Correrán sin fatigarse


Una de las bendiciones más grandes que recibimos al venir a esta tierra es la del cuerpo físico. La Palabra de Sabiduría, que se encuentra en la sección 89 de Doctrina y Convenios, nos enseña “el orden y la voluntad de Dios en la salvación temporal de todos los santos en los últimos días” (versículo 2). A continuación se presentan diversos testimonios de Santos de los Últimos Días del mundo entero en cuanto a la Palabra de Sabiduría.

Nunca se es demasiado joven

Tengo trece años y sé que si cuidamos nuestro cuerpo recibiremos la bendición que se promete en la Palabra de Sabiduría (D. y C. 89:20), de que correremos sin fatigarnos. Cuando practico deportes, tomo alimentos saludables y duermo lo suficiente, me fortalezco. Al cumplir este mandamiento, me libro de sustancias adictivas y no estoy bajo su control.

Sé que el Padre Celestial no nos dio la Palabra de Sabiduría para limitarnos, sino para que disfrutemos de salud y felicidad. Satanás trata de tentarnos para que creamos que, si fumamos y tomamos alcohol, los demás nos aceptarán y seremos libres y felices; pero eso no es cierto. A veces es difícil mantener normas elevadas, sobre todo en la escuela; pero cuando me esfuerzo por dar un buen ejemplo, ayudo a mis amigos a comprender la importancia de tomar decisiones correctas.

La bendición más grande que he recibido por cumplir la Palabra de Sabiduría es la oportunidad de tener la guía constante del Espíritu. Tengo la meta de ser digno de entrar en el templo algún día.

Sevil V., Plovdiv, Bulgaria

Ayuda para la diabetes

Soy una abuela de 57 años a quien se diagnosticó diabetes en junio de 2006. Además de tomar los medicamentos, recurrí a los consejos de la Palabra de Sabiduría. Aprendí la importancia de hacer ejercicio y seguir una dieta saludable. Bajé cuarenta kilos y he logrado mantenerme. El día en que el médico suspendió mi tratamiento para la diabetes y la tensión alta, me sentí muy bendecida por mi obediencia a la Palabra de Sabiduría. Tengo un testimonio de la Palabra de Sabiduría, ya que las bendiciones espirituales y físicas que he recibido mediante la obediencia a este mandamiento siguen siendo una realidad en mi vida.

Beverly Rutherford, Washington, E.U.A.

Corriendo maratones a los 73 años de edad

Nací en Brasil con raquitismo, una enfermedad que se caracteriza por la deformación de los huesos. Cuanto tenía 19 años, pesaba 50 kilos y medía 1,64 metros, lo que me impidió alistarme en el ejército. Decidí buscar maneras de mejorar mi estado físico, y comencé a hacer una serie de ejercicios y a seguir una dieta equilibrada.

Durante este periodo, entré en contacto con los misioneros. Aprendí acerca de la Iglesia y los mandamientos, entre ellos la Palabra de Sabiduría. Esto era exactamente lo que necesitaba, ya que me indicaba los alimentos que debía comer y las sustancias que debía evitar, como el tabaco y las bebidas fuertes. Al leer Doctrina y Convenios, aprendí acerca de la necesidad de descansar y dormir adecuadamente (véase D. y C. 88:124).

Cobré fuerzas y subí de peso hasta llegar a los 78 kilos. Me convertí en un campeón del levantamiento de pesas, y también participé en judo y natación. Ahora tengo setenta y tres años y soy corredor de maratones, con treinta de ellos ya a mis espaldas. En 2005 y 2006 obtuve el segundo lugar de todo Brasil en mi categoría de edad. Disfruto de excelente salud y soy muy feliz.

Me siento agradecido a nuestro Padre Celestial por darnos leyes que, si las cumplimos, nos brindarán la bendición de la salud.

Antonio Olívio de Oliveira, São Paulo, Brasil

Una jarra de vino

Mientras limpiaba el salón de belleza después de salir de la escuela, encontré una botella de vino medio llena que había quedado abandonada tras una fiesta. Le pregunté a mi jefe qué debía hacer con ella. “Vacíala y tira la botella”, me dijo al marcharse. Cerró la puerta con llave al salir y me quedé sola. Seguí con mis tareas habituales de limpieza, pero no podía dejar de pensar en esa botella. Tenía catorce años de edad, nunca había probado el vino, y aquello me tentaba.

Limpié el baño, esterilicé los cepillos para el pelo y fregué el suelo, sin dejar de pensar ni un momento en aquella botella de vino que estaba en el cuarto de atrás. Sabía que un sorbito no me emborracharía y que nadie se enteraría; no obstante, esto me hizo pensar que yo lo sabría, y también mi Padre Celestial. Allí se acabó mi lucha. Sabía que si cedía a la tentación lo lamentaría, y deseaba ser fuerte para resistir todas las tentaciones. Vacié el vino por el desagüe, enjuagué la botella y la tiré a la basura.

Puede que esta experiencia parezca insignificante, pero lo cierto es que dejó una huella en mí. Tomé la decisión de que obedecería los mandamientos incluso cuando nadie estuviera mirando. Quería hacer lo correcto por el motivo correcto. Ahora sé que tengo la fuerza suficiente para resistir las tentaciones, y tengo más confianza en mi capacidad de seguir el camino de regreso a mi Padre Celestial.

Beth M. Stephenson, Oklahoma, E.U.A

Fuerza para perseverar

Un año después de bautizarme, me convertí en bombero voluntario. Guardaba la Palabra de Sabiduría a pesar de que mis amigos me ofrecían tabaco, alcohol, té y café. Cuando me preguntaron por qué rechazaba esas cosas y les dije que era mormón, la mayoría de ellos se burlaron y se rieron de mí.

Un día tuvimos que tomar una prueba física de tres horas para determinar quiénes serían aptos para seguir en el cuerpo de bomberos. Llevábamos puesto un pesado uniforme y botas y debíamos cargar un aparato para respirar. Antes de comenzar la prueba, vi que los demás estaban fumando y riéndose de mí, ya que sólo era un adolescente y pensaban que no aguantaría la prueba.

Para empezar, tuvimos que correr varias veces alrededor de un campo, mientras portábamos mangueras extremadamente pesadas. Después de la primera vuelta, me dolían las piernas y el cuerpo, y mis colegas se reían de mí. En aquel momento recordé lo que dice en Doctrina y Convenios 89: “Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos… y correrán sin fatigarse” (versículos 18, 20).

Me arrodillé y rogué al Señor que me concediera la fe necesaria para que se cumpliera la promesa. Varios hombres se acercaron para ver si me encontraba bien y les dije que sí. Después comenzamos a correr otra vez, e inmediatamente dejaron de dolerme las piernas. Corrí sin parar y observé que los otros habían caído al suelo por el cansancio, pero a mí nada me podía detener. Pasé la prueba, mientras que mis colegas tuvieron que repetirla.

Sé que gracias a mi obediencia a la Palabra de Sabiduría fui capaz de pasar esa prueba. Sé que Dios estuvo conmigo aquel día y que si obedecemos Sus mandamientos nos bendecirá con Su infinita misericordia.

Cristian Castro Marín, Santiago, Chile

Un compromiso diario

Dos días después del funeral de mi madre, me miré en el espejo. Lo que vi no me gustó: ojeras, piel pálida, mala postura y entre cuatro y siete kilos de más. Los últimos tres años que había dedicado al cuidado de mis padres habían dejado sus huellas. Con el estrés ocasionado por la enfermedad de mis padres y la defunción de ambos en un plazo de dos años, era normal que pareciera que no había dormido bien ni comido de manera equilibrada desde hacía varias semanas.

A los veintiséis años de edad, me encontraba en un momento crítico; podía seguir como estaba y exponerme a la diabetes, a enfermedades cardiacas o al cáncer, que eran comunes en mi familia, o podía tomar control y establecer mi salud como prioridad. Sería un compromiso para toda la vida, no sólo para unas pocas semanas. Mientras observaba mi aspecto enfermizo, me hice una promesa: viviría la Palabra de Sabiduría como nunca antes lo había hecho.

Mi esposo y yo comenzamos a hacer ejercicio dos o tres veces a la semana; presté más atención a la cantidad de calorías que ingería; agregué más fruta y verduras a mis comidas. Me costó esfuerzo, pero aprendí a interpretar las etiquetas de información nutricional y a tomar decisiones más saludables en cuanto a la alimentación.

La verdadera clave de mi éxito fue que me fijé metas realistas. Deseaba bajar de peso, aumentar mi nivel de energía y tener un aspecto más saludable. Con la ayuda del Padre Celestial y el apoyo de mi maravilloso marido, alcancé los tres objetivos.

Seis años más tarde, sigo haciendo ejercicio con regularidad y prestando atención a mi alimentación. Sigo fijándome metas para estar en forma y cuidar mi dieta, y me esfuerzo por alcanzarlas cada día. Si alguien me hubiera dicho en aquella época que un día me apasionaría el ejercicio, francamente no lo habría creído. Soy una prueba viviente de que podemos cambiar nuestro estilo de vida si lo deseamos de verdad. Si ponemos nuestra fe en el Padre Celestial, Él nos sostendrá en nuestro esfuerzo.

Me siento a gusto conmigo misma al esforzarme por lograr una salud óptima. Desde que asumí este compromiso, tengo la mente más despejada y ágil, y me siento más fuerte y con más energía física. Por ello, disfruto de las maravillosas bendiciones que el Padre Celestial ha prometido a los que siguen la Palabra de Sabiduría. Él dice que todos los santos obedientes “recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos; y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos” (D. y C. 89:18–19).

Meagan Sandor, Ontario, Canadá

Preparación de un plan

Poco después de que mi madre y yo nos bautizamos, ella empezó a trabajar como enfermera titulada. Como madre sola, no tenía tiempo para cocinar, así que empezamos a comer más alimentos procesados y comida rápida. Aunque yo sólo tenía doce años, mi salud comenzó a empeorar. No tenía la energía de antes, me sentía cansado y con ansiedad, y empecé a subir de peso.

Le pregunté a mi madre cómo podía ponerme en forma. Ya que esperaba que me diera una respuesta médica, me sorprendió cuando dijo simplemente: “Vive los principios de la Palabra de Sabiduría”. Pensé que me daría consejo en cuanto a calorías, hidratos de carbono y grasas, pero su respuesta fue exactamente lo que necesitaba.

El lunes siguiente, durante la noche de hogar, repasamos Doctrina y Convenios 89 y preparamos un plan de alimentación y de ejercicio. Nuestro estilo de vida dio un giro radical, y ambos comenzamos a sentirnos más saludables y felices. Me di cuenta de que sentía mayor paz y que percibía más fácilmente los apacibles susurros del Espíritu Santo.

Me siento agradecido por un amoroso Padre Celestial que desea comunicarse con nosotros. Ahora sé que debemos estar preparados física y espiritualmente para recibir revelaciones sagradas y personales.

Eric D. Richards, Utah, E.U.A.

Levantarse temprano

El mandamiento de levantarse temprano no se encuentra en Doctrina y Convenios 89, sino en la sección 88: “acostaos temprano para que no os fatiguéis; levantaos temprano para que vuestros cuerpos y vuestras mentes sean vigorizados” (versículo 124).

Mi esposo se levanta a las cinco de la mañana para ir al trabajo. Antes yo no me levantaba con él, ni con mis hijos adolescentes, sino que seguía durmiendo. Por la noche me acostaba temprano, pero mi esposo se quedaba despierto hasta las once o más tarde. Yo me preocupaba porque a él le daba sueño cuando manejaba el auto. Necesitábamos un cambio.

Decidí levantarme con mi esposo y desayunar con él. Esto ahora nos permite pasar tiempo juntos por la mañana, y también estoy con mis hijos antes de que se vayan a la escuela; hacemos una oración y les doy un abrazo al marcharse.

Ahora mi esposo también se acuesta temprano. Yo duermo mucho mejor que antes, así que no me hacen falta tantas horas de sueño. Parece que hay muchas cosas que se están mejorando en mi vida porque me esfuerzo por obedecer el consejo de levantarme temprano.

Linda Davis, Utah, E.U.A.

Ilustraciones fotográficas por John Luke.