El invierno es una época muy fría del año en la Misión Rusia Moscú. Para un misionero, esto no solamente se aplica al estado del tiempo, sino también a la gente, que se vuelve introvertida. Parece que todos corren hacia casa después del trabajo; la gente se enferma, las calles son terriblemente resbalosas y el frío muerde sin piedad cualquier parte de la piel que quede expuesta. Es muy raro ver una sonrisa.

Mi compañero y yo nos encontrábamos en esas condiciones durante el invierno de 2005. Deseábamos alegrar a las personas al compartir con ellas nuestro mensaje de fe, esperanza y amor, pero nadie quería escucharnos y, francamente, mi estado de ánimo no era nada bueno; no podía evitar el sentirme descorazonado. Día tras día recorríamos las calles heladas en busca de alguien a quien enseñar y con los pies congelados hasta los huesos. A pesar de las desalentadoras circunstancias, no queríamos darnos por vencidos. Se acercaba la Navidad y sentíamos el deseo de ayudar a la gente a sentir el espíritu navideño. Pero, ¿cómo?

Una noche en que regresábamos a casa en tren, un pequeño grupo de músicos entró en el vagón y se puso a tocar; lo hacían maravillosamente, pero su ejecución no tuvo efecto en nadie, lo cual me sorprendió; tal vez una o dos personas les hayan dado algunas monedas, pero el resto de la gente permaneció con la mirada fija en las ventanillas congeladas. Me dio lástima por los músicos y también les di unas monedas.

Al poco rato llegamos a la estación cercana a nuestro apartamento y corrimos hasta casa. Apenas habíamos cerrado la puerta, cuando sonó el teléfono; al contestarlo, reconocí la voz de nuestro líder de distrito. Ese día teníamos que haber pensado en algunas ideas para que los misioneros celebráramos la época navideña. Se me había olvidado por completo, pero no quería que él lo supiera y esforzándome por pensar en algo, recordé al grupo de músicos y le sugerí que los del distrito cantáramos himnos de Navidad en los trenes; yo podía acompañarlos con el violín. Para mi sorpresa y, hasta cierto punto, consternación, la idea le encantó, así que decidimos el día en que lo íbamos a hacer. “¡En qué lío me he metido!”, me dije al recordar que tres de los misioneros de nuestro distrito desafinaban terriblemente.

Llegó el día señalado y los misioneros nos reunimos en la plataforma del tren. Hacía rato que se había puesto el sol y el frío era tremendo; yo ya sentía los pies entumecidos. Ensayamos unos cinco minutos hasta que el tren se acercó lentamente hacia la plataforma; de buena gana entramos en él para escapar del viento frío y de la nieve. Saqué el violín del estuche y ofrecí una oración silenciosa para que Dios conmoviera el corazón de los que nos iban a escuchar.

Cuando subimos al tren, la mayoría de la gente no nos prestó atención. Los dedos no se me habían calentado todavía, así que cuando empecé a tocar, el tono del violín era natural pero muy agudo. De pronto, el ambiente en el coche cambió; era como si en el aire se pudiera percibir algo especial. Parecía como si los demás pasajeros estuvieran conteniendo el aliento. Los otros misioneros se unieron a mí para cantar “Noche de luz”.

Noche de luz, noche de paz;

reina ya gran solaz

do el niño dormido está,

mensajero del Dios de verdad.

Duerme, niño, en paz;

duerme, niño, en paz.1

Mientras yo tocaba y los demás misioneros cantaban, nadie de los que iban en el vagón pronunció ni una sola palabra. Cuando terminamos de cantar, observé los rostros de las personas. Todos nos miraban atentamente; a varias mujeres les rodaban las lágrimas por las mejillas. Durante un momento todo estuvo en silencio, pues nadie quería interrumpir el espíritu que se sentía. Finalmente, un hombre que iba de pie en la parte trasera del vagón exclamó: “¡Son santos, verdaderos santos!” Y todos empezaron a aplaudir.

Al caminar por el pasillo en dirección al otro vagón, muchas personas quisieron darnos dinero y se quedaron aún más sorprendidas al ver que no lo aceptábamos. Al pasar, oí que alguien murmuraba para sí: “Esto es increíble”. Un hombre trató incluso de darnos mil rublos y se quedó perplejo cuando rehusamos el dinero; en cambio, le ofrecimos una tarjeta de obsequio, la que aceptó de buena gana; al momento, otros pasajeros empezaron a pedírnoslas; también nos hicieron preguntas sobre la Iglesia y sobre nosotros. En cualquier dirección que miráramos, veíamos caras sonrientes y gente que nos saludaba cálidamente. Al llegar al extremo del vagón, deseamos a los pasajeros feliz Navidad y nos despedimos de nuestros nuevos amigos.

Después de pasar la puerta, nos miramos unos a otros con incredulidad. “¿Qué ha pasado aquí?”, nos preguntamos mutuamente. Luego, con energía redoblada, entramos en otro vagón. Al principio, los pasajeros no nos prestaron ninguna atención, pero cuando terminamos de cantar el himno, tuvieron la misma reacción milagrosa. El resto de aquella noche fuimos pasando de un vagón al otro y lo mismo ocurrió en todos. Hasta entonces, nunca había presenciado tanta aceptación y afecto.

Al regresar a casa esa noche, me di cuenta de que habíamos experimentado un milagro realizado por la música, por el mensaje sobre el Salvador y por el espíritu de la Navidad. Aun en los momentos más fríos de nuestra vida, la presencia del Señor nos reconforta. Me sentí sumamente bendecido por haber visto el cambio tan radical que se produce en la gente cuando sienten la influencia del Espíritu. Siempre recordaré aquella noche y guardaré su recuerdo en el corazón como un tesoro. ¡Ruego que el Espíritu siempre produzca esa clase de milagros!

Ilustraciones por Gregg Thorkelson.

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Nota

  1. 1.

    “Noche de luz”, Himnos, Nº 127.