Mensaje de la Primera Presidencia

Acerquémonos a Él en oración y fe


Thomas S. Monson

Acerquémonos a Él en oración y fe

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” 1 . Así habló el sabio Salomón, hijo de David, rey de Israel.

Jacob, el hermano de Nefi, dijo: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe” 2 .

En esta dispensación, en una revelación que se dio al profeta José Smith, el Señor dijo: “Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis” 3 .

Este consejo divinamente inspirado nos llega hoy como agua cristalina en una tierra reseca.

Vivimos en tiempos difíciles. Los consultorios médicos están llenos de personas acosadas por problemas emocionales, así como por malestares físicos; los tribunales de divorcio están sobrecargados porque la gente no soluciona sus dificultades. En el gobierno y en la industria, los administradores de recursos humanos trabajan largas horas para tratar de auxiliar a las personas que enfrentan conflictos.

Al terminar un día sumamente ajetreado, un empleado de recursos humanos que estaba asignado para resolver quejas triviales colocó sobre su escritorio, en tono de burla, un cartelito para los que tuvieran problemas sin solucionar, que decía: “¿Has probado la oración?”. De lo que tal vez no se haya dado cuenta es que aquel sencillo consejo podía resolver más problemas, aliviar más sufrimiento, evitar más transgresión y brindar al alma humana mayor paz y contentamiento que cualquier otra cosa.

Cuando se le preguntó a un prominente juez de Estados Unidos qué podíamos hacer los ciudadanos de los países del mundo para disminuir el crimen y la desobediencia a la ley y para lograr paz y contentamiento individualmente y en nuestras naciones, él respondió con detenimiento: “Yo sugiero un retorno a la antigua práctica de la oración familiar”.

Fortaleza en la oración

Como pueblo, ¿no estamos agradecidos de que la oración familiar no sea una práctica anticuada para nosotros? No hay nada más hermoso en este mundo que ver a una familia orando junta. El dicho que se cita con frecuencia de que “la familia que ora unida permanece unida” tiene verdadero significado.

El Señor mandó que lleváramos a cabo las oraciones familiares cuando dijo: “Orad al Padre en vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidos vuestras esposas y vuestros hijos” 4 .

Acompáñenme para contemplar a una típica familia de Santos de los Últimos Días que ofrece oraciones al Señor. El padre, la madre y cada uno de los hijos se arrodillan, inclinan la cabeza y cierran los ojos; un dulce espíritu de amor, unidad y paz llena el hogar. Cuando el padre escucha a su pequeño hijo orar y pedir a Dios que su papá haga lo que es correcto y sea obediente a los mandatos del Señor, ¿les parece que a ese padre le será difícil honrar la oración de su preciado hijo? Cuando la jovencita escucha a su cariñosa madre orar al Señor y rogarle que inspire a su hija en la elección de compañeros y que se prepare para casarse en el templo, ¿no creen ustedes que esa hija tratará de honrar la humilde y ferviente súplica de su mamá, a la que tanto quiere? Cuando ambos padres y todos los hijos oran con fervor para que los buenos niños de la familia vivan dignamente a fin de que, a su debido tiempo, reciban un llamamiento para servir de embajadores del Señor en las misiones de la Iglesia, ¿no vamos a ver cómo se desarrollan esos hijos hasta convertirse en jóvenes con un inmenso deseo de prestar servicio siendo misioneros?

Estoy seguro de que fue la oración familiar lo que motivó una carta escrita hace unos años por una jovencita miembro de la Iglesia que asistía a una escuela secundaria en Colorado [Estados Unidos], donde se había pedido a los alumnos que escribieran una carta dirigida a un gran hombre que ellos mismos eligieran. La mayoría dirigieron su carta a un atleta célebre, a un conocido astronauta, al presidente de Estados Unidos y a otras personas famosas. Aquella joven, sin embargo, decidió dirigir la carta a su padre, y en ella escribió: “He decidido escribirte a ti, papá, porque tú eres el hombre más excepcional que he conocido en mi vida. Mi mayor anhelo es vivir de tal manera que tenga el privilegio de estar junto a ti y mamá y a otros miembros de la familia en el reino celestial”. Aquel padre nunca recibió una carta más preciada que esa.

Al ofrecer al Señor nuestras oraciones familiares y personales, hagámoslo con fe y confianza en Él. Recordemos la admonición de Pablo a los hebreos: “…porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” 5 . Si alguno de nosotros ha sido lento en prestar atención al consejo de orar siempre, no hay mejor momento para empezar que ahora mismo. William Cowper dijo: “Satanás tiembla cuando ve de rodillas al más débil de los santos” 6 . Aquellos que piensen que el hecho de orar tal vez indique una debilidad física o intelectual deberían recordar que una persona jamás se eleva a mayor altura que cuando está arrodillada orando.

No podemos saber lo que es la fe si nunca la hemos tenido, y no la podemos obtener en tanto que la neguemos. La fe y la duda no pueden existir en la mente al mismo tiempo, porque una anula a la otra.

Aceptemos Su invitación

Si nuestro deseo es deshacernos de toda duda y reemplazarla con una fe firme, todo lo que tenemos que hacer es aceptar la invitación que se nos extiende en la Epístola de Santiago:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” 7 .

Esta promesa motivó al joven José Smith a acercarse a Dios en oración. Con respecto a eso, nos dijo con sus propias palabras:

“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que… hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios. Al fin tomé la determinación de ‘pedir a Dios’, habiendo decidido que si él daba sabiduría a quienes carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin reprochar, yo podría intentarlo.

“Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de recurrir a Dios, me retiré al bosque para hacer la prueba… Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad, hasta ahora no había procurado orar vocalmente” 8 .

Ahora bien, si hemos vacilado en suplicar a Dios, nuestro Eterno Padre, simplemente porque todavía no hemos intentado orar, ciertamente podemos animarnos con el ejemplo del profeta José; pero recordemos que, como lo hizo el Profeta, debemos ofrecer nuestra oración con fe, no dudando nada.

Fue por la fe, no dudando nada, que el hermano de Jared vio cuando el dedo de Dios tocó las piedras en respuesta a su oración 9 .

Fue por la fe, no dudando nada, que Noé construyó el arca obedeciendo el mandato de Dios 10 .

Fue por la fe, no dudando nada, que Abraham estuvo dispuesto a ofrecer a su amado Isaac como sacrificio 11 .

Fue por la fe, no dudando nada, que Moisés condujo a los hijos de Israel para que salieran de Egipto y cruzaran el Mar Rojo 12 .

Fue por la fe, no dudando nada, que Josué y sus seguidores derribaron las murallas de Jericó 13 .

Fue por la fe, no dudando nada, que José vio a Dios, nuestro Padre Eterno, y a Jesucristo, Su Hijo 14 .

Claro que los escépticos tal vez dirán que esos extraordinarios relatos de fe ocurrieron hace mucho tiempo, que las épocas han cambiado.

¿Han cambiado realmente? ¿No seguimos amando a nuestros hijos y deseando que vivan con rectitud hoy como siempre? ¿No necesitamos que Dios nos atienda con Su divino cuidado protector hoy como siempre? ¿No estamos hoy como siempre a Su merced y en deuda con Él por la vida que nos ha dado?

Los tiempos no han cambiado realmente. La oración sigue dándonos poder, un poder espiritual; sigue brindándonos paz, una paz espiritual.

La fe en acción

En dondequiera que estemos, nuestro Padre Celestial oye y contesta la oración que se ofrece con fe. Esto es verdad especialmente en el campo misional por todo el mundo. Mientras presidía la Misión Canadiense, bajo la dirección del presidente David O. McKay (1873–1970), mi esposa y yo tuvimos la oportunidad de prestar servicio con algunos de los mejores hombres y mujeres jóvenes del mundo; la forma de vivir de aquellos jóvenes misioneros era un ejemplo de fe y oración.

Un día se encontraba en mi oficina un misionero recién llegado; era inteligente, fuerte, alegre y estaba agradecido de ser misionero, lleno de entusiasmo y deseo de prestar servicio. Mientras hablábamos, le dije: “Élder, me imagino que su padre y su madre lo apoyan de todo corazón en su llamamiento misional”. Él inclinó la cabeza y me contestó: “No, no mucho, presidente. Sabe, mi padre no es miembro de la Iglesia; no cree lo que nosotros creemos, así que no aprecia totalmente la importancia de mi asignación”.

Sin vacilar, e inspirado por una Fuente que no procedía de mí, le dije: “Élder, si sirve a Dios proclamando Su mensaje de manera honrada y diligente, su padre se convertirá a la Iglesia antes de que usted termine la misión”. Me tomó la mano, estrechándola con mucha fuerza y, con los ojos llenos de lágrimas que le corrían por las mejillas, me respondió: “El ver a mi padre aceptar la verdad sería la bendición más grande de mi vida”.

Pero aquel joven no se quedó sentado esperando y deseando que se cumpliera la promesa, sino que siguió este sabio consejo de antaño: “Ora como si todo dependiera de Dios; y esfuérzate como si todo dependiera de ti”. Así fue el servicio misional de aquel jovencito.

En cada conferencia de misioneros, lo buscaba antes de las reuniones y le preguntaba: “Élder, ¿cómo va el progreso de su papá?”.

Su respuesta casi siempre era la misma: “No hay progreso, presidente, pero sé que el Señor cumplirá la promesa que me hizo por medio de usted como mi presidente de misión”. Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses y, finalmente, dos semanas antes de salir nosotros de la misión para regresar a casa, recibí una carta del padre de ese misionero, que decía:

“Estimado hermano Monson:

“Quiero agradecerle profundamente el haber cuidado tan bien a mi hijo, que acaba de terminar su misión en Canadá y que ha sido una inspiración para nosotros.

“Al salir en su misión, a él se le prometió que yo iba a hacerme miembro de la Iglesia antes de su regreso. Creo que fue usted quien, sin que yo lo supiera, le hizo esa promesa.

“Tengo el placer de informarle que me bauticé en la Iglesia una semana antes de que él terminara la misión, y que actualmente soy el director atlético de la AMM y tengo, además, una asignación de enseñanza.

“Mi hijo está asistiendo a la Universidad Brigham Young, y su hermano menor también se bautizó recientemente y fue confirmado miembro de la Iglesia.

“Permítame agradecerle nuevamente toda la bondad y el amor que él recibió de sus hermanos del campo misional en los últimos dos años.

“Cordialmente, su sincero servidor, un padre agradecido”.

La humilde oración de fe había recibido de nuevo respuesta.

Desde el principio del mundo hasta el presente, hay una valiosa característica que ha sido común a todo relato de fe. Abraham, Noé, el hermano de Jared, el profeta José Smith e incontables otras personas querían ser obedientes a la voluntad de Dios: tuvieron oídos que oyeron, ojos que vieron y corazones que supieron y sintieron.

Ellos jamás dudaron, sólo confiaron.

Mediante la oración personal y la oración familiar, al confiar en Dios con fe, no dudando nada, podemos invocar Su extraordinario poder para rescatarnos. El llamado que Él nos hace es, como siempre ha sido: “Venid a mí” 15 .

Ideas para los maestros orientadores

Una vez que estudie este mensaje con ayuda de la oración, preséntelo empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación, se citan algunos ejemplos:

  1. 1.

    Lea el relato sobre el misionero en la sección “La fe en acción”, y analicen la forma en que la fe, la oración y el trabajo dedicado contribuyeron a que se cumpliera la promesa que él había recibido. Diga a la familia que piense en algo en lo cual estén procurando ayuda del Señor; ínstelos a anotar lo que ellos pueden hacer para merecer la respuesta o la ayuda que les haga falta. Invítelos también a ejercer la fe en el Señor mientras suplican Su ayuda y se esfuerzan por hacer su parte en hallar una solución.

  2. 2.

    Lean partes de la sección “Aceptemos Su invitación”; luego, que los miembros de la familia se turnen para terminar la cláusula siguiente empleando sus propias experiencias al respecto: “Fue por la fe, no dudando nada, que…” Analicen lo que significa orar con más fe. Deje a la familia una tarjeta que tenga esto escrito: “¿Has probado la oración?”

No hay nada más hermoso en este mundo que ver a una familia orando junta. El dicho que se cita con frecuencia de que “la familia que ora unida permanece unida” tiene verdadero significado.

Aquellos que piensen que el hecho de orar tal vez indique una debilidad física o intelectual deberían recordar que una persona jamás se eleva a mayor altura que cuando está arrodillada orando.

Ilustración fotográfica por Matthew Reier; El hermano de Jared ve el dedo del Señor,por Arnold Friberg, © IRI

Fue por la fe, no dudando nada, que el hermano de Jared vio cuando el dedo de Dios tocó las piedras en respuesta a su oración.

Confiando en Dios con fe, no dudando nada, podemos invocar Su extraordinario poder para rescatarnos. El llamado que Él nos hace es, como siempre ha sido: “Venid a mí”.

Izquierda: ilustración fotográfica por Craig Dimond; derecha: fotografía por David Newman.

Jesucristo, por Harry Anderson, © IRI