Nuestro hogar, nuestra familia

Cómo supimos lo que es la felicidad

Por Lidia Evgenevna Shmakova

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    Durante el período de perestroika [“reconstrucción”] la vida era terriblemente difícil y nuestra familia estaba desintegrándose. Entonces conocimos a los misioneros y poco a poco comenzamos a reconstruirla.

    Siempre había pensado que teníamos una familia fuerte; nuestros hijos, tres varones y dos niñas, eran normales y los problemas que nos ocasionaban eran normales también. A veces, cuando no se portaban bien y me enojaba con ellos, después pensaba: “¿Por qué me enojé tanto?”.

    Ignoraba entonces que Rusia estaba entrando en perestroika, un período de cambio político y económico; no sabía que iban a desaparecer los artículos de los estantes de todas las tiendas ni que durante meses, y después años, no íbamos a recibir cheques de salario. La vida se hizo muy difícil; estábamos luchando y mi esposo y yo estuvimos a punto de divorciarnos. Sobrevino una racha de abuso de drogas, y uno de nuestros hijos se vio implicado en eso. Parecía que en nuestras ventanas ya no brillaba más el sol. Yo no sabía a quién orar, pero aun así, pedí ayuda a Dios. Luchamos con todas nuestras fuerzas y, poco a poco, fuimos saliendo del pantano.

    Los misioneros nos encontraron en el verano de 1998 y, al encaminarnos en una nueva dirección, nuestra vida dio un giro de 180 grados. A los cinco años, ya habíamos ido al templo y nuestra familia se había sellado por la eternidad.

    Cuando uno de nuestros hijos cumplió una misión de tiempo completo en la República Checa, en todas las cartas nos decía: “Manténganse firmes y fieles. Juntos, somos la familia más feliz”. Incluso mis amigos me dicen que debo de ser la mujer más feliz del mundo por tener tantos hijos y nietos, y por saber que nunca me veré atormentada por la soledad.

    Al mirar hacia atrás, me doy cuenta de que, como el pueblo del rey Benjamín, nuestra familia también experimentó un poderoso cambio de corazón y nos convertimos en hijos de Cristo (véase Mosíah 5:7). Fue para mí una inmensa transformación. Antes de ser Santo de los Últimos Días, cuando pensaba en la muerte, un insoportable dolor se apoderaba de mi corazón y de mi alma, y tenía que hacer el máximo de los esfuerzos para alejar de mí aquellos pensamientos. Ahora mi alma está en paz.

    He aprendido que la felicidad se presenta de diferentes formas: se puede encontrar en la tempestad más negra o cuando la tierra se marchita de calor; está también en los tibios rayos del sol en medio de una lluvia torrencial. Se encuentra en la primera hojita verde de primavera que aparece en el brote de un álamo, y en el pequeño pétalo blanco que trata de salir en la rama de un manzano. Está en la oscuridad del cielo nocturno con miles de estrellas titilantes, en la tierna mirada de un ser querido, en los ojos brillantes de las fotografías de familia.

    Recibo felicidad también si hago algo bueno por otra persona. Y cuando oro a nuestro Padre Celestial, eso me entibia el alma con una dulce llama. A veces, al pensar que quiero tener más, recuerdo que debo aprender a valorar lo que tengo, pues el Señor mismo me lo ha dado todo.

    Izquierda: fotografía cortesía de la familia Shmakova; derecha: ilustración fotográfica por Steve Bunderson.