Mensajes instantáneos

Por Lia McClanahan


Me aguardaba algo hermoso

“¿Hay alguna persona todavía despierta?” La primera vez que hice la pregunta, había recibido el susurro de dos respuestas afirmativas. Horas más tarde, el silencio me confirmó que yo era la única persona de la habitación que seguía sin poder dormir.

Era la primera noche que pasaba en el Centro de Capacitación Misional (CCM). Aquel día, me había despedido de mis padres, había conocido a mi compañera y a los otros nuevos misioneros que servirían en Italia, y había asistido a la primera ronda de clases. Estaba agotada, pero mi mente no dejaba de dar vueltas por la ansiedad. “¿En qué lío me he metido?”, me preguntaba una y otra vez. No sabía si sería capaz de aprender a ser una misionera. ¿Tendría el valor para viajar a un país extranjero y hablar del Evangelio a desconocidos? Quizá no debía estar en ese lugar. Las lágrimas me empezaron a rodar por las mejillas.

Entonces recordé algo que mi madre me había dicho acerca de su hermano Larry. El tío Larry sirvió una misión en Uruguay y Paraguay en los años setenta. Al principio, había pasado varias noches en vela, ya que se preocupaba por sus ineficiencias. Cuando sentía que no podía aguantar más, se levantaba de la cama, se dirigía al cuarto de baño y se arrodillaba para suplicarle al Padre Celestial que le diera paz. De alguna manera, con la ayuda del Señor, el tío Larry salió adelante y sirvió una misión fiel.

Este pensamiento me dio cierta esperanza y me dirigí lentamente por el pasillo hasta el cuarto de baño. En medio de la tenue luz, me arrodillé sobre el frío suelo de azulejos y me puse a sollozar. Le supliqué al Padre Celestial que me concediera un sentimiento de paz a fin de tener el valor para seguir adelante.

Esperé, pero no sucedió nada; esperé un poco más, escuchando solamente el sonido de mis sollozos. Al final, no había nada más que hacer que volverme a acostar.

En el momento en que estaba por quedarme dormida, llegó la respuesta. El Espíritu me llenó la mente de una impresión brillante y cálida de un lugar hermoso. De repente, tuve la certeza de que aunque quizá tuviera dificultades y temores al principio, si seguía adelante, conseguiría llegar a donde el Señor quería que fuera. Este pensamiento me llenó de paz y me quedé dormida.

El Espíritu me había indicado que me aguardaba algo hermoso. En los momentos difíciles de mi estadía por el CCM, cerraba los ojos y recordaba lo que había sentido. Mediante la oración y el trabajo duro, superé mis temores.

Al poco tiempo llegué a Génova, Italia, con mi nueva compañera. En la cocina de nuestro apartamento había una puerta de cristal que daba acceso a un balcón. Desde allí, me puse a contemplar la ciudad, que ya conocía y amaba. Era el lugar que había visto en mi mente aquella noche en el CCM. Supe que el Señor me había guiado hasta ese momento, y que me encontraba en el lugar donde debía estar.

Una oportunidad para cambiar

He sido miembro de la Iglesia desde hace siete años. Durante ese tiempo, siempre he sabido que ésta es la única Iglesia verdadera del Señor Jesucristo, pero hubo un periodo en el que yo no era muy activo.

El problema empezó cuando nuestra familia se mudó a una nueva ciudad. Tardamos varios meses en encontrar la ubicación del centro de reuniones al que debíamos acudir, y unas semanas más en comenzar a asistir. El cambio no me gustó mucho, y después de unas semanas dejé de asistir.

Un día recibí una visita inesperada, aunque grata, de mi obispo. Me invitó a volver a la Iglesia los domingos y a asistir a seminario; decidí aceptar esas invitaciones.

Unas semanas después de que empecé a asistir a la Iglesia, el obispo me presentó el programa Mi deber a Dios. Me explicó en qué consistía y me interesé en empezar a trabajar en él.

Comencé a llenar las metas de los folletos y a cumplirlas. Me di cuenta de que el programa Mi deber a Dios me estaba ayudando a mejorar mi vida. Participé más activamente en la Iglesia y disfrutaba al asistir a seminario. Procuro cumplir mejor con las normas de la Iglesia, y me encanta leer las Escrituras y la revista Liahona.

Cuando comencé el programa Mi deber a Dios, me fijé metas como la de servir en una misión y la de asistir al Benemérito de las Américas, una escuela preparatoria para Santos de los Últimos Días, así como muchas otras metas. El otoño pasado, recibí el premio “Mi deber a Dios” y el Sacerdocio de Melquisedec, y pronto saldré a servir en una misión.

Todos los días le doy gracias a mi Padre Celestial por haberme dado la oportunidad de cambiar y de convertirme en un miembro digno de Su Iglesia. Estoy agradecido por los programas y líderes de la Iglesia que me ayudaron a cambiar.

Izquierda: ilustración por Gregg Thorkelson; arriba: fotografía por Garth Bruner.