Mi largo camino para recibirme de médico fue sólo un comienzo; a continuación, vinieron años de trabajo en hospitales, de investigación, de especialización y de exámenes para certificarme. A eso siguieron muchos años de enseñanza, de servicio, y los desafíos de la nueva rama de cirugía a corazón abierto que empezaba a desarrollarse, todo lo cual me condujo a sentir una reverencia profunda hacia la estructura y la función del cuerpo humano. Me convencí de que su creación es de origen divino.

El magnífico cuerpo humano

Pensemos en el origen del cuerpo humano. Comienza con la unión de dos células reproductoras, una de la madre y la otra del padre; juntas, estas dos células poseen toda la información hereditaria del nuevo ser, almacenada en un espacio tan pequeño que no puede verse con el ojo natural. Veintitrés cromosomas de cada uno de los padres se unen para formar una nueva célula; dichos cromosomas contienen miles de genes, los cuales determinan todas las características físicas de la persona que todavía no ha nacido. Aproximadamente veintidós días después de la unión de estas células, comienza a latir un diminuto corazón, y a los veintiséis días empieza a circular la sangre. Las células se multiplican y se dividen; algunas se convierten en ojos que ven; otras, en oídos que oyen o en dedos que palpan las cosas maravillosas que nos rodean.

Cada órgano es una creación asombrosa. El ojo tiene un lente que se enfoca por sí mismo; los nervios y músculos permiten que dos ojos formen una única imagen tridimensional. Los oídos convierten las ondas sonoras en tonos audibles que se perciben en el cerebro.

El corazón tiene cuatro válvulas delicadas que controlan la dirección del flujo sanguíneo, y que se abren y cierran 100.000 veces por día, o sea, 36 millones de veces por año. A menos que las altere una enfermedad, las válvulas tienen la facultad de soportar esa tensión casi indefinidamente. No hay ningún material hecho por el hombre que se pueda flexionar con tanta frecuencia y durante tanto tiempo sin romperse. Todos los días, el corazón de un adulto bombea una cantidad de fluido que llenaría un tanque de casi 7.600 litros. En la parte superior del corazón se halla un generador eléctrico que transmite energía a líneas especiales haciendo que miríadas de fibras musculares trabajen a la par.

Consideren los sistemas de respaldo del cuerpo. Los órganos en par tienen un sistema de respaldo instantáneo que proviene de la otra unidad que forma el par. Los órganos individuales, como el cerebro, el corazón y el hígado, se nutren por medio de dos canales de suministro sanguíneo. Esto protege al órgano en caso de que la corriente sanguínea quede bloqueada en uno de esos canales.

Consideren la capacidad del cuerpo para defenderse. A fin de protegerse del daño, el cuerpo percibe el dolor. Para defenderse de una infección, genera anticuerpos; éstos no sólo contribuyen a combatir un problema inmediato, sino que persisten a fin de reforzar la resistencia a cualquier infección futura.

Consideren la forma en que el cuerpo se repara a sí mismo: Los huesos rotos se sueldan, las laceraciones de la piel cicatrizan solas. Una filtración en el sistema circulatorio puede obturarse por sí misma. El cuerpo renueva sus propias células inservibles.

El cuerpo regula sus propios ingredientes vitales; el nivel de los elementos y componentes esenciales se ajusta continuamente. Y sean cuales sean las fluctuaciones de la temperatura ambiente, la del cuerpo se controla cuidadosamente dentro de límites estrechos.

A través de años de experiencia, he aprendido que el proceso de sanar ocurre sólo cuando se obedecen todas las leyes pertinentes a esa bendición 1 . La estructura y el funcionamiento del cuerpo son gobernados por leyes; hay un versículo de las Escrituras que afirma eso: “Y a cada reino se le ha dado una ley; y para cada ley también hay ciertos límites y condiciones” 2 .

Los científicos en diversos campos de la ciencia observan manifestaciones similares en lo que se refiere a las leyes y el orden, ya sea en lo previsible de las mareas, en las fases de la luna o en el lugar que ocupan las estrellas en el cielo. Tales leyes y orden forman el fundamento de toda la Creación. Esas leyes se pueden descubrir y definir, y sus consecuencias se pueden medir. Esta organización testifica de un Creador Supremo 3 .

Por otra parte, el elemento de la fe no se puede medir; pero la correlación de la fe en Dios con la ley y el orden del universo se revela en las Escrituras:

“[Dios] ha dado una ley a todas las cosas, mediante la cual se mueven en sus tiempos y estaciones;

“y sus cursos son fijos, sí, los cursos de los cielos y de la tierra, que comprenden la tierra y todos los planetas…

“He aquí, todos éstos son reinos, y el hombre que ha visto a cualquiera o al menor de ellos, ha visto a Dios obrando en su majestad y poder” 4 .

La naturaleza divina de la Creación

Las Escrituras declaran que el cielo, la tierra y todo lo que hay en ella han sido creados por poder divino 5 . También nos dan más conocimiento sobre la alianza entre Dios y Su Hijo, Jesucristo, en la Creación. Las primeras palabras de la Biblia son: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” 6 , y “creó Dios al hombre a su imagen… varón y hembra los creó” 7 . En el Libro de Abraham se enseña que “los Dioses descendieron para organizar al hombre a su propia imagen, para formarlo a imagen de los Dioses, para formarlos varón y hembra” 8 .

En las Escrituras se registran los sentimientos del Padre Celestial por Su Hijo Amado y por todo ser humano: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” 9 .

El libro de Juan comienza con estas palabras:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

“Este era en el principio con Dios.

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” 10 .

Este pasaje de las Escrituras indica que el Verbo 11 de Dios es Jesucristo, el ministro personal de Dios en el gobierno de este universo y el Creador de toda vida.

Nuestro Padre Celestial afirmó este hecho a Moisés cuando dijo:

“Y las he creado [la tierra y las personas que la habitan] por la palabra de mi poder, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.

“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado 12 .

Muchos otros pasajes de Escritura confirman que Jesucristo es el Creador, bajo la dirección del Padre 13 . Uno de los más potentes es Su propio testimonio: “He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Yo creé los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay. Era con el Padre desde el principio” 14 .

La dinámica de la fe en Jesucristo

Para aceptar ese concepto, se requiere una fe activa. La fe es el fundamento del testimonio personal. Los primeros principios del Evangelio comienzan por la fe en el Señor Jesucristo 15 . Pablo dijo que “es… la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” 16 , y rogó que “habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender… y de conocer el amor de Cristo” 17 . Además, nos exhortó a “que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” 18 .

En el Libro de Mormón aprendemos que “somos vivificados en Cristo a causa de nuestra fe… Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” 19 .

Las bendiciones que emanan de la fe en Él también se nos revelan en el Libro de Mormón, en donde leemos: “…debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” 20 . Ése es “el mayor de todos los dones de Dios” 21 .

La fe activa en el Señor conduce a una conversión completa y a una total dedicación a Su santa obra. Nos convertimos en hijos del convenio; llegamos a ser Sus hijos. Las Escrituras así nos lo confirman: “Ahora pues, a causa del convenio que habéis hecho, seréis llamados progenie de Cristo, hijos e hijas de él, porque he aquí, hoy él os ha engendrado espiritualmente; pues decís que vuestros corazones han cambiado por medio de la fe en su nombre; por tanto, habéis nacido de él y habéis llegado a ser sus hijos y sus hijas” 22 .

La fe activa en el Señor trae la conversión, un gran cambio de corazón 23 , un cambio en el modo de pensar de la manera del mundo a la manera de Dios. Hace que nos arrepintamos “con íntegro propósito de corazón” 24 . Alma agregó: “Predícales el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo; enséñales a humillarse, y a ser mansos y humildes de corazón; enséñales a resistir toda tentación del diablo, con su fe en el Señor Jesucristo” 25 .

El Libro de Mormón existe, en parte, para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios 26 . Los que lo leen y preguntan con fe si el libro es verdadero obtienen un testimonio de su veracidad. También llegan “a saber… que Jesucristo es el Salvador del mundo [y] que José Smith ha sido su revelador y profeta en estos últimos días” 27 .

La fe en Jesucristo es esencial para la salvación y la exaltación

La fe en Jesucristo no sólo nos trae bendiciones en esta vida, sino que es esencial para nuestra salvación y exaltación eternas. Las Escrituras dicen: “…es preciso que todos los hombres se arrepientan y crean en el nombre de Jesucristo, y adoren al Padre en su nombre y perseveren con fe en su nombre hasta el fin, o no podrán ser salvos en el reino de Dios” 28 . El Señor también hace responsables a los padres de enseñar a sus hijos a tener “fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente” 29 .

Testifico que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Es nuestro Creador, Salvador y Redentor 30 , nuestro Intercesor ante el Padre 31 , nuestro Libertador 32 y el Jehová del Antiguo Testamento 33 . Es el prometido Emanuel 34 , el Mesías ungido 35 y nuestro gran Ejemplo 36 . Un día retornará para gobernar y reinar como Rey de reyes y Señor de señores 37 . Y finalmente, todos nosotros estaremos ante Él en el día del juicio 38 . Ruego por cada uno de nosotros, para que nuestra fe en Él sea aceptable.

¿QUÉ ES LA FE?

“…si tenéis fe”, enseñó Alma, “tenéis esperanza en cosas que no se ven, y que son verdaderas” (Alma 32:21). La fe es un principio de acción y de poder. Cuando te esfuerzas por alcanzar una meta digna, estás ejerciendo la fe porque demuestras tu esperanza en algo que aún no puedes ver.

La fe en Jesucristo puede motivarte a seguir Su perfecto ejemplo (véase Juan 14:12); puede inducirte a hacer buenas obras, a obedecer los mandamientos y a arrepentirte de tus pecados (véase Santiago 2:18; 1 Nefi 3:7; Alma 34:17). Tener fe en Él significa confiar totalmente en Él; confiar en Su poder, inteligencia y amor infinitos, lo que incluye creer en Sus enseñanzas; significa creer que aunque no entendamos todas las cosas, Él las entiende.

Para que tu fe te conduzca a la salvación, debe estar centrada en el Señor Jesucristo (véase Hechos 4:10–12; Mosíah 3:17). Ejerces la fe en Cristo si (1) tienes la certeza de que Él existe; (2) tienes una idea correcta del carácter de Él; y (3) sabes que te estás esforzando por vivir de acuerdo con Su voluntad.

Véase Leales a la fe, 2004, “Fe”, págs. 90–92.

VIVAMOS SUS MANDAMIENTOS

Jesucristo es el verdadero camino, el Pan de vida. Él es quien dio belleza a toda la creación para el beneficio y el sostén de la humanidad. Él es el más grandioso de todas las creaciones de Dios, el Hijo Unigénito en la carne y el Primogénito en el espíritu. Por medio de Él, el Padre ha demostrado Su gran amor hacia todos nosotros.

En el curso de mi vida he recibido muchas, muchas bendiciones por mi fe en Jesucristo y, especialmente, en la sagrada Expiación, la acción más sublime del Señor; y trato de demostrar el amor que siento por Él viviendo Sus mandamientos.

Actualmente, mi esposa y yo somos representantes de Jesucristo cumpliendo una misión de tiempo completo para Él. Sentimos gran gozo al predicar el evangelio de Jesucristo e invitar a la gente a venir a Él y aceptarlo como su Salvador.

UN GRAN CAMBIO DE CORAZÓN

Después de graduarme en la escuela de enfermería, fui a trabajar en la unidad de cuidados intensivos de un hospital para niños. Tenía el deseo de aprender y de obtener experiencia, de probarme a mí misma que podía hacerlo. Sin embargo, no imaginé lo difícil que me resultaría, tanto física como emocionalmente. No podía comprender cómo puede ser el mundo tan malvado que hasta los mismos padres sean capaces de causar un daño irreparable a sus hijos; ni entendía por qué permite Dios que los niños mueran. Después de un año de trabajar en el hospital, tenía el alma exhausta.

Fue entonces que supe que había miembros de mi familia que estaban escuchando las lecciones de los misioneros Santos de los Últimos Días. Yo trabajaba en turnos muy largos y no estaba en casa a la hora de dichas lecciones. Al poco tiempo, mi hermana y mi madre se bautizaron, y yo sentí que me quedaba sola con mis dudas y mis problemas sin resolver. A pesar de que mi familia trató de arreglar una reunión para que conociera a las misioneras, yo no quería verlas. Pero una vez en que las hermanas Johnson y Marchuk estaban de visita, participé en la conversación. La vez siguiente, me enseñaron una lección espiritual y encontré respuestas a preguntas con las que había luchado durante mucho tiempo. Poco después, fui bautizada y confirmada.

Desde que me convertí en miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, he sentido que mi fe en Jesucristo me sostiene. Una y otra vez he experimentado el poder de la oración y he sentido que salía de las tinieblas a la luz. Los seis años que llevo en la Iglesia me han dado la convicción de que Jesucristo es mi Salvador; y por Él, ahora tengo la oportunidad de acercarme más a mi Padre Celestial.

LA FE DE UN NIÑO

Haciendo un recorrido de treinta o cuarenta minutos, decidí ir caminando a la conferencia de estaca con mi hijo, que tenía entonces ocho años. Habían pasado unos veinte minutos cuando me di cuenta de que no sabía en qué dirección seguir. Mi hijo, Elson, que siempre hablaba mucho, había estado contándome cosas que le habían pasado en la escuela o en casa, y eso me distrajo. Le pedí entonces que se callara un momento explicándole que tenía que pensar, porque me parecía que nos habíamos perdido.

En aquel momento, mi hijo me demostró su fe diciéndome que debíamos hacer una oración. Yo, con toda la inteligencia y la comprensión típica de un adulto (y un tanto impaciente porque las manecillas del reloj me decían que se acercaba el momento de empezar la reunión), le contesté que si él quería ofrecer una oración, lo hiciera, pero que yo prefería pensar. Y me dije: “Hay cosas en las que no tenemos por qué depender del Señor, y encontrar el camino a la capilla es una de ésas”.

Como si hubiera leído mis pensamientos, Elson me dio una lección sobre la humildad, diciendo: “¿Por qué insistes en hacer las cosas de la manera más difícil?”. Luego quedó en silencio y yo sabía que estaba orando con todo su corazón. Unos minutos después llegamos a la capilla, y supe que él había recibido respuesta a su oración.

Los Santos de los Últimos Días somos bendecidos por ser miembros de la Iglesia de Jesucristo. Mi testimonio de la veracidad del Evangelio restaurado aumentó al darme cuenta de que mi hijo, que todavía era pequeño, sabía cómo poner en práctica los principios de la fe y la oración, convirtiéndose así en un ejemplo para mí de la forma de vivir las enseñanzas de Jesucristo.

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    Notas

  1.   1.

    El Señor mismo estableció ese preciso concepto al decir: “…cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130:21).

  2.   2.

    D. y C. 88:38.

  3.   3.

    Véase Alma 30:44.

  4.   4.

    D. y C. 88:42–43, 47.

  5.   5.

    Véase Colosenses 1:16; Mosíah 4:2, 9; 5:15; Alma 18:28; 22:10; Moisés 3:5.

  6.   6.

    Génesis 1:1.

  7.   7.

    Génesis 1:27.

  8.   8.

    Abraham 4:27.

  9.   9.

    Juan 3:16.

  10.   10.

    Juan 1:1–3.

  11.   11.

    En griego, Logos (que quiere decir “palabra” o “verbo”) es otro nombre de Cristo.

  12.   12.

    Moisés 1:32–33; cursiva agregada.

  13.   13.

    Véase Efesios 3:9; Mosíah 3:8–11; Helamán 14:12; Mormón 9:8–14.

  14.   14.

    3 Nefi 9:15. El Señor declaró, además: “He aquí, soy Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, el que hice los cielos y la tierra, una luz que no se puede esconder en las tinieblas” (D. y C. 14:9).

  15.   15.

    Véase Artículos de Fe 1:4.

  16.   16.

    Hebreos 11:1.

  17.   17.

    Efesios 3:17–19.

  18.   18.

    Efesios 4:11–13; véase también Gálatas 3:26–29.

  19.   19.

    2 Nefi 25:25–26.

  20.   20.

    2 Nefi 31:20; véase también Enós 1:8; Mosíah 3:12.

  21.   21.

    D. y C. 14:7.

  22.   22.

    Mosíah 5:7.

  23.   23.

    Véase Alma 5:12–14.

  24.   24.

    2 Nefi 31:13; véase también Jacob 6:5; Mosíah 7:33; 3 Nefi 10:6; 12:24; 18:32.

  25.   25.

    Alma 37:33; véase también Mormón 9:37; Moroni 7:25–26, 33–34, 38–39.

  26.   26.

    Véase la portada del Libro de Mormón.

  27.   27.

    Introducción del Libro de Mormón.

  28.   28.

    D. y C. 20:29.

  29.   29.

    D. y C. 68:25; véase también Moisés 6:57–62.

  30.   30.

    Véase Isaías 49:26; 60:16; 1 Nefi 21:26; 2 Nefi 6:18.

  31.   31.

    Véase D. y C. 29:5; 110:4.

  32.   32.

    Véase 2 Samuel 22:2; D. y C. 138:23.

  33.   33.

    Véase D. y C. 110:3.

  34.   34.

    Véase Isaías 7:14.

  35.   35.

    Véase 2 Nefi 25:14–19.

  36.   36.

    Véase Juan 13:15; 3 Nefi 27:21.

  37.   37.

    Véase Apocalipsis 17:14; 19:16.

  38.   38.

    Véase Apocalipsis 20:12; 1 Nefi 15:33; 2 Nefi 9:22, 44; 28:23; Alma 5:15; 3 Nefi 27:14; Mormón 3:20; 9:8–14.