Henry B. Eyring

Con la muerte del presidente Hinckley, cada uno de nosotros siente que algo nos ha sido arrebatado del corazón. Se sentía un ambiente de feliz expectativa cuando esperábamos oír su poderoso testimonio del Salvador, sentir el amor que tenía por nosotros y saber que nos traería una sonrisa y esperanza al hablarnos, aún de los desafíos más difíciles.

En estos últimos días, he recordado su voz, esa voz que oí tantas veces cuando se le presentaba un difícil problema que enfrentaba la Iglesia. Solía escuchar atentamente, haciendo tal vez una o dos preguntas para asegurarse de que comprendía la magnitud de la dificultad que enfrentábamos y para que los que le presentaban el problema supieran que él lo comprendía. Una y otra vez solía decir en voz baja y con una placentera sonrisa, algo así: “Ah, todo saldrá bien”.

Era optimista; una porción de esa cualidad provenía de su gran capacidad. Muchos de los problemas los podía solucionar solo. Vio la manera de edificar templos por toda la tierra, dando el mérito a los fieles santos que pagaban sus diezmos tanto en los tiempos buenos como en los malos; sin embargo, mientras viajaba de Colonia Juárez, México, a El Paso, Texas, él fue el que trazó el diseño para esos templos más pequeños, que ahora son una bendición para la gente de todo el mundo.

Él fue el que ideó la manera para que los jóvenes de muchos países pudiesen salir de la pobreza al elegir ellos mismos un programa de capacitación que les daría la habilidad de devolver un pequeño préstamo de lo que él llamó el Fondo Perpetuo para la Educación. Él fue el que concibió este hermoso Centro de Conferencias, donde miles de personas unen su fe para oír la palabra de Dios.

Su legado personal va más allá de esta breve lista y de mi poder para describirlo, pero sus logros tienen por lo menos una cosa en común: Siempre tuvieron como fin bendecir a las personas con oportunidades. Siempre pensó en los menos privilegiados, la persona común y corriente que lucha por hacer frente a las dificultades cotidianas y a los retos de vivir el evangelio de Jesucristo. En más de una ocasión me tocó el pecho con el dedo al hacer yo una sugerencia, y dijo: “Hal, ¿has tenido en cuenta a las personas necesitadas?”.

Él está hoy en el mundo de los espíritus, entre los nobles profetas que han vivido en la tierra; ciertamente sabe de nuestro pesar y del sentimiento de pérdida que causa esta separación. Al final de su vida, conocía el dolor en el corazón ante la pérdida de un ser amado. Si le habláramos de nuestro dolor, él escucharía con atención y creo que después diría, en tono de condolencia pero con una voz que nos haría sonreír: “Ah, todo saldrá bien”.

Y así ha sido para él. Su optimismo era justificado, no porque confiara en su propio poder para solucionar las cosas, sino por su gran fe en que imperaban los poderes de Dios. Él sabía que un amoroso Padre Celestial había preparado el camino para que las familias estuviesen unidas para siempre. Él deseaba tanto estar presente en el Templo de Rexburg, Idaho. Mañana iba a ser el día de la dedicación. A él le emocionaba la dedicación de los templos; sabía lo que podrían significar para alguien que añoraba reunirse para siempre con un ser querido del que había quedado separado por la muerte. Todo salió bien; él está otra vez con Marjorie, la joven de sus sueños. Ellos serán compañeros para siempre en gloria y en familia.

Su optimismo derivaba de su inquebrantable fe en Jesucristo y del poder de Su expiación. Él tenía la certeza de que todos seríamos resucitados como lo fue el Salvador; tenía la certeza de que todos podríamos ser sellados como familias para siempre, vivir en la presencia de Dios el Padre y de Su Amado Hijo, si sólo elegíamos ser fieles a los convenios sagrados con Dios.

Él habló del día en que eligió ese camino en su propia vida. Cuando era un desalentado joven misionero en Inglaterra, recibió una carta de su padre que decía: “Olvídate de ti mismo y ponte a trabajar”. Más temprano ese día, en su habitación de la Calle Waltham 15, había estado leyendo las palabras del Salvador: “El que halla su vida, la perderá: y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” 1 . Lo oí decir que después subió las escaleras, se arrodilló en oración y le prometió al Señor que daría lo mejor sí. El presidente Hinckley dijo de esa promesa: “Lo he estado haciendo desde entonces”.

Es posible que lo mejor del presidente Hinckley sea mucho más de lo que nosotros podamos brindarle al Maestro, pero lo único que Dios nos pide es que le demos lo mejor. El presidente Hinckley entendería nuestros sentimientos de debilidad. En una ocasión miraba los retratos de los profetas que lo precedieron en esta dispensación y dijo suavemente: “Cuando veo esos cuadros y pienso en el lugar en el que me encuentro, me siento muy insuficiente”. El presidente Hinckley raras veces manifestaba emoción, pero en ese momento empezó a sollozar, no creo que fuera de temor, sino de gratitud. Él consagró todo lo que tenía y todo lo que era al servicio del Salvador, ya que confiaba en Él, sabía que eso sería suficiente. La fe que anidaba en su corazón no dejaba lugar para la duda ni el temor.

Esa confianza inquebrantable en el poder de Dios moldeó lo que él fue capaz de ver en cuanto al progreso de la Iglesia del Señor. Nadie estaba más al tanto de los problemas que él; y sin embargo, una y otra vez solía decir respecto a la Iglesia que nunca habíamos tenido mejores logros, y nos daba los datos para probarlo. Luego decía, con firme convicción: “Y lo mejor aún está por venir”.

Su optimismo se originó de la decisión que tomó en su juventud de consagrar todo lo que tenía al Salvador y a Su obra, por la fe que tenía. Eligió arraigar el Evangelio en lo más profundo del corazón al dar siempre lo mejor de sí. Eso le trajo una bendición que desearía que todos reclamáramos. Más que nada, su gran deseo era que todo saliera bien. Sabía que así sería si sólo seguía adelante con fe. Vi lo que esa convicción permitió que Dios hiciera por él y por su corazón al término de su vida.

Hace unos días, cuando el presidente Monson y yo lo saludamos, él sonrió y nos extendió la mano. Me preguntó: “Hal, ¿cómo estás?”. Le di una simple respuesta: “Bien”. Ojalá le hubiera contestado: “Mejor que nunca. Y sé que lo mejor está por venir, porque fui bendecido por vivir cuando pudiera oír su voz y aprender de su ejemplo”.

Su ejemplo incluso cambió lo que leo ahora. Sabía que a él le encantaba leer las obras de Shakespeare desde sus días de universitario y alumno de Benjamin Roland Lewis. De modo que obtuve un ejemplar de las obras completas de Shakespeare y le mencioné al presidente Hinckley que había comenzado a leerlas; él me dijo: “¿Cómo hallas el tiempo para hacerlo?”. Y luego preguntó: “¿En qué parte vas?”. Y le dije: “Enrique V”. Me contestó “Ése es un buen inicio”, con un énfasis en la palabra inicio, para dejar bien en claro que todavía había mucho por delante.

Su ejemplo de valor y la lectura que yo hacía de esa obra me ayudó a comprender la lección que años atrás él procuró enseñarme acerca de rendir servicio a los hijos de nuestro Padre Celestial. Cuando tenía la responsabilidad de enseñar el Evangelio a la juventud mediante los programas de seminario en todo el mundo, él, golpeando suavemente mi pecho con el dedo índice, dijo: “Hal, ¿por qué no haces un mayor esfuerzo por que el Evangelio les llegue al corazón?”.

Él sabía que sólo cuando éste se arraigara en sus corazones, tal como lo estaba en el de él, la juventud tendría el valor suficiente y la fortaleza necesaria para ser merecedora de la vida eterna. Él amaba a la juventud; conocía sus debilidades y los fuertes obstáculos que enfrentarían. Y debe de haber conocido las palabras que Shakespeare puso en boca del rey Enrique cuando estaba a punto de dirigir a su pequeño regimiento en una batalla en la que tenía muy pocas posibilidades de ganar:

“¡Oh, Dios de las batallas! ¡Reviste de acero los corazones de mis soldados;
descarta de ellos el temor;
quítales la facultad de contar,
si el número de sus enemigos debe hacerles perder el valor!” 2 .

El presidente Hinckley sabía que Dios nos revestirá y fortificará a todos si optamos por afirmar el Evangelio en nuestro corazón. Él sabía que la decisión se tomaba al consagrar todo lo que somos y todo lo que tenemos para seguir al Maestro. Él sabía que era mejor tomar esa decisión a temprana edad, durante la juventud, ya que podría tomarnos años reunir los requisitos para lograr el cambio en nuestro corazón que se logra por la expiación de Jesucristo.

De parte de todos nosotros en el mundo entero, expreso gratitud por ese profeta, maestro, padre y amigo. Fue un testigo verdadero de Jesucristo y un profeta de Dios. Somos mejores personas a causa de su ejemplo e influencia, y lo mejor está por venir si afirmamos el evangelio de Cristo en nuestro corazón, como lo hizo él. En el nombre de Jesucristo. Amén

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    Notas

  1.   1.

    Mateo 10:39.

  2.   2.

    William Shakespeare, Obras completas, “El rey Enrique V”, Acto 4, escena I, Aguilar, S.A. de Ediciones, Madrid, 1967, pág. 549.