Las palabras “venir a Cristo” son una invitación, la más importante que ustedes puedan extender en su vida a otra persona. Es la invitación más importante que cualquier persona pueda aceptar. Desde el principio de la restauración del Evangelio en esta dispensación, ésa ha sido la responsabilidad que Jesucristo ha encomendado a Sus representantes. El deber de éstos ha sido “amonestar, exponer, exhortar, enseñar e invitar a todos a venir a Cristo”1.

Al aceptar el convenio bautismal, todo miembro de la Iglesia se convierte en un discípulo que ha prometido ser testigo de Jesucristo en todo momento y en todo lugar en donde pueda encontrarse 2 . El propósito de nuestra atestiguación es invitar a la gente a venir a Él.

Todos nosotros deberíamos estar profundamente interesados en saber cómo extender esa invitación eficazmente. Por experiencia, sabemos que algunos no responderán a ella; sólo unos pocos respondieron cuando el Salvador mismo extendió la invitación durante Su ministerio terrenal. Pero muy grande fue Su gozo por aquellos que reconocieron Su voz, y grande ha sido el nuestro cuando las personas a quienes hayamos invitado han venido a Él.

La certeza de que Él es el camino

Vale la pena reflexionar sobre esas ocasiones en que las personas sí nos han respondido. Personalmente, he observado un cierto orden en el que la gente acepta esa invitación. En cada caso, el Espíritu Santo les ha manifestado por lo menos tres verdades. Esas experiencias no han tenido lugar siempre en la misma secuencia en que las cito, pero todas llegan al corazón de los que en verdad vienen a Cristo.

Primero, llegan a comprender que la única manera de lograr la felicidad que más desean en esta vida y en el mundo venidero es por medio de Jesucristo. Y llegan a creer en estas palabras del Libro de Mormón: “…he aquí os digo que así como estas cosas son verdaderas, y como el Señor Dios vive, no hay otro nombre dado debajo del cielo sino el de este Jesucristo, de quien he hablado, mediante el cual el hombre pueda ser salvo” 3 .

No es fácil sentir esa tranquilidad en un mundo en el que hay muchas voces que afirman que no hay Dios, que no existe el pecado y que la felicidad se encuentra en el placer. Pero nuestra voz será más potente si logramos el don de expresar un testimonio seguro de que Jesús es el Cristo y el Salvador del mundo. Esa atestiguación tendrá más fuerza si procede de las experiencias que ustedes mismos hayan tenido por los efectos de la expiación de Jesucristo. Si reflexionan a menudo sobre la forma en que Su expiación los haya cambiado y si expresan seguido la gratitud que sientan, verán que su testimonio de Él adquiere el poder para conmover el corazón de otras personas. Cuando aquellos a quienes inviten por su testimonio sientan la fuerza de éste, llegarán a aceptarlo a Él como su Señor y Salvador. Y cuando lo acepten, esa admisión reconfortará el corazón de ellos y el de ustedes.

Hacemos convenios y los obedecemos

Segundo, las personas que verdaderamente vienen a Él hacen convenios de obedecerle y de seguirle. Quizás comiencen por cumplir promesas sencillas, tales como leer el Libro de Mormón o asistir a la reunión sacramental; pero eso debe provenir de su fe en que Jesús es el Cristo y el Salvador. Cuando cumplen la promesa a causa de esa fe, sienten algo; tal vez no puedan expresar con palabras ese sentimiento, pero se sienten mejor. La obediencia, aun en las cosas pequeñas, trae consigo esa bendición de Dios. Y con el tiempo, empiezan a percibir el arrepentimiento en su corazón, lo que trae aparejado el deseo de hacer el convenio del bautismo, de tomar sobre sí el nombre del Salvador y de quedar limpios de pecado.

La gente llega a tomar esa decisión crucial por muchas razones. Al principio, un hombre al que enseñamos no veía la necesidad de bautizarse; después de todo, siempre había tratado de ser una buena persona, no había cometido pecados graves y había sido bautizado en otra iglesia cuando niño. Pero entonces se le ocurrieron dos ideas: una fue que el Salvador se bautizó por obediencia aun cuando nunca había pecado; la otra fue que quería hacer ese compromiso con Él por la autoridad del sacerdocio verdadero, así como el Salvador mismo fue a Juan para que lo bautizara.

Otro joven a quien enseñamos decidió bautizarse a causa del corazón quebrantado que sentía por el dolor que le provocaban sus pecados. Al salir de las aguas bautismales, me abrazó fuertemente y, con lágrimas corriéndole por las mejillas, me dijo: “¡Estoy limpio! ¡Estoy limpio!”.

La decisión de ambos hombres de hacer el convenio del bautismo surgió de una fe común: sabían que si obedecían el convenio de guardar los mandamientos del Salvador, Él mantendría Su convenio con ellos de conducirlos hacia la vida eterna. Estaban listos para venir a Él a fin de que los cambiara y los dirigiera y, con el tiempo, pudieran llegar a ser como Él.

Nos esforzamos por llegar a ser como Él

Esto nos conduce al tercer elemento que he observado en aquellos que verdaderamente vienen a Cristo: se esfuerzan por llegar a ser como Él e intentan tratar a los demás como saben que Él lo haría. Tanto ustedes como yo hemos visto eso en personas fieles poco después de bautizarse y de recibir el Espíritu Santo. Una vez fui con mi compañero de misión a visitar a una familia a la que habíamos enseñado y bautizado hacía unas semanas. Los padres nos llevaron al sótano de su casa para mostrarnos un cuarto que había sido el dormitorio de una de sus dos hijas; pero ella se había cambiado al cuarto de su hermana y el dormitorio que había dejado estaba lleno de todo lo que la familia podría necesitar en caso de emergencia.

No les habíamos enseñado nada sobre la preparación para emergencias. Cuando les preguntamos por qué habían hecho algo tan difícil en tan poco tiempo, su respuesta fue que habían leído en una revista de la Iglesia que el Señor quería que las familias estuviesen preparadas para atender a sus propias necesidades y ayudar a los demás. Y agregaron: “¿No es eso lo que hacen los Santos de los Últimos Días?”.

Esa fe sencilla se extendía hacia todo lo que pensaban que el Salvador querría que hicieran, y su deseo de seguirlo perduró y los cambió. Siempre habían sido bondadosos y tratado de ayudar a los demás, pero esa capacidad de demostrar caridad aumentó. Y ése ha sido el modelo de todos los que he conocido que continúan viniendo a Él en el transcurso de su vida.

A veces hablamos de retener a los miembros como si les impidiéramos irse. Podemos y debemos hacernos amigos de los que han tomado la decisión de venir a Él. Quizás se desalienten al sobrevenirles las pruebas, que siempre suele suceder. No obstante, debemos recordar que sus amigos más íntimos y de mayor confianza son el Salvador y Su Padre, que es también el Padre de ellos. Si son humildes y obedientes, el Padre Celestial y el Salvador les enviarán al Espíritu Santo para consolarlos y confirmar su fe. Por ejemplo, si ustedes van a hacer una visita de maestras visitantes o de orientación familiar con un miembro nuevo y le dan la oportunidad de orar, de enseñar o de concertar la cita, es posible que le estén ofreciendo más fortaleza que si sólo se limitan a expresarle su amor; eso pondrá a su alcance los poderes del cielo, lo levantará en medio de las pruebas y lo protegerá del orgullo cuando empiece a recibir las bendiciones, que sí le llegarán.

Un cambio de corazón

Y sucederá otra cosa extraordinaria. Cuando se esfuerzan de todo corazón por invitar a la gente a venir a Cristo, el corazón de ustedes cambiará. Estarán haciendo Su obra por Él; verán que Él cumple Su promesa de ser uno con ustedes en el servicio que presten; llegarán a conocerlo y, con el tiempo, llegarán a ser como Él y “perfectos en Cristo” 4 . Habiendo ayudado a otras personas a venir a Él, se encontrarán con que ustedes mismos han venido a Cristo. Si quieren acercarse a Él, sentir Su paz, lo lograrán mejor estando en Su servicio.

Él fue quien dijo:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” 5 .

Testifico que Él cumplirá esa promesa con aquellos a quienes invitemos en Su nombre. Y cumple la promesa para con los que le presten servicio extendiendo la invitación.

EL CONVENIO DE OBEDECERLE Y SEGUIRLE

Tenía sesenta años, los bolsillos vacíos y mi vida era un desastre. Pensaba que el propósito de mi existencia era el placer. Estaba perdido y tenía los ojos cerrados; entonces Jesucristo me los abrió.

El bautismo, la confirmación y los convenios que hice con Jesucristo son el milagro que cambió mi vida entera; me di cuenta de lo que podía ganar y de lo que era importante para mí. Ahora soy una persona feliz porque conozco a Jesucristo.

Nunca hubiera pensado que un hombre mundano como yo podía llegar a ser un día miembro de la Iglesia, poseedor del sacerdocio y presidente de una rama. Para mí, el hecho de servir a Jesucristo, nuestro Salvador, es un don grandioso.

ESFORCÉMONOS POR LLEGAR A SER COMO ÉL

Amo al Señor con todo mi corazón; Él es mi Amigo. Sé que, gracias a Él, puedo ser perdonada.

El Evangelio y mi testimonio de Jesucristo me han ayudado a ser mejor madre, esposa, hermana y amiga. A causa de mi testimonio, trato de vivir como Dios quiere que viva: con integridad, honradez, bondad, amor, paciencia y compasión, tratando a los demás como hijos de Dios y prestando servicio cuando me necesitan. Por tratar de llevar una vida cristiana, espero que otras personas quieran aprender sobre Él.

CÓMO ENCONTRAR LA FELICIDAD POR MEDIO DE JESUCRISTO

Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). No hay palabras mejores que éstas Suyas para expresar mi testimonio.

He estudiado literatura, filosofía e historia para obtener un título superior, y me he dado cuenta de que todas las grandes ideas, teorías y asuntos tienen sus límites. Del mismo modo, un padre terrenal no puede garantizar la paz, la sabiduría ni la eternidad, ni siquiera a su propio hijo.

Sin embargo, nuestro Padre Celestial ha declarado al mundo que si seguimos el camino de Cristo, imitamos Su ejemplo y obedecemos Sus verdades reveladas, podemos obtener la verdadera felicidad en esta vida. Y después de ésta —cuando volvamos a la presencia de nuestro Padre Celestial— podemos tener felicidad sempiterna con Él.

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    Notas

  1.   1.

    D. y C. 20:59.

  2.   2.

    Véase Mosíah 18:8–10.

  3.   3.

    2 Nefi 25:20.

  4.   4.

    Moroni 10:32.

  5.   5.

    Mateo 11:28–30.