesta, decidí ir de todos modos. Me habían arreglado una cita con una chica que yo no conocía, afirmando que ella tenía las mismas normas que yo; mi compañero me explicó que iríamos en su auto.

Ese sábado por la noche, después de recorrer cierta distancia por el desierto, llegamos a la fiesta. Para mi gran desilusión, el consumo de bebidas alcohólicas era la actividad principal, a pesar de que la edad legal para consumirlas en aquel estado era de tres años por encima de la que tenían la mayoría de los estudiantes de primer año. La jovencita que me acompañaba estaba ansiosa por empezar a beber, así como mi compañero del equipo y su chica. Cuando les expliqué lo decepcionado que estaba, me dijeron que era “tiempo de que creciera y disfrutara un poco de la vida”, y que estaban dispuestos a ayudarme. Les contesté que nunca había tomado bebidas alcohólicas y que no iba a empezar entonces, por lo que me dejaron solo y se unieron a los demás.

Me senté a solas y apartado de la algarabía y las risotadas, sin medio de transporte para volver y preguntándome por qué me habría metido en aquel lío. Más tarde esa noche, distinguí una línea de luces de automóviles que se acercaban por el desierto hacia el lugar de la fiesta. Los autos se colocaron en círculo alrededor del grupo y luego, como si se hubiera dado una señal, las luces intermitentes que llevaban en el techo se prendieron al mismo tiempo; reconocí entonces que eran autos de la policía. Muchos de los estudiantes intentaron huir por el desierto, pero en seguida los aprehendieron; yo me quedé donde estaba, perplejo ante lo que sucedía.

Los agentes de policía empezaron a revisar los documentos de identidad para determinar la edad de los estudiantes y a hacerles la prueba del alcohol a los que no habían alcanzado la edad legal de beber, para averiguar si lo habían hecho. Cuando se acercaron a mí, le dije al oficial que no había bebido nada alcohólico aquella noche ni nunca; se rió de mí, pero al decirle firmemente que podía creerme, su expresión cambió; me dijo que no era necesario que me hicieran la prueba y me pidió que condujera el auto de mi compañero de equipo de regreso a la universidad. Los que no tenían la edad y habían bebido recibieron una citación y tuvieron que pagar una multa; a algunos los llevaron a la cárcel.

Un mensaje personal

Yo, en cambio, salí de allí sin que mi nombre quedara en el registro policial y llegué a casa alrededor de las tres de la mañana del domingo. La reunión del sacerdocio de mi barrio empezaba a las siete; el despertador sonó a las 6:45; lo apagué y me di vuelta, pensando por unos instantes en todos los justificativos para no asistir aquella mañana. Pero espiritualmente no pude descansar, por lo que me levanté, me vestí con la ropa de domingo y me fui caminando hasta la capilla, adonde llegué unos diez minutos después de haber comenzado la reunión.

Cuando entré en la capilla, el corazón me dio un vuelco al reconocer la cabeza de mi padre; había llegado para visitarme, sin anunciarse. Me deslicé junto a él y me senté. Él me miró sonriente y, poniéndome la mano firmemente en la rodilla, se inclinó hacia mí y me susurró un mensaje con un significado que iba mucho más allá de las palabras: “Sabía que te encontraría aquí, hijo”. Al mismo tiempo, el Padre Celestial me susurró al alma el mismo mensaje. No puedo describir adecuadamente el amor y el gozo que sentí en aquel momento.

Al poco tiempo, me encontré en la misión; y unos cuantos meses más tarde, mi padre murió inesperadamente. Sin embargo, el mensaje que recibí de él y por su intermedio aquel domingo nunca me ha abandonado.

Somos libres de escoger la libertad o la cautividad

Esa experiencia proporciona un ejemplo de la verdad eterna que Lehi comunicó a sus hijos hace mucho tiempo: “...Y porque [los hijos de los hombres] son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre, discerniendo el bien del mal, para actuar por sí mismos, y no para que se actúe sobre ellos… Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo” (2 Nefi 2:26–27).

En el plan de felicidad de nuestro Padre, se incluye el ejercicio del albedrío, pero también incluye, necesariamente, la responsabilidad y el juicio. Mi compañero de equipo y los demás que estaban en la fiesta eran libres de decidir cuál sería su conducta, pero no tenían la libertad de escoger las consecuencias de su comportamiento; algunos pasaron la noche en la cárcel; otros comenzaron una vida de apetitos desenfrenados que continúan esclavizándolos en la actualidad.

La esclavitud que acarreamos sobre nosotros al buscar la libertad a través de decisiones erróneas constituye una gran ironía. Caín pensó que estaría libre después de asesinar a su hermano, pero se encontró maldecido y atormentado por lo que había hecho (véase Moisés 5:32–39). Pedro se refirió a los que tienen mala influencia diciendo que son “fuentes sin agua” que prometen libertad siendo ellos mismos esclavos de la corrupción. “Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2 Pedro 2:17, 19). Al mismo tiempo, describió el verdadero camino de la libertad con estas palabras: “sabe el Señor librar de tentación a los piadosos”, porque escapamos “de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 2:9, 20).

Samuel el lamanita nos exhortó a recordar que se nos “permite obrar por [nosotros] mismos; pues he aquí, Dios [nos] ha dado el conocimiento y [nos] ha hecho libres… y [nos] ha concedido que escoja[mos] la vida o la muerte” (Helamán 14:30–31).

Cuando mi compañero del equipo me ofreció una versión tergiversada de lo que iba a pasar en la fiesta, sentí una inquietud espiritual a la que no presté atención. Al darme cuenta de esa realidad, me encontré más desilusionado de mí mismo que de mi compañero; pero el hecho de mantenerme alejado del grupo me reconfortó espiritualmente y más tarde me brindó un beneficio temporal cuando la policía me permitió regresar a casa.

No obstante, en la intimidad de mi habitación el domingo, temprano por la mañana, recibí la mayor bendición, la de la libertad, al decidir estar donde debía estar sin saber con anticipación el tesoro que me esperaba allí. Esas experiencias, acompañadas de la ministración del Espíritu, representan la libertad que concierne a la bendición de la vida eterna.

Testifico que el escoger la libertad y la vida eterna nos brinda la felicidad más grande que podamos obtener.