Regresando a casa


Eduardo Gavarret
¡Qué impacto tremendo puede tener en la vida de tantas [personas]… el que aceptemos la invitación del Salvador de apacentar Sus ovejas…!

En Minas, mi ciudad natal en Uruguay, durante el invierno hace mucho frío. Al caer el sol, mi madre solía poner leños en la chimenea con el propósito de calentar el comedor, lugar donde poco a poco, al volver de nuestras labores cotidianas, nos íbamos reuniendo mis hermanas, mis padres y yo. Siempre atesoraré la sensación que me brindaba aquella habitación que, con el calor de la chimenea y la presencia de cada miembro de la familia, se tornaba muy acogedora.

Más adelante, mi esposa y yo formamos nuestra propia familia, y dondequiera que vivíamos nos reuníamos a menudo, ya fuera alrededor del fuego de una chimenea o simplemente al calor que sentíamos siempre que estábamos juntos con nuestros hijos.

¡Qué sentimiento tan hermoso! ¡Qué lugar tan especial: nuestra casa, nuestro hogar, nuestro refugio!

Con el correr de los años, nuestra familia se fue mudando de un país a otro y en cada lugar encontrábamos en la Iglesia el calor que nos brindaban los hermanos que nos recibían en los diferentes barrios a los que asistíamos.

Cada miembro de la Iglesia debería tener la oportunidad de experimentar esos agradables sentimientos; y puede experimentarlos mediante nuestro esfuerzo en la reactivación y en la obra misional.

Permítanme compartir con ustedes algo que ha estado sucediendo en algunas estacas y distritos de Perú y, al hacerlo, mencionaré a algunas familias: La familia Causo, la familia Banda, la familia Vargas y esta lista continúa y contiene más de mil setecientos nombres de miembros que han regresado a casa. Son miembros de diferentes barrios, ramas, estacas y distritos provenientes de todo el Perú, y cuyos presidentes de estaca, obispos, líderes de quórums y de organizaciones auxiliares les han invitado a regresar a casa. Ellos aceptaron la invitación que hicieron estos líderes del sacerdocio, los misioneros de tiempo completo y otros miembros que tomaron sobre sí la responsabilidad de extender a estas personas la invitación de regresar a la Iglesia y de venir a Cristo. A cada uno de ellos le decimos: ¡Bienvenido a casa!

¿Qué fue lo que hizo posible que estas personas regresaran a casa? Fue el esfuerzo combinado de los líderes de 14 estacas y 4 distritos de una misión que trabajaron durante un año para que volvieran todas estas personas mediante la reactivación o mediante las ordenanzas del bautismo y la confirmación.

Este esfuerzo estuvo inspirado en las palabras del Salvador: “¿Me amas?… Pastorea mis ovejas” (Juan 21:16) y en la enseñanza del presidente Thomas S. Monson quien expresó: “A lo largo de los años, hemos hecho llamados a los menos activos, a los ofendidos, a los que critican, a los transgresores, para que vuelvan. ‘Vuelvan y deléitense en la mesa del Señor, y saboreen otra vez los dulces y satisfactorios frutos de la hermandad con los santos” (“El mirar hacia atrás y seguir adelante”, Liahona, mayo de 2008, pág. 89–90).

Alma, al sentir gran pesar por el alma de sus hermanos, clamó al Señor diciendo:

“¡Oh Señor, concédenos lograr el éxito al traerlos nuevamente a ti en Cristo!

“¡He aquí, sus almas son preciosas, oh Señor, y muchos de ellos son nuestros hermanos; por tanto, danos, oh Señor, poder y sabiduría para que podamos traer a éstos, nuestros hermanos, nuevamente a ti!” (Alma 31:34–35).

El presidente Ángel Alarcón, de la Estaca Puente Piedra de Lima, Perú, compartió conmigo la siguiente experiencia: “Cada sábado, desde las 8:30 de la mañana hasta las 12:00 del mediodía, los misioneros, el obispo, algunos líderes de las organizaciones auxiliares y yo visitábamos a los miembros menos activos, a los nuevos conversos y a algunos que no eran miembros”.

En este momento de su relato, las palabras del himno vinieron a mi mente:

“Ama el Pastor Sus corderos,
con infinito amor,
los que a veces perdidos,
se oyen gemir de dolor.
Ved al Pastor conmovido,
por los collados buscar.
Vuelven ya todos gozosos;
salvos por Él se verán”

(Himnos, Nº 139).

El hermano Vargas, cuya casa está ubicada en un lugar de difícil acceso, recibió una llamada un sábado por la mañana. Era el presidente Alarcón que le llamaba desde su teléfono celular para avisarle que estaba por llegar a su casa. Entonces el hermano Vargas dijo: “Estoy sorprendido; es muy difícil llegar a mi casa”.

Enseguida vino la respuesta: “Bueno, estoy en la puerta en este momento y deseo hablar con usted. Lo necesitamos y queremos invitarle a asistir a las reuniones de la Iglesia mañana”.

Entonces, este hombre, que había dejado de asistir a la Iglesia durante muchos años, contestó: “Allí estaré”, y así inició su camino de regreso a casa.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.

“… De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:35–36, 40).

Hace un par de semanas, mientras participaba de las reuniones dominicales, tuve la ocasión de conocer a un hermano que asistía a la Iglesia por primera vez después de muchos años de haber permanecido alejado. Lo acompañaba su esposa, quien no era miembro de la Iglesia.

Al preguntarle qué lo había hecho decidir regresar, contestó: “Mi amigo Fernando y este buen obispo me invitaron a venir, y aquí estoy. Conocí la Iglesia hace muchos años y dentro de mí existe una pequeña brasa del Evangelio encendida en mi c orazón. No es muy intensa aún, pero ahí está”.

Le respondí: “Bueno, soplaremos juntos, como sus hermanos, para avivar esa brasa”, y luego nos abrazamos.

El interés, la atención y el cuidado hacia nuestros hermanos son profundas manifestaciones del amor que tenemos por nuestro Padre Celestial. De hecho, manifestamos nuestro amor por Dios cuando servimos y cuando ese servicio se centra en el bienestar de nuestros semejantes.

El rey Benjamín lo expresó de la siguiente forma: “Y he aquí, os digo estas cosas para que aprendáis sabiduría, para que sepáis que cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17).

¡Qué impacto tremendo puede tener en la vida de tantas familias menos activas, y en las que no son miembros de la Iglesia, el que aceptemos la invitación del Salvador de apacentar Sus ovejas e invitar a todos a venir a Cristo!

Estas experiencias son sólo una muestra de lo que miles de hermanos están haciendo de forma silenciosa respecto a la invitación del Señor de pastorear Sus ovejas. Recordemos que el amor y el servicio son pliegues de una misma vestidura.

¡Oh, si cada uno de nosotros aceptáramos, como una hermosa demostración de amor por nuestro Padre Celestial, la responsabilidad que tenemos como miembros de esta Iglesia de ir en pos de los que no están con nosotros hoy! Si mediante esta expresión de amor y servicio trajéramos una sola alma y si hiciéramos de esto un objetivo en nuestra vida, ¡cuánto regocijo y cuánta felicidad traeríamos a nuestra alma y a la de aquellos que ayudemos a volver a Cristo!

“¡Oye! La voz del Maestro
llama con tierno amor:
‘¿No buscaréis mis ovejas,
las que padecen dolor?’”

(Himnos, Nº 139).

Testifico que somos hijos e hijas de un Padre Celestial que nos ama y que nos conoce por nuestro propio nombre.

Expreso mi testimonio acerca del amor de nuestro Padre Celestial. Él nos amó primero y dio a Su Hijo para que, mediante Él, pudiéramos regresar a casa. Expreso mi amor por Él, mi Salvador, mi Señor y mi Maestro, mi Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.