2008
¿Cómo podía perdonarlo?
Abril de 2008


¿Cómo podía perdonarlo?

En 1961, un día en que el élder Roger Slagowski y yo estábamos golpeando puertas en Wilhelmshaven, Alemania Occidental, una viuda ya mayor nos recibió amablemente en su humilde apartamento. Me quedé tan sorprendido ante su recibimiento que le pregunté si había entendido quiénes éramos, a lo cual nos aseguró que sí y que nos había estado esperando.

Nos dijo entonces que hacía varias décadas, cuando ella era una madre joven, dos élderes Santos de los Últimos Días habían llamado a su puerta y, por hallarse muy ocupada en ese momento, los había despedido. Después, se había sentido tan abrumada por no haberlos recibido que se prometió que si los misioneros Santos de los Últimos Días volvían a su casa otra vez, los invitaría a entrar.

Emma Henke era una persona inteligente y escuchó nuestro mensaje con interés, pero a menudo parecía tener una expresión distraída en la mirada. Era muy amable con nosotros y estaba siempre dispuesta a compartir lo poco que tuviera de comida, pero nos preguntábamos si comprendería realmente la importancia de nuestro mensaje. Al fin, decidimos poner su nombre en la lista de personas a las que no visitábamos con regularidad y pasar por su casa alguna que otra vez, cuando estuviéramos en el vecindario.

Al cabo de unas semanas, fuimos a verla de nuevo. Mientras conversábamos y para nuestra gran sorpresa, ¡Emma anunció de pronto que había decidido bautizarse!

Sólo entonces empezó a contarnos detalles de su vida, que había sido muy difícil: una hijita pequeña había muerto en los últimos días de la Primera Guerra Mundial; en 1924, su hija de nueve años había sucumbido de difteria. En el invierno de 1941 a 1942, recibió la última carta de su hijo de veintiún años, que estaba peleando en el frente de batalla ruso durante la Segunda Guerra Mundial; poco después, se enteró de que había muerto.

Hugo, su esposo, detestaba la política del gobierno nazi, y ella muchas veces le había rogado que tuviera más prudencia. Una mañana temprano, en 1944, después que un aparato de localización de ondas radiales había rastreado hasta la casa de los Henke una señal de la BBC de Londres, oficiales de la Gestapo derribaron la puerta y lo arrestaron; lo mandaron a un campo de concentración cercano a Hamburgo, y Emma y el único hijo que les quedaba, un niño pequeño, quedaron solos para valerse por sí mismos.

Ella fue a hablar con el oficial nazi de la localidad que era responsable del arresto de su marido y se arrodilló a suplicarle por la vida de él, pero no le valió de nada; en marzo de 1945, supo que Hugo había muerto. El oficial mismo fue después sentenciado a cadena perpetua, pero lo habían dejado en libertad poco antes de que nosotros llamáramos a la puerta de Emma; ésta comentó que muchas veces lo veía pasar a toda velocidad por las calles de la ciudad en un caro automóvil nuevo. El día en que nos pidió que la bautizáramos, nos dijo que al fin había encontrado la fortaleza para perdonarlo por haberle arrebatado a su esposo y haber rechazado sus súplicas de misericordia; había decidido firmemente dejar el juicio en las manos del Señor.

Emma se convirtió en un fiel miembro de la Iglesia y encontró gran gozo y consuelo al descubrir las verdades del Evangelio restaurado. En noviembre de 1966, mientras cruzaba apresuradamente una plaza pública en Wilhelmashaven en camino a una reunión de la Sociedad de Socorro, sufrió un colapso y murió de un ataque al corazón que le quitó la vida.

La hermana Henke se negó a dejarse amargar por las pruebas de su vida y murió libre de rencor y de deseos de venganza. Sin duda, esta buena hermana habrá disfrutado de una maravillosa reunión con los seres a quienes había amado y perdido.