El presidente Dieter F. Uchtdorf


Russell M. Nelson
Un hombre de familia, un hombre de fe, un hombre preordenado

¿Pueden imaginar el terror que debe de haber sentido Dieter Uchtdorf, de once años, cuando en 1952 la familia huyó de su hogar en Alemania Oriental 1 buscando libertad en el oeste del país? Por razones políticas, la vida de su padre estaba en gran peligro y, a fin de disminuir el riesgo que correrían su esposa e hijos, él debía escapar solo. Para evitar sospechas, el resto de la familia tampoco podía viajar junta, sino que tenían que hacer el intento por separado.

En consecuencia, formularon un plan: los dos hermanos mayores de Dieter, Wolfgang y Karl–Heinz, tomaron una ruta hacia el norte de Zwickau, la ciudad donde vivían; su hermana, Christel, viajó con otras dos muchachas en un tren que pasaba brevemente por Alemania Occidental en su destino a una ciudad de Alemania Oriental; al pasar el tren por la Alemania libre, las jóvenes persuadieron al conductor de que les abriera la puerta, y saltaron a tierra.

Dieter, que a los once años era el menor, y su valiente madre tomaron una ruta diferente, llevando consigo unos pocos alimentos y las preciadas fotos de familia que habían preservado de la destrucción durante la Segunda Guerra Mundial. Después de haber caminado largas horas, la hermana Uchtdorf sintió que las piernas se le debilitaban; el niño cargó entonces con las posesiones y ayudó a su madre a subir la última colina que los separaba de la libertad. Mientras lo hacían, se detuvieron a comer una escasa comida pero, de pronto, al divisar a la distancia guardias rusos, se dieron cuenta de que todavía no habían cruzado la frontera; madre e hijo pusieron fin a la comida, levantaron sus cosas y tuvieron que ascender aún más alto para alcanzar la meta.

El niño y su madre continuaron su jornada como refugiados, consiguiendo de vez en cuando que alguien los llevara en auto un trecho y a pie el resto del camino hasta llegar a su destino en un suburbio cercano a la ciudad de Francfort. Después de muchos días difíciles y peligrosos de separación, la familia pudo por fin reunirse; los dos hermanos fueron los primeros en llegar, luego el padre; a continuación, llegaron Dieter y la madre, y la hermana llegó por último. Su reunión fue muy feliz.

De menor importancia era el hecho de que habían dejado atrás casi todas sus posesiones.

Siete años antes, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, habían tenido que huir del hogar al acercarse las fuerzas extranjeras; en esta segunda huida volvían a ser refugiados. Una vez más habían quedado sin nada; una vez más tenían que empezar de nuevo, pero se tenían los unos a los otros. Tenían profunda fe en Dios y eran miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, una condición a la que habían llegado hacía apenas cinco años.

El apartamento de un solo cuarto que ocuparon cerca de Francfort era pequeño y estaba infestado de ratones, y al jovencito Dieter le resultaba interesante observar a los animalitos corriendo por todos lados. El transporte público era relativamente barato, pero la familia no podía pagar el viaje de todos a la iglesia los domingos, así que se turnaban para asistir.

No es de extrañar que el presidente Uchtdorf defienda tan apasionadamente la sagrada institución de la familia. Con absoluta sinceridad, testifica que es ordenada por Dios. Para él, es sumamente importante. Fue en el seno de su familia que se sembraron y cultivaron las semillas de su potente fe, y allí comenzó a prepararse para el cumplimiento de su preordenación como líder del sacerdocio en la Iglesia de Dios.

Un hombre de familia

Dieter Friedrich Uchtdorf nació de buenos padres, Karl Albert Uchtdorf e Hildegard Else Opelt, el 6 de noviembre de 1940, en Ostrava, Checoslovaquia. En 1944 la familia salió de Checoslovaquia, mudándose a Zwickau, Alemania. Desde 1949 hasta 1990, esta ciudad perteneció a Alemania Oriental y era un centro minero de carbón; debido a la gran importancia estratégica que tenía durante la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en uno de los principales blancos de los bombarderos aliados. Dieter, que entonces tenía cuatro años, tenía miedo en esos momentos pero al mismo tiempo le fascinaban las luces de los aviones que sobrevolaban el lugar. Tiene recuerdos de cuando su madre lo llevaba a los refugios durante los bombardeos para ponerlo a salvo; el ejército alemán había reclutado a su padre, y la hermana Uchtdorf se encargó de proteger valerosamente a la familia mientras la guerra en Europa continuaba amenazante a su alrededor.

Después de la guerra, el padre del presidente Uchtdorf trabajó en las minas de carbón y de uranio, en Zwickau, en condiciones ambientales que lo predispusieron a una enfermedad maligna que le causó la muerte a los sesenta y dos años, en Alemania. El recuerdo que él tiene de su padre es que era un hombre bueno y afectuoso, fuerte y tierno; además, tuvo siempre en alta estima sus responsabilidades del sacerdocio como diácono, maestro, presbítero y élder.

Hildegard, su madre, que murió en 1991, no sólo era valerosa, sino también una verdadera conversa y discípula devota que prestó servicio en muchos llamamientos de la Iglesia.

En 1956, padres e hijos se sellaron en el Templo de Suiza. Desde entonces han fallecido sus dos hermanos, Wolfgang y Karl-Heinz. Christel Uchtdorf Ash, la hermana, que cumplió una misión en Alemania, vive actualmente en Texas, en la parte sur de los Estados Unidos.

El presidente Uchtdorf conoció a la que iba a ser su esposa, Harriet Reich, en reuniones de la Asociación de Mejoramiento Mutuo a las que ambos asistían; ella se había bautizado a los trece años, junto con su madre y una hermana, después que los misioneros llegaron a su casa y les enseñaron el Evangelio; el padre había muerto de cáncer ocho meses antes de eso. También la madre y la hermana fallecieron después.

Uno de aquellos misioneros que enseñó y bautizó a la familia Reich, el élder Gary Jenkins, se vio recompensado de manera extraordinaria: décadas más tarde, el 16 de febrero de 2008 fue un día de regocijo para él cuando su nieta, Cristal, fue sellada en el Templo de Salt Lake con su esposo, Steve, por un miembro de la Primera Presidencia, el presidente Dieter F. Uchtdorf.

El presidente y la hermana Uchtdorf se sellaron en el Templo de Berna, Suiza, el 14 de diciembre de 1962. Él dice que Harriet es su rayo de sol, que su apoyo es una constante fuente de fortaleza; es el amor de su vida. Ella describe a su esposo diciendo que tiene un gran corazón. “Es bondadoso; es un líder bueno y compasivo. Escuchamos eso de muchos de sus antiguos colegas profesionales, así como de sus amigos de la Iglesia. Es un marido maravilloso, siempre buscando la forma de apoyarme en todo. Es un hombre con gran sentido del humor e ingenio. Soy muy bendecida por ser su esposa”.

Los Uchtdorf tienen dos hijos. El esposo de la hija, Antje, se llama David A. Evans, y el matrimonio tiene tres hijos: Daniel y Patrick, gemelos de diecinueve años, y Eric, de ocho años. La familia vive en Darmstadt, una ciudad de Alemania.

Guido, el hijo de los Uchtdorf, prestó servicio en la Misión de Washington D.C. Sur. Después, se casó con Carolyn Waldner, una joven de Basilea, Suiza. Guido y Carolyn viven actualmente en Zurich, Suiza, donde él es obispo del Barrio Wetzikon, Estaca Saint Gallen. Ellos tienen tres hijos: Jasmin, de siete años; Robin, de cinco, y Niklas Ivan, de un año.

Cuando se le preguntó a Antje qué pensaba del nuevo llamamiento de su padre, ella contestó: “Somos bendecidos por tener padres tan maravillosos. Cuando éramos pequeños, no nos dábamos cuenta de lo ocupado que estaba papá, porque siempre tenía tiempo para nosotros; nunca estuvimos en segundo lugar. Si tenemos algún problema, le pedimos consejo; y nuestros hijos piensan que ‘Opa’ [abuelo, en alemán] sabrá la respuesta, sea cual sea la pregunta. Ahora que está en la Primera Presidencia, sentimos una responsabilidad mayor de ser lo mejor que podamos”.

Los recuerdos de Guido son similares. Recordando una oportunidad de hace varios años en que ellos y los padres tomaron juntos lecciones de esquí, comenta que aquel fue el principio de una agradable tradición familiar: la de ir a esquiar. Él se daba cuenta de que la profesión de piloto de aerolíneas que tenía su padre exigía que éste se ausentara del hogar durante largos períodos. “Pero cuando papá volvía a casa, jugábamos, hablábamos y nos divertíamos juntos”, agrega. “Y esos eran momentos especiales e inolvidables”.

Guido y Antje aprendieron de sus padres la importancia de pasar tiempo juntos en familia. Ya fuera una salida educativa o recreativa, contribuía a fortalecer los lazos familiares. El ser ahora padres y abuelos en la distancia se hace más fácil para la familia Uchtdorf con el uso de la tecnología moderna. El correo electrónico y las llamadas telefónicas se ven incrementados por la transmisión de trozos de filmación y de fotografías a través del Internet.

De todos modos, el tiempo que pasan juntos tiene gran valor. Para Guido, fue especialmente importante asistir a la conferencia general de abril de 2008 y ver personalmente a su padre detrás del púlpito del centro de conferencias.

En las reuniones de consejo con su familia, el presidente Uchtdorf siempre ha hecho hincapié en los principios fundamentales. Guido explica: “Papá enseña sobre las bendiciones que se reciben por la oración, el estudio de las Escrituras, la obediencia a los mandamientos y por tener una actitud positiva. Esos conceptos son mucho más importantes para él que el de preguntarse dónde estará Kolob”.

Cuando el presidente y la hermana Uchtdorf celebraron el cuadragésimo aniversario de bodas, se reunieron en el Templo de Berna, Suiza, con sus hijos, los cónyuges de éstos y sus nietos mayores para efectuar juntos ordenanzas sagradas. Ese templo tiene un significado especial para los hermanos Uchtdorf porque tanto sus padres como ellos y sus hijos fueron sellados allí.

Un hombre de fe

No es posible conocer la vida de este gran hombre sin percibir su fe única e inquebrantable. Tiene absoluta fe en Dios, fe en el Señor Jesucristo, fe en la Iglesia y fe en que recibirá ayuda celestial cuando lo necesite.

Sus padres arriesgaron la vida por la libertad y la fe. Su padre honró el sacerdocio que se le había confiado; y él aprendió de su madre a orar y a confiar en el Señor, particularmente durante su peligrosa huida de Alemania Oriental.

El presidente Uchtdorf describe a su madre como una persona brillante y comenta que ella hacía cuentas matemáticas mentalmente y le enseñó a él a hacerlas. A pesar de que la familia se quedó dos veces sin nada cuando eran refugiados de la guerra, obedecían la ley del diezmo; sabían que el Señor abriría las ventanas de los cielos sobre los que la obedecieran fielmente y derramaría sobre ellos bendiciones sobreabundantes 2 .

El presidente Uchtdorf siente también gran cariño por el élder Theodore M. Burton (1907–1989), ya fallecido, que fue presidente de la Misión de Alemania Occidental. En una época en que muchos Santos de los Últimos Días alemanes se iban de su tierra, la familia Uchtdorf obedeció el consejo del élder Burton de quedarse en Alemania y contribuir al progreso de la Iglesia allá. Fue también el élder Burton quien ordenó a Dieter F. Uchtdorf al oficio de élder y le dio consejos extraordinarios que él siguió con precisión. La hermana Harriet Uchtdorf comprendía la importancia del consejo de que se quedaran en Europa para fortalecer la Iglesia, y eso se convirtió en una prioridad imperiosa para ellos. Sus hijos han seguido el mismo consejo; ahora, en broma, los hijos regañan a los padres por vivir en Estados Unidos mientras ellos se han quedado en Europa.

Por supuesto, el élder Burton no fue el único líder que tuvo gran influencia en el presidente Uchtdorf; él recuerda al presidente de su rama cuando lo apartaron como presidente del quórum de diáconos. El presidente de la rama le dio instrucciones detalladas con respecto a sus nuevos deberes y responsabilidades, y todavía recuerda la importancia de aquellas enseñanzas que tal vez otro líder habría pasado por alto simplemente porque en el quórum de diáconos, aparte de Dieter, sólo había otro miembro.

La fe de esta familia se personifica en la de la abuela del presidente Uchtdorf. Ella estaba un día haciendo fila para recibir alimentos hacia el final de la Segunda Guerra Mundial cuando una hermana mayor que no tenía familia la invitó a una reunión sacramental. La abuela y los padres de él aceptaron la invitación; fueron a la Iglesia, percibieron el Espíritu, y se sintieron alentados por la bondad de los miembros y elevados por los himnos de la Restauración 3 . En 1947, sus padres se bautizaron en Zwickau, y él se bautizó casi dos años después, a la edad de ocho años. La dedicación de la familia a la Iglesia se hizo fuerte y perdurable.

El fundamento de su fe fue una base para la confianza en su propia habilidad de lograr lo que se propusiera. Su carrera comenzó con estudios de ingeniería seguidos por seis años en la Fuerza Aérea alemana. A continuación y debido a una relación recíproca entre los gobiernos de Alemania y Estados Unidos, entró en una escuela de capacitación de pilotos de Big Spring, Texas, donde obtuvo la licencia tanto con la Fuerza Aérea alemana como con la de Estados Unidos. También ganó el valioso Trofeo del Comandante como el estudiante destacado de la clase de pilotos. En 1970, a los veintinueve años, Dieter F. Uchtdorf logró el rango de capitán en la Aerolínea Lufthansa. Finalmente llegó a ser el jefe de pilotos y vicepresidente de operaciones de vuelo en dicha aerolínea.

En 2004, antes de ser llamado al Quórum de los Doce Apóstoles y por una rara coincidencia, el élder Uchtdorf y yo viajamos juntos en un vuelo de Lufthansa a Europa. Con frecuencia, los pasajeros del avión reconocen y saludan a las Autoridades Generales que van en el mismo vuelo. Pero esa vez los saludos eran por razones muy diferentes: todos los integrantes de la tripulación del avión fueron entusiasmados a saludar a su antiguo jefe de pilotos; se pusieron en fila para tener el privilegio de estrecharle la mano. Sus profundos sentimientos de afecto por él eran sumamente evidentes; parecían percibir su gran fe, así como su sincero interés en ellos.

La fe del presidente Uchtdorf en el Señor se hizo obvia a medida que aceptaba los llamamientos para prestar servicio en la Iglesia. En 1985, lo llamaron como presidente de la Estaca de Francfort, Alemania; después, al cambiar los límites, fue llamado como presidente de la Estaca Mannheim, Alemania. En 1994, recibió el llamamiento como miembro del Segundo Quórum de los Setenta, durante el cual mantuvo su residencia en Alemania y sus responsabilidades de trabajo con Lufthansa. En 1996 llegó a ser Autoridad General de tiempo completo para prestar servicio en el Primer Quórum de los Setenta. Tres años después, el élder y la hermana Uchtdorf se mudaron a Utah, en lo que entonces pensaron que sería su “asignación de turno” en el extranjero.

En 2004, cuando el élder Uchtdorf fue llamado al Santo Apostolado, algunos periodistas se refirieron a él como “el Apóstol alemán”, a lo cual respondió enseñando correctamente que había sido llamado para representar al Señor ante el pueblo y no al pueblo ante el Señor. Ciertamente, ése es su llamamiento sagrado, en el que debe enseñar y testificar del Señor Jesucristo a “toda nación, tribu, lengua y pueblo” 4 .

El élder David A. Bednar fue llamado al Quórum de los Doce Apóstoles al mismo tiempo que el élder Uchtdorf. Cuando éste recibió el llamamiento a la Primera Presidencia, el élder Bednar dijo: “El sentarme junto al presidente Uchtdorf, prestar servicio con él y aprender de él han sido bendiciones muy grandes para mí. Sus enseñanzas y su manera de ser agradable y simpática me inspiran a trabajar con mayor diligencia y a ser mejor. Quiero al presidente Uchtdorf y lo sostengo en sus responsabilidades sagradas”.

Un hombre preordenado

No es posible conocer la vida de este gran hombre sin percibir también el hecho de que fue preordenado para las grandes responsabilidades que ahora tiene. Los profetas antiguos y los modernos han enseñando esta doctrina. Alma enseñó que los líderes del sacerdocio “fueron ordenados… llamados y preparados desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios” 5 .

El presidente Joseph F. Smith (1838–1918) reveló que los líderes (como el presidente Uchtdorf) “se hallaban entre los nobles y grandes que fueron escogidos en el principio para ser gobernantes en la Iglesia de Dios.

“Aun antes de nacer, ellos, con muchos otros, recibieron sus primeras lecciones en el mundo de los espíritus, y fueron preparados para venir en el debido tiempo del Señor a obrar en su viña en bien de la salvación de las almas de los hombres” 6 .

¿No sería interesante si se le pudiera preguntar a la madre del presidente Uchtdorf si tuvo la más mínima idea de que algún día su hijo menor sería llamado a prestar servicio en la Primera Presidencia? ¿Qué presentiría al enseñar a su pequeño hijo, preservarle la libertad y salvarle la vida? En una oportunidad en que se encontraba con los niños en una sala pública, sintió la impresión de que debía salir inmediatamente del edificio; como la impresión era urgente, consiguió un carrito, puso en él al pequeño Dieter y salió del edificio tan rápidamente como le fue posible. Poco después, la estructura quedó destruida por una acción de guerra y la mayoría de sus ocupantes perdieron la vida. La hermana Uchtdorf y sus hijos se salvaron.

El presidente Uchtdorf recuerda que cuando era niño, después de la Segunda Guerra Mundial, jugaba en casas que habían sido bombardeadas y que descubría armas y municiones que ha- bían quedado abandonadas en un bosque cercano. A través de los años, ha vivido con las consecuencias de la guerra, siempre presentes, y la percepción de que su propio país causó terribles sufrimientos a la gente de otros países; en realidad, también él y su familia fueron víctimas de una férrea dictadura.

Una vez, mientras piloteaba un avión, el control de manejo del avión dejó de funcionar bien; si no se corregía el problema, podía hacer que la aeronave cayera dando volteretas y se estrellara. Varios intentos de soltar el control atascado fracasaron; mientras tanto, su instructor de vuelo le repitió varias veces que saltara con paracaídas. Al fin, el fuerte y denodado piloto, Dieter F. Uchtdorf, pudo vencer la resistencia y aterrizar con éxito. El presidente Uchtdorf reconoce la mano del Señor en preservarle la vida en aquel tremendo trance 7 .

La posibilidad matemática de que el niño checoeslovaco, hijo de conversos, sobreviviera en medio de tantos peligros para luego ser llamado a servir en la Primera Presidencia es bastante improbable. Pero el Señor conocía y amaba a ese hombre especial desde antes de la formación del mundo. Sí, él ha sido preordenado para sus deberes como líder en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Actualmente se encuentra junto al presidente Thomas S. Monson en su sagrado llamamiento. El presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf son grandes siervos del Señor, bien dispuestos y capacitados para proporcionar consejos al Presidente de la Iglesia. Estos tres sumos sacerdotes presidentes se complementan entre sí, y los miembros de la Iglesia seguirán su dirección inspirada de buena gana y con gratitud.

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    Notas

  1.   1.

    Oficialmente llamada entonces República Democrática Alemana.

  2.   2.

    Véase Malaquías 3:10; 3 Nefi 24:10.

  3.   3.

    Véase de Dieter F. Uchtdorf, “La oportunidad de testificar”, Liahona, noviembre de 2004, pág. 74.

  4.   4.

    Mosíah 3:20; véase también Apocalipsis 14:6; 1 Nefi 19:17; 2 Nefi 26:13; Mosíah 15:28; 16:1; Alma 37:4; D. y C. 133:37.

  5.   5.

    Alma 13:3.

  6.   6.

    D. y C. 138:55–56.

  7.   7.

    Véase de Jeffrey R. Holland, “Élder Dieter F. Uchtdorf: Hacia nuevos horizontes”, Liahona, marzo de 2005, pág. 13.