El élder Quentin L. Cook


Jeffrey R. Holland

En una escuela primaria de Logan, Utah, aquel día había un ejercicio para casos de incendio y Joe Cook, un valeroso alumno, líder del sexto grado y “capitán” encargado de ayudar a llevar a cabo el ejercicio, estaba resuelto a realizarlo en un tiempo mínimo; por eso, quedó complacido cuando, al sonar la alarma, los alumnos empezaron a evacuar el edificio rápidamente. “Vamos a establecer un récord”, pensó el joven Joe. “¡Pasaremos a la historia!” Y justo cuando parecía que iba a alcanzar la fama, oyó el anuncio: “Todavía queda alguien en el edificio. La evacuación no ha sido completa”.

Mientras la esperanza de batir el récord se esfumaba ante sus ojos, Joe Cook al fin vio salir del edificio a un niño de primer grado, el único que había quedado adentro: ¡Era su hermanito Quentin! ¡Su propia carne y sangre lo había privado de su merecida fama en la historia del valle de Cache!

Furioso, le gritó: “¿Qué diablos estabas haciendo?”.

Quentin le mostró un par de botas grandes y gastadas, y le explicó: “Joe, tú sabes que [mencionó el nombre de un amigo] a veces tiene que usar zapatos de segunda mano y que le quedan grandes. Cuando sonó la alarma, salió corriendo y se le salieron las botas y, como no quería echar a perder el ejercicio, las dejó y se fue afuera descalzo. Yo volví a buscárselas porque no quería que se le enfriaran los pies en la nieve”.

Esta conmovedora historia revela cuán dedicado ha estado el élder Quentin La Mar Cook desde su niñez a los sentimientos del corazón y a los principios que enseñó el Salvador. “He conocido a Quentin toda mi vida”, dice su amigo de la infancia, Lee Burke, que fue también su compañero de misión, “y nunca ha hecho nada que pudiera haberlo deshonrado a él ni a su familia ni a la Iglesia”. El hecho de que el Señor conocía el destino de ese niño fue evidente para su amada madre, Bernice, cuya bendición patriarcal le reveló que sus hijos iban a “llevar honor a la familia” y ser “fuertes para hacer avanzar la obra del Señor”. Es lo que han hecho esos hijos y lo que continuará haciendo el élder Quentin L. Cook en su llamamiento como Apóstol del Señor Jesucristo.

Aprende de los demás

El élder Cook nació el 8 de septiembre de 1940, en Logan, Utah, hijo de J. Vernon Cook y Bernice Kimball, y a temprana edad aprendió de su padre la importancia de establecerse metas y de esforzarse por alcanzarlas.

“Mi padre tenía tres reglas para nosotros”, comenta el élder Cook. “Primero, debíamos establecernos metas que tuvieran mérito; segundo, podíamos cambiarlas en cualquier momento; pero, tercero, cualquiera fuera la meta que hubiéramos elegido, teníamos que trabajar diligentemente para alcanzarla”.

Sus frecuentes conversaciones con su padre le enseñaron a observar a los que lo rodeaban y a aplicar para sí los mejores atributos que viera en ellos. “Otras personas tienen mucho para ofrecernos si estamos dispuestos a aprender de ellas”, dice el élder Cook. “Por eso, es importante rodearse de buena gente”.

Mientras crecía en Logan, él tuvo esa oportunidad. Por ejemplo, recuerda haber escuchado atentamente en una reunión sacramental al élder L. Tom Perry, que ahora integra el Quórum de los Doce Apóstoles, mientras hablaba de sus experiencias de ese entonces como joven recién llegado de la Segunda Guerra Mundial. Aquel momento inspirado permanece en su memoria como uno de los primeros y más fuertes recuerdos de su infancia.

Cuando era joven, al élder Cook le gustaban mucho los deportes y contribuyó a que los equipos de fútbol americano y baloncesto de su escuela secundaria se destacaran en todo el estado de Utah. También le interesaban el debate y la política. Cuando tenía dieciséis años, fue uno de los dos jovencitos elegidos para representar al estado en un acontecimiento a nivel nacional, en el cual tuvo la oportunidad de conocer a Dwight D. Eisenhower, en aquel entonces Presidente de los Estados Unidos, y a los futuros presidentes John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Richard M. Nixon y Gerald R. Ford. El ver a todos esos hombres trabajando en procesos legislativos lo impresionó profundamente e influyó en su decisión de estudiar derecho.

Antes de la misión, el élder Cook asistió a la Universidad del Estado de Utah, donde lo eligieron para ocupar un cargo en el que representaría al estudiantado, junto con su amigo W. Rolfe Kerr, que años después iba a ser llamado a integrar el Primer Quórum de los Setenta y que presta servicio actualmente como Comisionado del Sistema Educativo de la Iglesia.

De 1960 a 1962 el élder Cook prestó servicio en la Misión Británica, la misma misión en la cual me llamarían a servir. El presidente de nuestra misión, el élder Marion D. Hanks, que entonces integraba el Primer Consejo de los Setenta, tuvo una profunda influencia en nosotros. Él hacía destacar la importancia del discipulado y de la determinación ante todos sus misioneros y nos enseñó a amar al Salvador, a valorar el Libro de Mormón y a ser fieles a la Iglesia y al Evangelio por el resto de nuestra vida. Ahora, más de cuarenta y cinco años después, es extraordinario que haya dos ex compañeros de misión prestando servicio juntos en el Quórum de los Doce Apóstoles.

La lista de hombres y mujeres buenos de quienes tuvo la oportunidad de aprender continúa, pero el élder Cook señala que muchos de ellos no ocupaban entonces posiciones importantes; eran simplemente buenas personas.

“Podemos aprender de la doctrina y podemos aprender de los buenos ejemplos”, comenta el élder Cook. “Pero cuando se trata de personas que han combinado ambos elementos, cuya vida es compatible con lo que han aprendido del evangelio de Jesucristo, ésa es una excelente combinación. Y esas personas no tienen que ser Autoridades Generales ni tener una profesión destacada. En todas las condiciones sociales se encuentra esa clase de gente.”

La influencia de su familia

Aunque durante toda su vida el élder Cook ha sido bendecido con buenos amigos y colegas, los que han tenido mayor influencia en él han sido los miembros de su familia.

Está agradecido por haber tenido un padre cariñoso que tenía interés en sus hijos, y una madre que “amaba al Salvador. Ellos hicieron todo lo posible por criarnos correctamente”, dice. También aprecia el amor y el apoyo de su hermano, Joe, y de su hermana, Susan.

Una de las experiencias más importantes de su vida ocurrió cuando tenía quince años: Su hermano Joe deseaba cumplir una misión, pero el padre —un buen hombre que había perdido interés en las actividades religiosas— opinaba que en vez de ello, Joe debía entrar en la facultad de medicina. Ambos jóvenes respetaban mucho a su padre, por lo que se retiraron a un lugar privado para considerar el consejo que Joe había recibido de él.

Hablaron hasta horas muy avanzadas de la noche sopesando los pros y los contras de cada posibilidad. Al fin decidieron que el elemento determinante era éste: Si la Iglesia era nada más que una institución tan buena como otras, Joe prestaría más servicio yendo a la facultad de medicina. Pero si creían que el Salvador realmente vive, que José Smith fue en verdad un profeta, que la Iglesia que él organizó con la dirección de Dios es ciertamente la Iglesia de Jesucristo, que el Libro de Mormón es verdadero, entonces la obligación de Joe estaba claramente definida. A la mañana siguiente, el joven fue a hablar con el padre, presentándole ese razonamiento y le expresó su testimonio. Poco después partió para la misión, con el apoyo de su padre y la gozosa bendición de su madre.

Aquella conversación con su hermano tuvo un profundo efecto en el joven Quentin. Siempre había tenido testimonio del Salvador, pero José Smith, la Iglesia y el Libro de Mormón eran asunto aparte para aquel jovencito de quince años; creía en ellos; no obstante, todavía no había recibido una atestiguación espiritual que se los confirmara como una innegable realidad.

Sin embargo, después de que se separó de Joe aquella noche, fue a su cuarto, se arrodilló a orar y pidió recibir el mismo testimonio que su hermano tenía, un testimonio que deseaba con todo el corazón. Y lo recibió con tal potestad que cualquier duda que hubiera tenido quedó totalmente disipada para siempre.

Su admiración por Mary

Otra de las grandes influencias de su vida ha sido Mary, su esposa. “Sería difícil hallar en el mundo entero una persona tan buena, tan correcta y tan inteligente como ella”, dice su marido. “Tiene además un fabuloso sentido del humor”.

La hija de ambos, Kathryn Cook Knight, confirma esa opinión: “Papá fue un padre perfecto”, dice, “y yo lo adoro por todas sus cualidades. Pero mi madre es una santa”.

La hermana Cook tiene gran talento musical y enseñó música, llenando también su hogar con ella. Es más, el élder Cook la conoció en un programa de talentos de séptimo grado. Recordando eso, dice: “De pronto, se pone de pie esa muchachita de pelo rubio claro y canta: ‘Del lado que brilla el sol’. Aun en el primer año de secundaria ya tenía una voz muy madura y profunda. Me dejó totalmente maravillado. Y aquella canción podría haber sido el tema del resto de su vida, porque tiene una disposición alegre y luminosa”.

Durante los años escolares tuvieron muchas oportunidades de trabajar juntos. En los primeros años de secundaria, a él lo eligieron presidente del alumnado, y a ella vicepresidenta; además, formaron parte del mismo grupo de debates. Y durante el último año de secundaria, trabajaron juntos, él como presidente de la clase y ella como oficial del alumnado.

“Fuimos amigos mucho antes de llegar a ser algo más”, recuerda el élder Cook. “La admiré antes de enamorarme de ella, y la decisión de casarme con ella fue la mejor que he tomado”.

El élder y la hermana Cook se casaron en el Templo de Logan, Utah, el 30 de noviembre de 1962.

Su amor por la gente de toda condición social

Después de que se graduó de la Universidad del Estado de Utah, en 1963, con un título en ciencias políticas, él y Mary se trasladaron a California, donde en 1966 obtuvo el título de jurisconsulto en la Universidad Stanford; luego el élder Cook entró a trabajar en la firma de abogados Carr, McClellan, Ingersoll, Thompson y Horn, en la zona de la bahía de San Francisco.

Fue allí que decidió que “lo que yo creía y era debía ser visible para los demás”. En su trabajo, que atañía a las leyes de negocios y de atención médica, el élder Cook se relacionó con personas bien educadas y adineradas. Su hijo Larry recuerda la impresión que le causaba el hecho de que el padre fuera tan respetado entre sus relaciones de negocios y de la comunidad. “Asistí a las cenas con las que lo honraron cuando se retiró de la firma de abogados, y después cuando se jubiló de la dirección del sistema de atención médica”, dice. “Me asombró ver que uno tras otro sus colegas, ninguno de los cuales era miembro de la Iglesia, hablaran de él —a menudo con lágrimas en los ojos— diciendo lo que papá significaba para ellos, cómo les había aconsejado y enseñado, y cómo les había ayudado generosamente a avanzar en su profesión sin tomar en consideración ni el tiempo ni las energías que él quitaba a la suya propia”.

Al mismo tiempo, el servicio que prestaba a la Iglesia lo llevó a establecer preciadas relaciones con los miembros, cuyos antecedentes culturales eran diversos y cuyo nivel de vida oscilaba entre ambos extremos de la escala económica. Gracias a su experiencia, tanto profesional como en la Iglesia, adquirió la capacidad de entender a los demás y de relacionarse con personas de toda condición social, y su amor por la gente creció.

El élder Cook fue llamado para servir como obispo, después como consejero del presidente de la estaca (¡de Joe, su querido hermano mayor!) y más tarde como presidente de la misma. Durante ese tiempo no sólo trabajó con barrios de habla inglesa, sino también con congregaciones que hablaban español, tongano, samoano, tagalo, mandarín y cantonés.

Algunos de los miembros habían recibido poca instrucción académica y contaban con escaso dinero; pero tenían mucho que ofrecer. Él recuerda con cariño “a uno de los grandes hombres que conocí”, un repartidor de pan que fue llamado para integrar un obispado. El hermano había visto que los líderes de los barrios llevaban portafolios a sus reuniones, así que decidió llevar uno él también; pero como todavía no tenía nada que poner dentro, lo llenó con pan para repartir en la reunión. Sólo su amor por los demás sobrepasaba la humilde disposición de servir que tenía aquel hombre.

“Cuando digo que debemos aprender de las buenas personas, no me refiero a determinadas profesiones ni a ciertos niveles de educación académica”, dice el élder Cook. “Se encuentran personas buenas por todas partes, y de todas ellas podemos aprender algo”.

La preparación en el hogar

El élder Cook logró desarrollar una relación estrecha con cada uno de sus hijos, a pesar de las exigencias de su trabajo y de sus llamamientos en la Iglesia; él y su esposa criaron a su familia en San Francisco.

“Particularmente para los que tienen cargos de liderazgo en la Iglesia”, afirma, “es importante tener una relación con sus hijos en la que éstos puedan ver sus virtudes aplicadas en un entorno totalmente diferente al religioso, ya sea trabajando en el jardín, jugando algún deporte o realizando una actividad juntos afuera”.

Joe, el segundo de sus hijos, recuerda un ejemplo en el que el padre no se limitó a enseñarle sobre el amor, sino que se lo demostró. El élder Cook estaba preocupado ante la idea de que su hijo manejara solo desde la Universidad Brigham Young [en Provo, Utah] hasta San Francisco, después de terminar los exámenes de su primer semestre universitario. Era a fines de diciembre, era probable que las carreteras estuvieran cubiertas de nieve y el muchacho iba a estar cansado. Un día, al fin del semestre, Joe contestó una llamada a la puerta de su cuarto y, al abrirla, se encontró allí a su padre, que había viajado en avión desde la zona de la bahía para acompañarlo en el viaje y ayudarle a manejar. Joe comenta que aquel gesto no sólo fue una potente manifestación del amor que le tenía su papá, sino que el tiempo que ambos tuvieron para charlar durante el regreso a casa —lleno de conversaciones de distintos temas del Evangelio y de testimonios del Salvador— fue uno de sus momentos formativos fundamentales para darle una visión del testimonio que él deseaba para sí y de su propia condición futura de padre.

Como había visto hacer a su padre, el élder Cook enseñó a sus hijos a establecerse metas y a evaluar el efecto que sus acciones y actividades podían tener en el logro de esas metas. Los Cook también establecieron metas para la familia que se concentraban primeramente en el Evangelio. El élder Cook cree que si una familia observa prácticas religiosas apropiadas, como la oración familiar, el estudio de las Escrituras y las noches de hogar con regularidad, en cualquier parte se puede criar a los hijos con rectitud.

La clave, dice el élder Cook, es la observancia religiosa individual y en privado. “El hecho de pasar por el cuarto de mis hijos y verlos estudiando las Escrituras o de rodillas, orando, era para mí lo más importante como padre”, comenta.

Pero es más probable que haya una observancia religiosa individual “si esa observancia religiosa en la familia deja en claro para los hijos que todas las demás metas de la vida, como un empleo y la educación académica, son secundarias a la de tener un testimonio del Salvador y vivir con rectitud”.

La preparación para prestar servicio

En California, durante tres décadas, el élder Cook pasó de una posición de responsabilidad a otra, tanto en su carrera profesional como en la Iglesia. De empleado, pasó a socio de la firma de abogados, y luego a socio administrador; después lo contrataron como presidente y director ejecutivo del Sistema de Salud de California, que más adelante se unió a otra organización de salud, Sutter Health, de la cual llegó a ser subdirector.

Además, prestó servicio como representante regional y Autoridad de Área, antes de que, en 1996, lo llamaran a integrar el Segundo Quórum de los Setenta; y en 1998 fue llamado al Primer Quórum.

Como Autoridad General, el élder Cook prestó servicio en la Presidencia del Área Filipinas–Micronesia y como Presidente de las Áreas de las Islas del Pacífico y Norteamérica Noroeste de la Iglesia. Su amor por los santos fieles de todo el mundo siguió aumentando.

Como Director Ejecutivo del Departamento Misional de la Iglesia, tuvo una función muy importante en la preparación de la guía misional Predicad Mi Evangelio. Pero él no se acredita mérito por su labor: “La mano del Señor estuvo en ello desde el primer momento”, afirma. “Cada uno de los miembros de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles colaboró en forma increíble”.

Preparado y bien dispuesto

El élder Cook está bien preparado para prestar servicio en el Quórum de los Doce Apóstoles. Su disposición a aprender de los demás y su vida de abnegado servicio lo habilitan para ofrecer al Señor el corazón y la mente bien dispuestos.

“He venerado, sostenido y honrado a todos los que han sido apóstoles”, dice. “La influencia que han tenido en mí ha sido profunda. No sé qué es lo que aportaré, pero sí sé que Jesucristo es el Salvador, que Dios es nuestro Padre Celestial, que José Smith es el Profeta de esta dispensación y que tenemos un profeta en la actualidad. Ese conocimiento es el punto central de mi vida”.

Podemos estar seguros de que ese conocimiento seguirá siendo el punto central del ministerio apostólico del élder Quentin L. Cook.