En el año 2007, la Universidad de Washington me invitó a un banquete en honor a las atletas de esa institución. Yo había jugado tenis en la universidad 44 años antes, y con mi pareja de dobles habíamos ganado el campeonato del Noroeste de los Estados Unidos. En el banquete recibiría un reconocimiento por mi logro.

Camino a la cena, mi esposo y yo recogimos a Lynda, una amiga de nuestros días de estudiantes. Fue ella quien me habló de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando yo tenía 33 años de edad. Juntos disfrutamos de ver nuevamente la universidad y algunos viejos amigos.

Sin embargo, antes de que empezara el banquete fui a recoger un paquete y una etiqueta con mi nombre, y me sentí desilusionada al ver que el nombre que habían puesto era “Sharon Krull”, en lugar de Sherry Krull. “Vaya”, pensé, y taché el Sharon para escribir Sherry en su lugar, pero el error se siguió prolongando toda la noche. Más tarde, cuando el anfitrión me presentó como ganadora de un premio, me llamó “Sharon” y la placa que me entregó repetía el error.

No me molestaba mucho: me sentía agradecida de que me hubieran invitado al banquete, y los encargados de la función prometieron cambiar la placa por otra que tuviera el nombre correcto.

El día siguiente fue el Domingo de Pascua de Resurrección. Mi marido y yo habíamos pasado el Viernes Santo en el templo, y además habíamos dedicado gran parte de esa semana a meditar sobre los últimos días del Salvador sobre la tierra. Sin embargo, la parte más impactante de la Pascua de ese año sucedió durante la reunión sacramental, cuando el obispo dijo lo siguiente: “¡Cuán agradecido estoy de que el Señor sabe cómo me llamo!”.

Sentí que me sobrevenía una dicha inmensa. Por más agradable que me había resultado la velada anterior, la felicidad que sentí al contemplar esa verdad sobrepasaba por lejos todo lo que había sentido al recibir “los honores de los hombres”.

Me siento agradecida, al igual que el obispo, de que el Señor me conozca a por nombre, pero lo que importa aún más es que me alegra que a los 33 años yo llegara a conocerlo a Él por nombre. Siento una gratitud eterna porque cuando dos misioneros le preguntaron a Lynda si sabía de alguien a quien ellos pudieran visitar, ella, sin miedo a ofenderme, les dio mi nombre.

Llegué a saber que el Salvador es real mediante la lectura del Libro de Mormón, el cual testifica de Él. A medida que iba conociendo al Salvador y me uní a Su Iglesia, llegué a ser, en Él, una persona nueva.

La vida me cambió entonces, en mi bautismo y confirmación, y volvió a cambiar esa impactante mañana de Pascua de Resurrección en la cual recibí un testimonio de que el Padre Celestial y el Salvador verdaderamente nos conocen por nombre. No puedo expresar plenamente el gozo que siento al conocer al Padre Celestial y al Salvador, y al saber que Ellos me conocen a mí.

Derecha: En su luz, por Greg Olsen. Prohibida su reproducción.