2010
Nos olvidamos de nosotros mismos en Sicilia
Julio de 2010


Nos olvidamos de nosotros mismos en Sicilia

Louis Menditto, Nevada, EE. UU.

“Me llamo Omar Interdonato”, comenzaba el correo electrónico. “Soy el hijo de Fiorella, de Italia. Espero que todavía recuerde su bautismo”.

Treinta años atrás, a mi compañero de misión y a mí nos habían asignado a la isla de Sicilia y estábamos sirviendo en Siracusa, una hermosa ciudad sobre la costa del Mediterráneo. Los domingos nos reuníamos en un viejo chalet, con los pocos miembros de la Iglesia que vivían por allí, y llevábamos a cabo la reunión sacramental en la sala del mismo.

La obra misional era difícil y teníamos pocos bautismos. En la ciudad trabajaban deciséis misioneros de tiempo completo y ya habían tocado todas las puertas una y otra vez. Pero un día en que mi compañero y yo estábamos estudiando el mapa de la ciudad, notamos una pequeña aldea que se encontraba a unos pocos kilómetros de nuestro apartamento, en las afueras de la ciudad.

Atravesamos los campos de dicha aldea a pie, nos arrodillamos en el borde de una cresta que daba a un valle y le ofrecimos nuestro corazón y nuestra alma a Dios. Luego comenzamos a tocar puertas en un grupo de edificios con numerosos apartamentos, que conformaban la mayor parte de la aldea.

Finalmente, en una de las puertas nos encontramos con una mujer de más de cuarenta años, vestida toda de negro: una tradición de Italia tras la muerte de un ser querido. Cambiamos el inicio de nuestra presentación a fin de hacer hincapié en el plan de salvación. La mujer nos invitó a pasar y allí nos reunimos con ella, dos de sus hijas adolescentes y una de sus amigas. Nos enteramos de que la mujer se acababa de quedar viuda y tenía cuatro hijos adolescentes a quienes cuidar. Mostramos la filmina El hombre en búsqueda de la felicidad y nos invitaron a regresar la semana siguiente.

Un tiempo después, la madre, junto con el hijo mayor y dos hijas adolescentes, su abuela y su amiga se bautizaron. Después de la misión, seguí en contacto con la familia pero, hasta que recibí el correo electrónico, me había preguntado qué habría sucedido con Fiorella, la joven amiga de las hijas.

“Mi madre ha sido fiel al Evangelio toda su vida y en 1983 se casó con un buen miembro de la Iglesia de la Rama Messina, con quien se selló en el templo”, escribió su hijo. “Yo nací en 1984 y mi hermana, Verónica, en 1987. Todos somos activos en la Iglesia. Yo presté servicio en la Misión Italia Roma desde el año 2005 hasta 2007, con la esperanza de compensar al Señor por las dificultades de dos misioneros que decidieron predicar el Evangelio en el pequeño pueblo de Floridia”.

Hubo momentos durante la misión en que me pregunté si los dos años de sacrificio valían la pena, pero ¡cuán grande es mi gozo (véase D. y C. 18:15–16) por saber que la vida de Fiorella cambió para siempre gracias a que mi compañero y yo tomamos la decisión de avanzar, olvidarnos de nosotros mismos y servir a otras personas en la isla de Sicilia!