Las bendiciones del templo

Decimosexto Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

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    El templo le brinda propósito a nuestras vidas. Trae paz a nuestras almas, no la paz que ofrecen los hombres, sino la paz que prometió el Hijo de Dios cuando dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy”.

    En el templo podemos sentirnos cerca del Señor

    No creo que haya lugar en el mundo en el que me sienta más cerca del Señor que en uno de Sus santos templos. Parafraseando un poema:

    ¿Cuán lejos queda el cielo?
    Cerca se encuentra.
    En los templos de Dios,
    queda justo en donde estamos.

    El Señor dijo:

    “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;

    “sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.

    “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”1.

    Para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el templo es el lugar más sagrado sobre la tierra. Es la Casa del Señor y, tal como la inscripción que se encuentra en el exterior lo declara, el templo es “Santidad al Señor”.

    El templo nos eleva y nos exalta

    En el templo se enseña el preciado plan de Dios. Es en el templo donde se hacen convenios eternos. El templo nos eleva, nos exalta y se erige como un faro a la vista de todos, señalándonos el camino hacia la gloria celestial. Es la Casa de Dios. Todo lo que sucede en el interior del templo edifica y ennoblece.

    El templo es para las familias, uno de los más grandes tesoros que tenemos en la mortalidad. El Señor ha sido muy explícito al hablarnos a los que somos padres, señalando que tenemos la responsabilidad de amar a nuestras esposas con todo nuestro corazón y de proveer de lo necesario para ellas y también para nuestros hijos. Él ha señalado que la obra más grande que podemos hacer como padres se lleva a cabo en el hogar, y nuestro hogar puede ser el cielo, especialmente cuando los matrimonios se sellan en la Casa de Dios.

    El fallecido élder Matthew Cowley, que era miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, una vez relató una experiencia de un sábado por la tarde en la que un abuelo tomó de la mano a su nietita y la llevó de paseo el día de su cumpleaños, no al zoológico ni al cine, sino a los terrenos del templo. Con la autorización del encargado de los terrenos, los dos se dirigieron hacia las grandes puertas del templo, y él le sugirió a su nieta que colocara la mano en la firme pared y después en la sólida puerta. Con ternura le dijo a la niña: “Recuerda que este día has tocado el templo. Un día entrarás en él”. El regalo que le hizo a la pequeña no era ni un dulce ni un helado, sino una vivencia mucho más significativa y sempiterna: un aprecio por la Casa del Señor. Ella había tocado el templo, y el templo la había tocado a ella.

    El templo trae paz a nuestras almas

    Al tocar el templo y tener amor por él, nuestras vidas reflejarán nuestra fe. Al ir a la santa Casa, al recordar los convenios que allí hacemos, podremos soportar toda prueba y vencer cada tentación. El templo le brinda propósito a nuestras vidas; trae paz a nuestras almas, no la paz que ofrecen los hombres, sino la paz que prometió el Hijo de Dios cuando dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”2.

    Existe gran fe entre los Santos de los Últimos Días. El Señor nos da oportunidades para ver si cumpliremos Sus mandamientos, si seguiremos el sendero que siguió Jesús de Nazaret, si amaremos al Señor con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos3.

    Yo creo en el proverbio que dice: “Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”4.

    Así ha sido y así será siempre. Si cumplimos con nuestro deber y confiamos plenamente en el Señor, llenaremos Sus templos, no sólo al llevar a cabo nuestras ordenanzas personales, sino al tener además el privilegio de efectuar la obra por otras personas. Nos pondremos de rodillas en altares sagrados como representantes en sellamientos que unirán por toda la eternidad a esposos y esposas con sus hijos. Los jóvenes dignos, tanto hombres como mujeres, a partir de los doce años de edad pueden actuar como representantes de aquellos que han muerto sin las bendiciones del bautismo. Esto es lo que el Padre Celestial desea de ustedes y de mí.

    Ocurrió un milagro

    Hace muchos años, un patriarca humilde y fiel, el hermano Percy K. Fetzer, fue llamado para dar bendiciones patriarcales a los miembros de la Iglesia que vivían detrás de la Cortina de Hierro.

    El hermano Fetzer viajó al país de Polonia en aquellos días oscuros en los que estaban cerradas las fronteras y a los ciudadanos no se les permitía salir. El hermano Fetzer se reunió con santos alemanes que habían quedado atrapados allí cuando la región en la que vivían pasó a ser parte de Polonia al trazarse fronteras nuevas después de la Segunda Guerra Mundial.

    Nuestro líder entre todos aquellos santos alemanes era el hermano Eric P. Konietz, quien vivía allá con su esposa y sus hijos. El hermano Fetzer dio bendiciones patriarcales al hermano Konietz, a su esposa y a sus hijos mayores.

    Cuando el hermano Fetzer regresó a Estados Unidos, me llamó para preguntarme si podía pasar a visitarme. Sentado en mi oficina, se puso a llorar, y me dijo: “Hermano Monson, cuando coloqué mis manos sobre la cabeza de los miembros de la familia Konietz, les hice promesas que no se pueden cumplir. Les prometí al hermano Konietz y a su esposa que podrían regresar a Alemania, su país de origen, que no se encontrarían apresados por las decisiones arbitrarias de países conquistadores y que se sellarían como familia en la Casa del Señor. Le prometí al hijo de ellos que serviría en una misión, y le prometí a la hija que se casaría en el santo templo de Dios. Tanto usted como yo sabemos que por causa de que se han cerrado las fronteras, ellos no podrán ver el cumplimiento de esas bendiciones. ¿Qué he hecho?”.

    Le dije: “Hermano Fetzer, lo conozco lo suficiente para saber que usted ha hecho lo que el Padre Celestial deseaba que hiciera”. Los dos nos arrodillamos al costado de mi escritorio y expresamos los sentimientos de nuestros corazones al Padre Celestial, señalando que a una familia devota se le habían extendido promesas relativas al templo de Dios, así como otras promesas que ahora les quedaban vedadas. Sólo Él podía hacer realidad el milagro que necesitábamos.

    El milagro ocurrió. Se firmó un convenio entre los líderes del gobierno polaco y los de la República Federal de Alemania, el cual permitía a los ciudadanos alemanes que habían quedado atrapados en aquella región mudarse a Alemania Occidental. El hermano Konietz, su esposa y sus hijos se mudaron a Alemania Occidental, y el hermano Konietz llegó a ser el obispo del barrio en el que vivían.

    Toda la familia Konietz viajó al santo templo en Suiza. ¿Y quién era el presidente del templo que les dio la bienvenida de traje blanco y con brazos abiertos? Ni más ni menos que Percy Fetzer, el patriarca que les había hecho la promesa. Ahora, en calidad de presidente del Templo de Berna, Suiza, les daba la bienvenida a la Casa del Señor, al cumplimiento de aquella promesa, y selló el esposo a la esposa y los hijos a sus padres.

    Con el tiempo la joven hija se casó en la Casa del Señor, y el joven hijo recibió su llamamiento y cumplió una misión de tiempo completo.

    “¡Nos vemos en el templo!”

    Algunos no tenemos más que cruzar unas pocas cuadras para llegar al templo; otros tienen que atravesar océanos y recorrer kilómetros antes de entrar en el santo templo de Dios.

    Hace algunos años, antes de que se terminara de edificar el templo en Sudáfrica, mientras asistía a una conferencia de distrito en lo que en aquel entonces era Salisbury, Rodesia, conocí al presidente de distrito Reginald J. Nield. Me recibió junto a su esposa y a sus dulces hijas cuando entré al salón sacramental. Me explicaron que habían estado ahorrando y preparándose para el día en que pudiesen viajar al templo del Señor; pero, ah, el templo quedaba tan lejos.

    Al terminar la reunión, las cuatro encantadoras hijas me hicieron preguntas sobre el templo: “¿Cómo es el templo? No hemos visto más que una foto. ¿Cómo nos sentiremos al entrar en él? ¿Qué es lo que más recordaremos?”. Durante el transcurso de más o menos una hora tuve la oportunidad de hablar con cuatro muchachas acerca de la Casa del Señor. Cuando partí hacia el aeropuerto, me dijeron adiós con la mano, y la más pequeña me dijo: “¡Nos vemos en el templo!”.

    Un año después tuve la oportunidad de dar la bienvenida a la familia Nield en el Templo de Salt Lake. En una pacífica sala de sellamientos tuve el privilegio de unir por la eternidad, así como por el tiempo, al hermano Nield y a su esposa. Entonces se abrieron las puertas, y esas bellas hijas, cada una vestida de un blanco impecable, entraron en el cuarto. Abrazaron a la mamá y después al papá. Tenían lágrimas en los ojos y gratitud en los corazones. Estábamos prácticamente en el cielo. Bien pudo haber dicho cada uno: “Ahora somos una familia por la eternidad”.

    Esta maravillosa bendición es la que espera a los que van al templo. Ruego que cada uno de nosotros lleve una vida digna, con manos limpias y corazones puros, para que el templo toque nuestras vidas y nuestras familias.

    ¿Cuán lejos queda el cielo? Yo testifico que en los santos templos se encuentra muy cerca, puesto que es en esos lugares sagrados que los cielos y la tierra se tocan y que nuestro Padre Celestial da a Sus hijos Sus mayores bendiciones.