Uno de los propósitos de la vida terrenal es probarle a Dios que guardaremos Sus mandamientos cuando el hacerlo exija valentía. Esa prueba ya la superamos en el mundo de los espíritus, pero una tercera parte de las huestes del cielo se rebeló ante la propuesta de que se los pusiera a prueba en una existencia terrenal en la que cabría el riesgo de que fracasaran.

Antes de nacer conocíamos de forma personal a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo. Podíamos verlos y escucharlos cuando nos enseñaban y alentaban, pero ahora un velo cubre nuestras mentes y nuestros recuerdos. Satanás, el padre de las mentiras, tiene cierta ventaja porque a nosotros se nos hace necesario ver la realidad de quiénes somos mediante los ojos de la fe, a la vez que nuestros cuerpos hacen que estemos sujetos a la tentación de la carne y a la debilidad física.

En esta vida contamos con grandes ayudas para darnos valentía; la más grande de éstas es la expiación de Jesucristo. Gracias a lo que Él hizo, las aguas del bautismo pueden limpiarnos del pecado, bendición que podemos renovar cada vez que tomamos la Santa Cena con fe y con un corazón arrepentido.

Los dones espirituales presentan otra ayuda. Al nacer recibimos el Espíritu de Cristo, que nos da el poder de saber si una determinada elección nos puede llevar a la vida eterna. Asimismo, las Escrituras representan una guía segura cuando las leemos con la compañía del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nos permite expresar nuestro agradecimiento y pedir ayuda en oración con la misma claridad y confianza que teníamos cuando estábamos junto a nuestro Padre Celestial y que nuevamente tendremos una vez que regresemos a Él. Comunicarse así con Dios sirve para desterrar el miedo de nuestros corazones a medida que fortalece la fe y el amor por el Padre Celestial y Jesucristo.

El santo sacerdocio nos da valor cuando prestamos servicio. En sus ordenanzas recibimos el poder de servir a los hijos de Dios y de resistir la influencia del mal. Cuando Él nos llama a servir, tenemos esta promesa: “Y quienes os reciban, allí estaré yo también, porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

El profeta José Smith tenía motivos para sentir miedo al prestar servicio, pero Dios le dio valor con la seguridad que viene de este ejemplo del Maestro:

“…si eres arrojado al abismo; si las bravas olas conspiran contra ti; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para obstruir la vía; y sobre todo, si las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien.

“El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?” (D. y C. 122:7–8).

Dios nos ha brindado más que suficiente ayuda para eliminar el miedo y darnos valentía, sin importar a lo que nos enfrentemos en la vida. Al extender la mano en busca de Su ayuda, Él puede elevarnos a la vida eterna que procuramos obtener.

Nefi escribiendo en las planchas de oro, por Paul Mann; ilustraciones por Matt Smith.