La visitante invisible


“Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).

El corazón de Julia latía con fuerza mientras ella se asomaba al salón vacío. El salón de la Primaria, con un semi círculo de sillas plegables y la pizarra polvorienta, se veía exactamente igual que el de la capilla de ella. A pesar de eso, sentía el estómago revuelto a medida que entraba; tal vez todo pareciera igual, pero ella sabía que no era así: hoy era una visitante.

Julia se dejó caer en la silla que estaba más alejada de la puerta. Le encantaba todo lo que tenía que ver con las visitas que su familia realizaba en el verano para ver a los primos y abuelos, excepto cuando se trataba de visitar un barrio diferente. Era lindo cantar canciones de la Primaria y aprender acerca del Salvador, pero no le gustaba sentarse sola y no conocer a nadie.

A Julia tampoco le gustaba escuchar a los otros niños hablar y reír juntos, mientras que a ella ni siquiera la miraba nadie. Le daba la impresión de que a nadie le importaba si ella estaba presente o no. Era como ser invisible: Julia, ¡la maravillosa visitante invisible!

Julia jugaba con sus largas trenzas rubias y deseaba estar en la Primaria de su barrio con su maestra, la hermana Johansson, y su mejor amiga, Hanna. “Quizá esta vez sea diferente”, se dijo a sí misma, mientras se acomodaba los anteojos y se arreglaba el vestido una vez más. “Quizá, si me esfuerzo, logre que sea diferente”.

Julia se sobresaltó cuando la puerta se abrió; tres niñas entraron al salón hablando con mucho entusiasmo, seguidas de dos niños. Julia respiró profundamente y se esforzó por sonreír.

“¡Hola!”, dijo de repente. De pronto, todas las miradas se posaron en ella, haciendo que se ruborizara.

“Ah, hola”, dijo entre dientes una de las niñas.

“¿Eres nueva?”, preguntó otra.

Julia se aclaró la garganta y dijo: “No, sólo vine a visitar a mi abuela”.

“Ah”.

Todos eligieron un asiento. La sonrisa de Julia desapareció al darse cuenta de que todas las sillas estaban ocupadas, menos la que estaba a su lado. Nadie le dirigió una sola palabra. Ella se quedó mirándose las manos y, con una lágrima que le rodaba por la mejilla, pensó: “Otra vez soy la afortunada visitante invisible”.

Una semana después, el corazón de Julia parecía flotar de felicidad mientras ella se apresuraba por el corredor de la capilla. ¡Qué bueno era estar en casa de nuevo! Cuando entró en su clase, Hanna ya estaba allí.

“¡Hola, Julia! ¡Me da mucho gusto de que estés de regreso!”, dijo Hanna.

Julia se sentó junto a Hanna y en seguida comenzaron a reír y a hablar. Julia acababa de comenzar a contarle a Hanna todos los detalles de la semana que había pasado con su abuela, cuando una niña alta y delgada, con cabello dorado rojizo, apareció por la puerta. Julia vio que la niña se fue hasta la silla que estaba más alejada de la puerta y se sentó sola.

“Debe de estar de visita”, pensó Julia. “¡Cuánto me alegro de que esta vez no sea yo!”. La niña levantó la vista para mirar a su alrededor y luego quedó mirándose las manos. El corazón de Julia se sintió lleno de angustia cuando nadie le dirigió una sola palabra a la visitante. “¡Cómo quisiera que el estar de visita no fuera algo tan difícil!”, pensó. “¡Debería ser diferente!”. Por un instante, recordó la experiencia del domingo anterior, cuando ella fue la triste visitante invisible. Julia pestañeó. ¡Un momento! ¡Ella podía hacer algo para que esta vez fuera diferente!

Julia se puso de pie. “Hola”, dijo con una sonrisa. Cruzó el salón y se sentó en la silla que estaba a un lado de la niña. “¿Estás de visita?”

La niña levantó la vista, con los ojos bien abiertos, y entonces se le iluminó el rostro. “Sí, estoy visitando a mi tía. ¿Tú también estás de visita?”

Julia movió la cabeza en señal negativa. “No”, pero sé lo que se siente”, explicó. “Soy Julia. ¿Cómo te llamas?”

“Elsa”.

“¿Te gustaría venir a sentarte con Hanna y conmigo?”

Elsa sonrió y asintió con la cabeza. Mientras las niñas cruzaban hacia el otro lado del salón, Julia tuvo una cálida sensación. “¡No se permiten visitantes invisibles!”, pensó. “¡No, si yo lo puedo evitar!”.

Elder Russell M. Nelson

“No podemos amar a Dios plenamente si no amamos a nuestros semejantes. No podemos amar plenamente a nuestros semejantes si no amamos a Dios”.

Élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Bienaventurados los pacificadores”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 40.

Ilustraciones por Jennifer Tolman

Idea para la noche de hogar

Para hacer una representación de este relato, pide a los integrantes de la familia que se turnen para entrar en el salón y simulen que son visitantes en una clase de la Primaria. Practiquen diferentes maneras de dar a la persona la bienvenida a la clase. Para terminar, lean y analicen Mateo 7:12.