“El Señor la ha llamado a servir como presidenta de nuestra Primaria”, me dijo el presidente de rama. Sólo había pasado un año desde que salí de la clase de las Laureles y dos desde que me bauticé en la Iglesia. No lo podía creer.

“No tengo la paciencia necesaria para enseñar a los niños”, le dije.

“¿Cree que su llamamiento viene de Dios?”, me preguntó. “Cuando Él nos llama, nos prepara y capacita”1.

Sus palabras me llenaron de confianza y supe inmediatamente que el Señor me necesitaba en la Primaria. No tenía ni idea de cómo cumplir con mi nuevo llamamiento, pero sabía que Él me guiaría.

Deseaba hacer mi trabajo lo mejor posible, pero unos meses más tarde le diagnosticaron cáncer a mi madre. Además de eso, yo estudiaba ingeniería de sistemas y me resultaba difícil cumplir con todas mis responsabilidades en el hogar, en la universidad y en la Primaria. Mi ánimo comenzó a flaquear, y un domingo en una reunión dominical se desbordó el vaso y no pude contener las lágrimas.

Un miembro de mi barrio se dio cuenta y me dio un consejo maravilloso: “Judith, la mejor manera de superar las pruebas es perderse uno mismo en el Evangelio y en el servicio a los demás”, dijo. “Al hacerlo, verás cómo el Señor alivia tus cargas”.

Al seguir su alentador consejo, mi actitud cambió, se fortaleció mi fe y quedé llena de determinación de servir al Señor. Mis pruebas persistieron, pero me dediqué personalmente a mi llamamiento y siempre estaba deseando que llegara el domingo para ver a los niños; ellos me enseñaban algo cada semana al mostrarme su testimonio por medio de sus actos. A medida que pasaban los meses, vi cómo el Señor estaba moldeando mi carácter y cómo yo estaba cultivando dones y talentos que ignoraba que tenía.

Al año siguiente salí de Barranquilla, Colombia, para ir una semana a Bogotá con mi madre, que necesitaba quimioterapia. Durante aquel tiempo, oraba constantemente y me sentía cerca del Señor. Decidí cambiar de especialidad en mis estudios universitarios y, por medio de la inspiración, supe que el Señor deseaba que dedicara mi vida a enseñar a niños. Cuando regresé a la facultad, comencé a seguir estudios de educación académica especial.

Supe que el Padre Celestial me había dado el llamamiento en la Primaria para prepararme. Al prestar servicio, descubrí mi verdadera vocación y, a medida que he vivido el Evangelio y me he entregado al servicio, he sentido que me encontraba entre los brazos del Señor.

El testimonio que obtuve mientras servía en la presidencia de la Primaria y más tarde en la presidencia de la Primaria de estaca, me ha mantenido como miembro de la Iglesia; he aprendido a enseñar con amor, a mirar con los ojos de un niño y a recurrir al Señor para obtener guía e inspiración.

Todos los días, al enseñar en una escuela bilingüe de mi ciudad, pienso en los esfuerzos, los desafíos y las bendiciones de aquellos años. Los niños que asistían a la Primaria en aquella época son ahora adolescentes, pero sus ojos siguen brillando de amor por el Salvador y Su evangelio.

Sé que cuando el Seños nos llama, nos enseña y capacita, y coloca líderes en nuestro camino para ayudarnos a vivir este hermoso evangelio de Jesucristo.

Derecha: ilustración por Daniel Lewis

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Nota

  1. 1.

    Véase Presidente Thomas S. Monson, “Llamados a servir”, Liahona, julio de 1996, pág. 47.