Lugar en el mesón

“Lugar en el mesón” apareció impreso originalmente en Christmas Treasures [“Tesoros de Navidad”], Deseret Book, 1994.


Neil L. Andersen

Una hermosa y fría tarde de invierno nos dirigíamos en una furgoneta hacia la casa de la misión en Burdeos, Francia; era el 24 de diciembre de 1990, y estábamos en camino a casa para pasar la Navidad.

Mi esposa Kathy y yo, junto con nuestros cuatro hijos: Camey, de catorce años, Brandt, de trece, Kristen, de diez, y Derek, de ocho, acabábamos de pasar una semana inolvidable: a causa de las grandes distancias que formaban parte de nuestra misión, no habíamos reunido a los misioneros para celebrar la Navidad, sino que en cambio habíamos recorrido con nuestra familia todas las ciudades de la misión, brindando así un espíritu de unidad familiar y dando participación a los niños en un programa especial de Navidad. Con cada uno de los misioneros, nuestra familia se había regocijado en el gran privilegio de compartir el Evangelio restaurado de Cristo en esa gloriosa época del año.

El último día se habían unido a nosotros cuatro excelentes misioneros. La gran furgoneta azul, ya repleta, iba llena también del espíritu de Navidad, y los villancicos y las historias favoritas hacían que el tiempo pasara más rápido. Kristen y Derek estaban cada vez más entusiasmados con la expectativa de las sorpresas que les traería la mañana de Navidad. Casi podíamos sentir el aroma del pavo para la cena que un maravilloso matrimonio misionero estaba preparando para nuestro regreso. En el aire se percibía el espíritu de la Navidad.

No fue sino hasta avanzada la tarde que nos dimos cuenta del problema que estábamos por enfrentar; durante la mayor parte de la mañana habíamos tenido algunas dificultades al hacer los cambios en la furgoneta. Nos detuvimos para revisar el líquido de la caja de cambios y todo parecía estar bien. Para entonces, cuando ya estaba oscureciendo y todavía nos quedaban dos horas de viaje hasta Burdeos, la tercera, la cuarta y la quinta velocidades dejaron de funcionar.

Avanzamos lentamente en segunda por el camino rural bordeado de árboles; era imposible que llegáramos a Burdeos en esas condiciones, por lo que empezamos a buscar alguna ayuda. Nuestra primera esperanza fue una pequeña tienda de artículos generales que estaba por cerrar. Allí pregunté dónde podríamos alquilar un auto o encontrar una estación de tren; pero estábamos lejos de cualquier ciudad y mis preguntas no obtuvieron la respuesta que deseábamos.

Regresé a la furgoneta, donde observé la preocupación y la desilusión en las caras de nuestros hijos menores. ¿No íbamos a llegar a casa para la Nochebuena? ¿Tendrían que pasar aquella noche tan especial del año en una furgoneta de la misión abarrotada de gente? Después de haber brindado felicidad y alegría a los misioneros que estaban lejos de su casa, ¿iban a recibir la Navidad en un remoto camino rural de Francia, lejos de su propio hogar?

Kristen sabía a Quién debíamos recurrir e inmediatamente propuso que oráramos. Muchas veces habíamos orado en familia por los que necesitaban ayuda: por los misioneros, los investigadores, los miembros de la Iglesia, nuestros líderes, los habitantes de Francia y nuestra propia familia. Nos inclinamos para orar y suplicamos ayuda humildemente.

Ya había oscurecido. La furgoneta continuó marchando lentamente junto a los bosques de pinos, al paso de una persona que hace ejercicio trotando. Teníamos la esperanza de llegar a un pueblito que estaba a cinco kilómetros de distancia; al poco rato, con las luces del coche vimos el pequeño cartel con una flecha que nos indicaba el lugar: Villeneuve-de-Marsan.

Habíamos recorrido muchas veces el camino de doble vía desde Pau hasta Burdeos, pero nunca nos habíamos desviado de la carretera hasta el pueblecito de Villeneuve-de-Marsan. La escena que se nos presentó al entrar era la misma de muchos pueblos franceses: las casas y las pequeñas tiendas estaban pegadas unas a las otras y parecían amontonarse a los lados del angosto camino que conducía al pueblo. La gente había cerrado temprano los postigos de las ventanas y las calles estaban oscuras y desiertas. En el centro del pueblo, las luces de la antigua iglesia católica constituían la única señal de vida; brillaban resplandecientes en preparación para la tradicional misa de medianoche. Después de pasar la iglesia, la furgoneta aminoró la marcha y al fin se paró; felizmente, estábamos enfrente de una hermosa posada campestre que tenía las luces encendidas; nos pareció que era nuestra última oportunidad de obtener ayuda.

A fin de no inquietar a los de la posada con tanta gente, Kathy, Camey y los misioneros se quedaron en la furgoneta mientras los tres niños menores entraban conmigo. En la recepción había una joven a la cual le expliqué nuestra situación; ella notó la expresión ansiosa en las caras de mis hijos y nos dijo con bondad que esperáramos mientras iba a buscar al posadero, el señor Francis Darroze.

Camey entró para averiguar cómo estaban las cosas. Mientras esperábamos que apareciera el señor Darroze, ofrecí en silencio una oración de gratitud. Quizás no pudiéramos volver aquella noche a Burdeos, pero, ¡qué grande la bondad de nuestro Padre Celestial al habernos conducido hasta un hotel limpio! Me estremecí al pensar en que, con toda probabilidad, habríamos tenido que pasar la noche en la furgoneta, en una región remota de Francia. Noté que en la sala vecina había un restaurante y me sorprendió que estuviera abierto en Nochebuena. Al menos podríamos tener una buena cena, bañarnos con agua caliente y dormir cómodamente.

El señor Darroze llegó vestido con la ropa tradicional de cocinero francés, con su chaqueta cruzada y abotonada hasta la barbilla. Era el dueño de la posada, un hombre de importancia en la localidad. Sus ojos simpáticos y su pronta sonrisa comunicaban también que, además, era un caballero.

Le hablé de nuestro problema, de que éramos diez en la furgoneta y de que íbamos camino a Burdeos. Como notó mi acento, agregué que éramos estadounidenses y en una frase le expliqué por qué estábamos en Francia.

Inmediatamente se mostró dispuesto a ayudarnos. A unos dieciséis kilómetros había una ciudad no muy grande que tenía un servicio de trenes, y llamó para preguntar a qué hora había un tren a Burdeos, pero le informaron que no había ninguno sino hasta las 10:15 de la mañana de Navidad. Todos las compañías de autos de alquiler estaban ya cerradas.

En la cara de mis hijos menores se hizo evidente la desilusión que sentían. Pregunté al señor Darroze si había lugar en el mesón para alojar a nuestra familia y a los cuatro misioneros aquella noche. Aun cuando no llegáramos a casa, por lo menos era una gran bendición haber encontrado un alojamiento tan agradable.

El señor Darroze miró a mis hijos; hacía tan sólo unos pocos minutos que nos conocía, pero la hermandad que atraviesa todos los océanos y nos hace ser una sola familia le tocó el corazón. El espíritu de Navidad le llenó el alma. “Señor Andersen”, me dijo, “por supuesto, tenemos cuartos que ustedes pueden alquilar; pero estoy seguro de que no quieren pasar la Nochebuena aquí en la posada. Los niños deben estar en su hogar para esperar el alborozo de la mañana de Navidad. Le prestaré mi auto y podrán llegar a Burdeos esta noche”.

Me quedé asombrado ante su gran amabilidad. La mayor parte de la gente contempla con desconfianza a los extraños, particularmente a los extranjeros como nosotros. Le agradecí, explicándole que éramos diez y que un pequeño auto francés no podría jamás llevar a todos.

Él vaciló un momento, pero su vacilación no hizo disminuir su ofrecimiento, sino que lo aumentó.

”En la granja que tengo a unos dieciséis kilómetros de aquí hay una furgoneta vieja; la usamos para el trabajo de granja y sólo tiene los dos asientos del frente. No alcanzará más de unos setenta kilómetros por hora y no estoy seguro de que la calefacción funcione bien; pero si la quiere, lo llevaré hasta la granja para buscarla”.

Los niños brincaron de alegría al oírlo. Metí la mano en el bolsillo para sacar dinero y tarjetas de crédito, pero él sacudió la cabeza y un dedo en señal de desaprobación.

”No”, me dijo, “no aceptaré nada. Usted puede devolverme la furgoneta cuando tenga tiempo, después de Navidad. Es Nochebuena; ¡lleve a su familia a casa!”

Poco después de medianoche, aparecieron en la distancia las luces de Burdeos; los niños y los misioneros se habían quedado dormidos en la parte de atrás de la furgoneta del posadero. Al recorrer las conocidas calles que conducían a nuestro hogar, Kathy y yo agradecimos al bondadoso Padre Celestial nuestro propio milagro de Navidad, porque había escuchado nuestras oraciones en un momento en que solamente Él podía traernos de regreso a casa.

Llegamos a casa en Nochebuena, aun cuando en Villeneuve-de-Marsan había lugar en el mesón.

Ilustraciones por Richard Bird.

El señor Darroze sacudió la cabeza y un dedo en señal de desaprobación. El espíritu generoso de Navidad llenó su alma. “No”, me dijo, “no aceptaré nada”.

En un momento en que solamente nuestro Padre Celestial podía traernos de regreso a casa, Él había escuchado nuestras oraciones.