¿Quién es Jesucristo?

Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

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    En una reunión que tuvo con los Doce en Cesarea de Filipo, Jesús les preguntó: “…Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Simón Pedro, el apóstol principal, le respondió: “…Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:15–16); y más adelante testificó que Jesús había sido “ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:20). Él estuvo “en el principio con el Padre, y [es] el Primogénito” (D. y C. 93:21).

    Cuando el plan del Padre se presentó (véase Alma 42:5, 8) —el plan de salvación y felicidad— (véase Alma 34:9), se necesitaba uno que expiara a fin de proporcionar redención y misericordia a todos los que aceptaran el plan (véase Alma 34:16; 39:18; 42:15). El Padre preguntó: “…¿A quién enviaré?”, y el que sería conocido como Jesús respondió voluntariamente y bien dispuesto: “…Heme aquí; envíame a mí” (Abraham 3:27). “…Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).

    En preparación, se creó la tierra: “…por medio del Hijo, que es mi Unigénito… he creado [la tierra]”, afirmó el Padre (Moisés 1:33; véase también Efesios 3:9; Helamán 14:12; Moisés 2:1).

    Los títulos de Jesucristo

    Los profetas del Antiguo Testamento lo conocían como Jehová (véase Abraham 1:16; Éxodo 6:3). Su venida al mundo se mostró a los profetas: “¡He aquí el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:21; véase también Juan 1:14). Y a Su madre se le dijo: “…llamarás su nombre Jesús… y será llamado Hijo del Altísimo” (Lucas 1:31–32).

    Muchos de Sus títulos y nombres describen Su misión y ministerio divinos. Él mismo enseñó esto: “Yo soy la luz y la vida del mundo. Soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (3 Nefi 9:18). “…soy vuestro intercesor ante el Padre” (D. y C. 29:5; véase también D. y C. 110:14). “Yo soy el buen pastor” (Juan 10:11). “Yo soy el Mesías, el Rey de Sión, la Roca del Cielo” (Moisés 7:53). “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre… [ni] sed” (Juan 6:35). “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador” (Juan 15:1). “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25). “Yo soy… la estrella resplandeciente de la mañana” (Apocalipsis 22:16), “Jesucristo, vuestro Redentor, el Gran Yo Soy” (D. y C. 29:1).

    Él es el Mediador (véase 1 Timoteo 2:5), el Salvador (véase Lucas 2:11), el Redentor (véase D. y C. 18:47); es cabeza de la Iglesia (véase Efesios 5:23) y su principal piedra del ángulo (véase Efesios 2:20). El último día “Dios juzgará por Jesucristo [a] los hombres, conforme [al] Evangelio” (Romanos 2:16; véase también Mormón 3:20).

    “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…” (Juan 3:16); “Por tanto, la redención viene en el Santo Mesías y por medio de él, porque él es lleno de gracia y de verdad” (2 Nefi 2:6).

    Se solía preguntar al profeta José Smith: “¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?”.

    “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso” 1 .

    La humildad de Jesucristo

    En el momento en que lo prendieron, antes de Su crucifixión, el Señor acababa de salir de Getsemaní. Cuando ocurrió la traición, Pedro sacó la espada para golpear a Malco, un siervo del sumo sacerdote, pero Jesús le dijo:

    “…Vuelve tu espada a su lugar…

    “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:52–53).

    Durante todas las burlas, el abuso, los azotes y la tortura final de la crucifixión, el Señor permaneció silencioso y sumiso, es decir, excepto en un momento de intensa tensión que revela la esencia misma de la doctrina cristiana. Ese momento ocurrió durante el juicio, cuando Pilato, que sentía temor, dijo a Jesús: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?” (Juan 19:10).

    Sólo podemos imaginar la tranquila majestad del Señor al responder: “…Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (Juan 19:11). Lo que tuvo lugar después no ocurrió porque Pilato hubiera tenido el poder para ordenarlo, sino porque el Señor tuvo la disposición de aceptarlo.

    “…yo pongo mi vida”, dijo Él, “para volverla a tomar”.

    “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:17–18).

    La expiación de Jesucristo

    Antes y después de la Crucifixión, ha habido muchos hombres que han dado la vida voluntariamente en abnegados actos de heroísmo, pero ninguno afrontó lo que Cristo tuvo que soportar. Sobre Él cayó la carga de toda transgresión humana, de toda culpa humana. Y el futuro incierto de toda la humanidad dependía de la Expiación. Por medio de Su acto voluntario, la misericordia se reconcilió con la justicia, se ratificó la ley eterna y se logró la mediación sin la cual el ser mortal no hubiera podido ser redimido.

    Por Su propia voluntad y en beneficio de toda la humanidad, Él aceptó el castigo por toda la iniquidad y la depravación del mundo entero: por la brutalidad, la inmoralidad, la perversión y la corrupción; por la adicción; por las matanzas, las torturas y el terror; por todo lo malo que se haya hecho o se llegue a hacer en esta tierra. Al hacerlo, se enfrentó al terrible poder del maligno, que no estaba limitado por la carne ni sujeto al dolor del ser mortal. ¡Eso fue Getsemaní!

    No sabemos cómo se llevó a cabo la Expiación. No hubo ser mortal que observara cuando el maligno se alejó y se escondió avergonzado ante la Luz de aquel Ser puro. Toda la iniquidad del mundo no podía apagar aquella Luz. Cuando el hecho quedó consumado, lo que Él hizo pagó el rescate; tanto la muerte como el infierno renunciaron a reclamar a todos los que se arrepintieran. Por fin, el hombre quedaba liberado y toda alma que viviera podría optar por seguir aquella Luz y ser redimida.

    Por medio de ese sacrificio infinito, “…por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículos de Fe 1:3).

    La Expiación en las Escrituras

    El término en inglés atonement [expiación] consta en realidad de tres palabras: at-one-ment, que en inglés quiere decir “unirse en uno”; ser uno con Dios; reconciliarse, conciliar, expiar.

    Pero, ¿saben que en inglés, en el Nuevo Testamento, la palabra atonement se halla sólo una vez? [En español, en el Nuevo Testamento, no aparece ni una vez la palabra expiación, aunque en el pasaje de Hebreos 2:17 se emplea el verbo expiar.] Cito de la carta de Pablo a los romanos, donde él emplea el término reconciliación [que aparece también en otros pasajes]:

    “…Cristo murió por nosotros.

    “…fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.

    “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5:8, 10–11; cursiva agregada).

    Sólo una vez está la palabra expiación en inglés [atonement], en el Nuevo Testamento. ¡Expiación, precisamente! No era un vocablo desconocido, puesto que se empleó muchas veces en el Antiguo Testamento relacionándolo con la ley de Moisés. Me parece increíble.

    Solamente conozco una explicación, para la cual nos referimos al Libro de Mormón. Nefi testifica que la Biblia antes “contenía la plenitud del evangelio del Señor, de quien dan testimonio los doce apóstoles” y que, después que las palabras “proceden… de los doce apóstoles del Cordero, de los judíos a los gentiles, tú ves la formación de una iglesia grande y abominable, que es la más abominable de todas las demás iglesias, pues, he aquí, ha despojado el evangelio del Cordero de muchas partes que son claras y sumamente preciosas, y también ha quitado muchos de los convenios del Señor” (1 Nefi 13:24, 26).

    Jacob define la grande y abominable iglesia con estas palabras: “De modo que quien pugne contra Sión, tanto judío como gentil, esclavo como libre, varón como mujer, perecerá; pues son ellos los que constituyen la ramera de toda la tierra; porque aquellos que no son conmigo, contra mí son, dice nuestro Dios” (2 Nefi 10:16).

    Además, Nefi dice: “…a causa de las muchas cosas claras y preciosas que se han quitado del libro… muchísimos tropiezan, sí, de tal modo que Satanás tiene gran poder sobre ellos” (1 Nefi 13:29). Y a continuación profetiza que esas cosas preciosas serían restauradas (véase 1 Nefi 13:34–35).

    Y fueron restauradas. En el Libro de Mormón aparece la palabra treinta y nueve veces en sus dos formas, como sustantivo y como verbo. Me limito a citar un versículo de Alma: “Ahora bien, no se podría realizar el plan de la misericordia salvo que se efectuase una expiación; por tanto, Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también” (Alma 42:15; cursiva agregada).

    Aparece sólo una vez en el Nuevo Testamento y treinta nueve veces en el Libro de Mormón. ¿Qué mejor testimonio de que el Libro de Mormón es ciertamente otro testamento de Jesucristo?

    Y eso no es todo: las palabras expiar, expía y expiación aparecen cinco veces en Doctrina y Convenios y dos veces en la Perla de Gran Precio. Cuarenta y siete referencias de importancia trascendental. ¡Y eso no es todo! Cientos de otros versículos contribuyen a explicar la Expiación.

    El albedrío

    Debido a que el albedrío es un principio soberano, el Señor soportó la carga de la Expiación sin ser compelido. De acuerdo con el plan, se debía honrar el albedrío. Así fue desde el principio, desde Edén.

    “El Señor dijo a Enoc: He allí a éstos, tus hermanos; son la obra de mis propias manos, y les di su conocimiento el día en que los creé; y en el Jardín de Edén le di al hombre su albedrío” (Moisés 7:32).

    Aparte de cualquier otra cosa que haya sucedido en Edén, en su momento trascendental de prueba, Adán tomó una decisión. Después de que el Señor mandó a Adán y a Eva multiplicarse y henchir la tierra, y les mandó no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, les dijo: “…No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido; pero recuerda que yo lo prohíbo, porque el día en que de él comieres, de cierto morirás” (Moisés 3:17).

    Había mucho de por medio para que el hombre viniese a la mortalidad por la fuerza; eso hubiera infringido precisamente la ley que era esencial para el plan. En éste se estipulaba que todo hijo espiritual de Dios recibiera un cuerpo mortal y que cada uno de ellos fuera probado. Adán comprendió que debía ser así y tomó su decisión. “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25).

    Adán y Eva se aventuraron a fin de multiplicar y henchir la tierra, tal como se les había mandado. La creación de sus cuerpos a imagen de Dios, creados separadamente, era crucial para el plan. Su posterior Caída era esencial para que existiera la condición mortal y se siguiera adelante con el plan.

    La necesidad de la Expiación

    Nefi describe lo que habría sucedido con nuestro cuerpo y nuestro espíritu a menos que se realizara “una expiación infinita”. “Y nuestros espíritus”, dijo, “habrían llegado a ser como él [el diablo]” (véase 2 Nefi 9:7–10).

    Raras veces utilizo el vocablo absolutamente, porque raramente se aplica; pero lo voy a emplear ahora, dos veces:

    A causa de la Caída, la Expiación era absolutamente esencial para que tuviera lugar la resurrección y se venciera la muerte física.

    La Expiación era absolutamente indispensable para que el hombre se purificara del pecado y venciera la segunda muerte, la muerte espiritual, que es la separación de nuestro Padre Celestial, puesto que las Escrituras nos dicen ocho veces que ninguna cosa impura puede entrar en la presencia de Dios (véase 1 Nefi 10:21; 15:34; Alma 7:21; 11:37; 40:26; Helamán 8:25; 3 Nefi 27:19; Moisés 6:57).

    Esas palabras de las Escrituras, “…podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido” (Moisés 3:17), presentaron a Adán y a Eva, y a su posteridad, todos los riesgos de la condición mortal. En ésta, el hombre tiene la libertad de escoger, y cada decisión trae consigo una consecuencia. La decisión que tomó Adán puso en movimiento la ley de la justicia, la cual exigía que el castigo de la desobediencia fuera la muerte.

    Pero esas palabras pronunciadas durante el juicio, “…Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (Juan 19:11), probaron que la misericordia era igualmente importante. Se envió a un Redentor para pagar la deuda y liberar al hombre. Ése era el plan.

    Coriantón, el hijo de Alma, pensaba que era injusto que hubiera un castigo, que fuera necesario aplicar una pena por haber pecado. En una profunda lección, Alma enseñó el plan de redención a su hijo y, por ende, a nosotros; después de hablar de la Expiación, dijo: “Mas el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo” (Alma 42:16).

    Si el castigo es el precio que exige el arrepentimiento, aún es un precio bajo. Las consecuencias, aunque sean dolorosas, nos protegen. El simple hecho de que un niño llore de dolor al tocar el fuego nos enseña eso; si no fuera por el dolor, el niño podría ser destruido.

    Las bendiciones del arrepentimiento

    Confieso francamente que no encontraría ni paz ni felicidad ni seguridad en un mundo en el que no existiera el arrepentimiento. No sé lo que haría si no hubiera una manera de borrar mis errores. El sufrimiento sería más de lo que podría soportar. Quizás para ustedes sea diferente, pero no para mí.

    La Expiación se llevó a cabo y por siempre jamás nos ofrece una amnistía de la transgresión y de la muerte, sólo con que nos arrepintamos. El arrepentimiento es la cláusula justificante; es la llave con la cual podemos abrir la prisión desde adentro. Tenemos esa llave en las manos, y el albedrío para utilizarla.

    ¡Cuán sumamente preciosa es la libertad, y cuán extremadamente valioso el albedrío!

    Lucifer manipula astutamente nuestras decisiones, engañándonos con respecto al pecado y sus consecuencias; él y sus ángeles nos tientan para que seamos indignos y hasta inicuos, pero no puede destruirnos completamente —en toda la eternidad no puede, con todo su poder no puede—, es decir, no puede hacerlo sin nuestro consentimiento. Si el hombre hubiera tenido el albedrío sin la Expiación, habría recibido un regalo fatal.

    Creados a Su imagen

    En Génesis, en Moisés, en Abraham, en el Libro de Mormón y en la investidura se nos enseña que el cuerpo mortal del hombre fue hecho a la imagen de Dios, creado separadamente de todo lo demás. Si la Creación se hubiera realizado de otra forma, no habría podido haber una Caída.

    Si los hombres fueran simplemente animales, la lógica daría lugar a la libertad sin responsabilidad.

    Sé muy bien que entre los eruditos hay algunos que miran a creaciones inferiores, como los animales y las rocas, para encontrar el origen del hombre. No miran dentro de sí mismos para hallar allí el espíritu, sino que se capacitan para medirlo todo por el tiempo, por miles y millones de años, y afirman que todos esos animales llamados hombres son obra de la casualidad. Y por supuesto, tienen la libertad de decirlo, porque gozan de albedrío.

    Pero nosotros también tenemos albedrío y miramos hacia lo alto; en el universo vemos la obra de las manos de Dios y lo medimos todo por épocas, por siglos, por dispensaciones, por eternidades. Lo mucho que no sabemos, lo aceptamos por la fe.

    ¡Pero esto sí sabemos! Que todo fue planificado “antes que el mundo fuese” (D. y C. 38:1; véase también D. y C. 49:17; 76:13, 39; 93:7; Abraham 3:22–25). Los acontecimientos que van desde la Creación hasta la escena final, la clausura, no se basan en la casualidad, sino que se basan en una decisión que se tomó. Se planificó de esa manera.

    ¡Esto es lo que sabemos, esta verdad pura! Si no hubiera habido una Creación ni una Caída, no habría sido necesaria ninguna Expiación, ni tampoco un Redentor para mediar por nosotros. Entonces Cristo no hubiera tenido razón de ser.

    Los símbolos de la Expiación

    En Getsemaní y en Gólgota, se derramó la sangre del Salvador. Siglos antes se había establecido la Pascua como símbolo y representación de lo que había de sobrevenir. Fue una ordenanza que se debía guardar por siempre. (Véase Éxodo 12.)

    Cuando se decretó la plaga de muerte sobre Egipto, se mandó a toda familia israelita que tomara un cordero primogénito, macho y sin defecto; ese cordero pascual debía matarse sin quebrarle ningún hueso y con su sangre debía marcarse el dintel de la casa. El Señor prometió que el ángel de la muerte pasaría por las casas así marcadas y no mataría a ninguno de sus habitantes. De ese modo, fueron salvos por la sangre del cordero.

    Después de la crucifixión del Señor, la ley de sacrificio no requirió más el derramamiento de sangre porque, según lo que Pablo enseñó a los hebreos, se hizo eso “una vez para siempre… para siempre un solo sacrificio por los pecados” (Hebreos 10:10, 12). De ahí en adelante, el sacrificio iba a ser un corazón quebrantado y un espíritu contrito, o sea, el arrepentimiento.

    Y la Pascua se iba a conmemorar por siempre como la Santa Cena, en la cual renovamos nuestro convenio del bautismo y la tomamos en memoria del cuerpo del Cordero de Dios y de Su sangre, que fue derramada por nosotros.

    Es significativo que ese símbolo reaparezca en la Palabra de Sabiduría. Además de la promesa de que los santos de esta generación que la obedezcan recibirán salud y grandes tesoros de conocimiento, contiene esta otra: “Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará” (D. y C. 89:21).

    No puedo decirles sin emoción lo que siento sobre la Expiación; conmueve mis sentimientos más profundos de gratitud y obligación. Mi alma busca a Aquél que la llevó a efecto, este Cristo, nuestro Salvador, de quien soy testigo. Testifico de Él. Es nuestro Señor, nuestro Redentor, nuestro Abogado ante el Padre. Él nos rescató con Su sangre.

    Humildemente reclamo mi derecho a la expiación de Cristo. No me avergüenza arrodillarme para adorar al Padre y a Su Hijo ¡porque tengo albedrío y es mi decisión hacerlo!

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      Nota

    1.   1.

      Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, págs. 51–52.