Del campo misional

Milagro en el semáforo


Él iba en una moto pequeña y estaba esperando a que cambiara la luz del semáforo. Yo sólo tenía unos segundos para hablarle.

Milagro en el semáforo

Mientras mi compañero, el élder Platt, y yo atravesábamos a pie un mercado en las calles de Taichung, Taiwán, nos detuvimos en una de las intersecciones principales y esperamos a que cambiara la luz roja. Poco después de detenernos, oí un sonido que me resultaba familiar y provenía de detrás de nosotros. Mientras varias motos paraban junto a nosotros, me volví para ver con quién podíamos hablar. En ese momento, una clara impresión me llenó el corazón y la mente. No se oyó ninguna voz ni se pronunció palabra alguna, pero aun así sentí la impresión de que debíamos hablar con el hombre que se encontraba en la moto a unos pocos pasos a la izquierda de nosotros.

Me acerqué al hombre con una sensación de urgencia de hablar con él. Sentía como si alguien me estuviera empujando por detrás y estuviera haciendo que mis pies se movieran. Abrí la boca y le pregunté: “¿Está teniendo un buen día?”. Él me miró y respondió que estaba teniendo un mal día. En ese momento, la luz pasó de verde a roja y me invadió un gran desánimo. Temía que el hombre se alejara. No le había dicho nada acerca de la restauración de la Iglesia verdadera y viviente de Jesucristo, del profeta José Smith ni del Libro de Mormón. Ni siquiera le había dicho cuál era el nombre de la Iglesia.

La gente que nos rodeaba empezó a alejarse, pero el hombre se quedó y propuso que nos moviéramos hacia un costado de la calle para hablar más. Yo estaba sorprendidísimo pero, agradecido, acepté su propuesta. En un costado de la calle, el élder Platt y yo compartimos con él el nombre de la Iglesia y mucho más.

Algunas semanas después, ese hombre, Su Meng-Wei, y sus dos hijos y dos hijas se bautizaron y fueron confirmados miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Gracias a esa experiencia, aprendí que si nos esforzamos fielmente por hacer la obra del Señor a Su manera y en Su tiempo, a veces tenemos el privilegio de ser testigos de milagros. El profeta Moroni declaró que “Dios no ha cesado de ser un Dios de milagros. He aquí, ¿no son maravillosas a nuestros ojos las cosas que Dios ha hecho?” (Mormón 9:15–16). Pueden ocurrir milagros cuando se tocan corazones y se cambian vidas.

En Predicad Mi Evangelio leemos la siguiente promesa para los misioneros y los miembros de la Iglesia: “El Señor está preparando personas para recibirle a usted y para recibir el Evangelio restaurado, y Él lo conducirá a esas personas o las conducirá a ellas hasta usted… Esas personas reconocerán que usted es un siervo del Señor y estarán dispuestas a actuar de acuerdo con su mensaje”1. No fue casualidad que el élder Platt y yo estuviéramos en ese semáforo en particular, en ese preciso momento.

El Padre Celestial nos conoce y nos ama a cada uno de nosotros en particular. No es fortuito que Él nos proporcione a todos un medio para que lleguemos a conocer el Evangelio restaurado. El Señor estaba al tanto de los desafíos y las dificultades de la vida de Su Meng-Wei. Él sabía que Su Meng-Wei poco tiempo atrás se había quedado sin trabajo. Sabía de las palabras contenciosas que se habían pronunciado en la casa de los Su aquella mañana.

El Evangelio ha brindado mayor paz a la familia Su y ha fortalecido su relación familiar. Los ha ayudado a hallar más felicidad y a encaminar su vida. Han encontrado la fuerza para enfrentar las dificultades de la vida con esperanza y sin temor.

Quizá al principio no nos demos cuenta, pero quienes hayan sido preparados reconocerán que somos siervos del Señor, notarán algo diferente en nosotros; verán lo bueno y querrán saber más al respecto. Y cuando sientan el Espíritu Santo, estarán dispuestos a actuar de conformidad con nuestro mensaje. Del mismo modo en que este mensaje tocó el corazón y cambió la vida de la familia Su de Taiwán, puede tocar el corazón y cambiar la vida de las personas que conozcamos, y de hecho lo hará, donde sea que nos encontremos.

Al orar para pedir guía, podemos hacernos a diario esta pregunta: ¿A quién conozco que el Señor esté preparando para llegar a conocer el Evangelio restaurado? Al ejercitar nuestra fe de este modo, estaremos listos para seguir las impresiones del Espíritu Santo y abrir la boca para compartir las verdades valiosas que tenemos la bendición de conocer.

Es seguro que tendremos oportunidades maravillosas.

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    Nota

  1.   1.

    Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, págs. 167–168.