Sé ejemplo de los creyentes


Ann M. Dibb
Las cosas pequeñas y sencillas que ustedes elijan hacer hoy se magnificarán para convertirse mañana en grandes y gloriosas bendiciones.

Me siento feliz por estar aquí con ustedes esta noche, y humilde al pensar en lo bueno de ustedes. Son un panorama hermoso e inspirador. Espero que mi madre, o la hermana Dalton, me firme la experiencia número cuatro del valor “Conocimiento” de mi Progreso Personal, pues este discurso ciertamente debería cumplir el requisito de presentar un discurso de cinco minutos sobre un principio del Evangelio (véase El Progreso Personal para las Mujeres Jóvenes, folleto, 2001, pág. 35).

Amo a las jovencitas, amo a mis jovencitas y amo el programa de las Mujeres Jóvenes. Cuando era una jovencita, el programa de las Mujeres Jóvenes y la Mutual eran parte importante de mi vida. Amaba a mis amigas, las lecciones que se nos enseñaban, las conferencias de la juventud y los campamentos.

Mis líderes me amaban y me enseñaron las verdades del Evangelio; fueron un segundo testigo de los principios del Evangelio que mis padres habían enseñado. Mis padres, mi obispo y mis queridas líderes de las Mujeres Jóvenes fueron “ejemplo[s] de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12); y yo seguí su ejemplo con gusto porque anhelaba ser como ellos.

Al pensar en la época en que era una mujer joven, reconozco que no comprendía la magnitud de lo que sucedía en mi vida; no me daba cuenta de que el participar en todas las actividades de la Iglesia me estaba ayudando a establecer un modelo y un compromiso para toda la vida de seguir las enseñanzas de Jesucristo. No comprendía que se me estaba preparando para mi vida futura como persona, esposa, madre y líder. No comprendía que al tratar de escoger lo correcto, estaba honrando mis convenios bautismales, ejerciendo la fe, aumentando mi virtud y preparándome para ir al templo. En aquel entonces no reconocía todo ello, pero, a pasos muy pequeños y graduales, me estaba convirtiendo en creyente y en un “ejemplo de los creyentes”.

Aunque no teníamos el programa del Progreso Personal como ustedes lo tienen hoy día, teníamos uno muy similar. Incluía oportunidades de aprender, practicar e informar nuestro progreso al vivir los principios del Evangelio. Hace poco tuve la ocasión de reflexionar en mis experiencias cuando mi amiga y ejemplo, la hermana Kathy Andersen, me mostró su “Manual de Abejitas”. Me gustaría compartir algunos puntos del usado libro de la hermana Andersen.

En cuanto al tema “Ama la verdad”, se les indicaba lo siguiente:

“1. Sé amable y participa en las clases.

“2. Sé honrada en todos tus actos. Es importante adquirir conocimiento en la escuela, pero también es importante ser honrada e íntegra y no hacer trampas. Si “pasas” las clases, pero “no pasas” el examen de carácter por ser deshonesta, entonces no has aprendido el significado de la verdad.

“3. No digas chismes ni los escuches durante este mes. Procura hacer de ello un hábito el resto de tu vida.

“4. Reconoce las muchas cosas buenas de los integrantes de tu familia y de tus amigos y diles de forma sincera y genuina lo que has observado. Ellos te apreciarán más. Recuerda, no “adules ni trates de halagar” (Beehive Girl’s Handbook [Manual de Abejitas], 1967–1968, pág. 59).

Aunque lo que acabo de leer pueda parecer anticuado, encierra verdad. Las mujeres jóvenes “creyentes” deben ser corteses, honradas, hablar con amabilidad y ser sinceras. Estas cosas pueden parecer pequeñas y sencillas, pero el profeta Alma, del Libro de Mormón, enseña: “Ahora bien, tal vez pienses que esto es locura de mi parte; mas he aquí, te digo que por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas; y en muchos casos, los pequeños medios confunden a los sabios” (Alma 37:6).

Últimamente he seguido a nuestros profetas vivientes al trabajar en el nuevo valor de la virtud del Progreso Personal para las Mujeres Jóvenes. Aunque eso parezca una cosa pequeña y sencilla, les testifico que la experiencia número 3 del valor ya ha tenido un gran impacto en mi vida. La experiencia requiere el estudio de Alma, capítulo 5, y luego que escribas una lista de lo que harás a fin de prepararte para entrar en el templo y recibir las bendiciones que nuestro Padre Celestial ha prometido. (Véase Mujeres Jóvenes, Progreso Personal [agregado, 2009], pág. 3).

Al estudiar las palabras de Alma, me sentí humilde por las muchas cosas que debo hacer para ser contada entre el rebaño del Buen Pastor. La lista que escribí en mi diario personal incluye:

“Debo escoger nacer espiritualmente de Dios y recibir Su imagen en mi rostro [véase el versículo 14].

“Debo escoger ejercer la fe en la redención de Aquel que me creó [véase el versículo 15].

“Debo escoger salir de entre los inicuos y conservarme aparte [véase el versículo 57].

“Debo escoger despojarme del orgullo y ser suficientemente humilde para caminar sin culpa delante de Dios [véanse los versículos 27–28].

“Debo escoger cambiar, arrepentirme y aceptar la invitación del Señor de ir a Él y participar del fruto del árbol de la vida” [véase el versículo 34].

En mi diario, me comprometí a hacer lo siguiente; reconozco que algunos de ellos reflejan mis desafíos personales.

“Leer mis Escrituras y aplicarlas más a mi vida.

“Ser positiva y no quejarme.

“Demostrar respeto y no burlarme de los demás.

“Expresar gratitud, especialmente a las personas más cercanas a mí.

“Ser más ordenada e invitar al Espíritu en mi casa y en mi vida.

“Arrepentirme, aumentar mi humildad y analizar el estado espiritual de mi corazón.

“Interpretando las palabras de Alma para mí misma, cambiaré; escogeré aumentar mi compromiso de ser un ‘ejemplo de los creyentes’”.

Debido a que participé en esa actividad “pequeña y sencilla” del Progreso Personal, mi testimonio de los profetas y mi compromiso de seguir a Jesucristo aumentó notablemente. Trabajar en esa meta me preparó para ser más receptiva al Espíritu la siguiente vez que asistí a la Iglesia y al templo. Cada vez que vuelvo a leer lo que escribí en mi diario, siento el Espíritu y recuerdo lo que sentía al completar esa experiencia sentada a la mesa de mi cocina. El capítulo 5 de Alma es ahora uno de mis capítulos preferidos. En verdad recibí muchas bendiciones al hacer de ésta mi experiencia del Progreso Personal.

Anteriormente mencioné a la hermana Andersen y su Manual de Abejitas. Ella es la esposa del élder Neil L. Andersen, de la Presidencia del Quórum de los Setenta [actualmente miembro del Quórum de los Doce Apóstoles], una madre y abuela. Me encanta la idea de que aun cuando se ha mudado tantas veces, ella siempre ha sabido dónde encontrar su manual y su banda de logros. La hermana Andersen ha dado su apoyo a su esposo y ha enseñado el Evangelio por todo el mundo; además, ha sido un ejemplo de bondad y de lo que significa ser mujer siendo un fiel miembro de la Iglesia.

Cuando era una niña de 11 años, la hermana Andersen ansiaba entrar en el programa de las Mujeres Jóvenes. Cuando finalmente llegó su cumpleaños, le dieron un Manual de Abejitas. La hermana Andersen explica:

“Al comienzo del libro decía: ‘Como Abejita, y por el resto de tu vida, establece metas elevadas’ (Beehive Girl’s Handbook, pág. 12). Sabía que iba a ser una gran aventura para mí. Llevé mi libro a casa y de inmediato lo leí de tapa a tapa para ver las metas que debía alcanzar durante los dos años siguientes.

“Descubrí que había ochenta posibles metas de las cuales escoger. Entusiasmada, decidí que si me esforzaba podría lograr todas las metas de mi libro, bueno, salvo una: ir al templo… y hacer bautismos por los muertos (Beehive Girl’s Handbook, pág. 140). No [podía] hacer bautismos por los muertos, porque no [había] un templo en Florida”.

La hermana Andersen decidió hablar con su padre en cuanto a la situación. Su carta continúa:

“Mi padre vaciló por un breve momento. No teníamos familiares que vivieran en el oeste ni ninguna otra razón para ir a Utah. Me dijo, pensativo: ‘Kathy si logras todas las demás metas de tu libro de Abejitas, te llevaremos los 4.000 km al templo de Salt Lake City para que efectúes bautismos por los muertos y logres tu última meta’.

“Trabajé en las metas de mi libro de Abejitas durante dos años y cumplí setenta y nueve de ellas. Mi padre trabajó durante esos dos años a fin de ahorrar lo suficiente para hacer el viaje al templo. Mi padre cumplió la promesa que me había hecho.

“El viaje en avión era muy caro para nuestra familia, así que viajamos en automóvil más de 8.000 kilómetros ida y vuelta a Salt Lake City para que yo pudiera completar mi última meta de las Abejitas. ¡Qué gozo sentí al entrar en el Templo de Salt Lake y cuando, como representante, mi padre me bautizó por los muertos! Fue una experiencia que nunca olvidaré.

“Siempre estaré agradecida a mi madre y a mi padre por estar dispuestos a hacer del templo una parte importante de mi vida… Con sabiduría comprendieron que al trabajar en mis metas de las Mujeres Jóvenes mi fe se fortalecería. La fe y el sacrificio de mis padres al realizar el largo trayecto a Salt Lake City tuvo un gran impacto en mí y en las generaciones posteriores” (“I Can Complete All of the Goals—Except One”, manuscrito inédito).

Cuando era una jovencita, la hermana Andersen se esforzó por hacer las cosas pequeñas y sencillas que la ayudarían a llegar a ser una mujer ejemplar —un “ejemplo de los creyentes”— y eso es lo que ella ha llegado a ser. Cada una de ustedes tiene la misma oportunidad. Las cosas pequeñas y sencillas que ustedes elijan hacer hoy se magnificarán para convertirse mañana en grandes y gloriosas bendiciones. El vivir cada día como “ejemplo de los creyentes” las ayudará a ser felices y más seguras de ustedes mismas; fortalecerá su testimonio, las ayudará a cumplir sus convenios bautismales y las preparará para recibir las bendiciones del templo, a fin de que algún día puedan regresar a su Padre Celestial.

Ruego que cada una de nosotras se esfuerce por ser “ejemplo de los creyentes”; que vivamos el evangelio de Jesucristo y hagamos todo lo que se nos pide que hagamos, y que lo hagamos con fe, no dudando nada, con un corazón puro y virtuoso, es mi sincera y humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.