Nuestro hogar, nuestra familia

El ayudar a los hijos a ejercer su albedrío

Por Marcos Fernando dos Santos

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    Al igual que el Padre Celestial enseñó a Adán y a Eva sobre el albedrío, es necesario que ayudemos a nuestros hijos a entender y a ejercer el suyo.

    Cuando el Padre Celestial formó a Adán y a Eva, eran inocentes; no sabían mucho acerca de la vida y sus consecuencias, pero el Padre Celestial anduvo con ellos, les enseñó y fue paciente con ellos a medida que aprendían acerca de su existencia en la tierra.

    En nuestra función de padres, nosotros también tenemos el privilegio de estar con nuestros pequeños y enseñarles. Sin embargo, considero que a veces quizá olvidamos que nuestros hijos también son hijos de nuestro Padre Celestial, procreados en espíritu. Tenemos la responsabilidad de ayudarlos a aprender sus primeras lecciones, y nuestra misión es guiarlos hacia el Salvador Jesucristo.

    Si seguimos el ejemplo del Padre Celestial en el Jardín de Edén, tomaremos sobre nosotros la responsabilidad del cuidado de nuestros hijos y de enseñarles sobre el evangelio de Jesucristo. Al hacerlo, necesitamos enseñarles sobre las consecuencias de sus acciones. Ésta no es una tarea fácil, ya que nosotros mismos todavía estamos aprendiendo y a veces no hacemos la voluntad de nuestro Padre Celestial. Y a veces deseamos intervenir y rescatar a nuestros hijos, incluso en los casos en los que se beneficiarían al aprender de sus errores.

    Desde el principio, el Padre Celestial enseñó con paciencia a Adán y a Eva sobre el albedrío. Les dio mandamientos, consecuencias y la capacidad de ejercer su albedrío, y les dijo: “De todo árbol del jardín podrás comer libremente, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás. No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido; pero recuerda que yo lo prohíbo, porque el día en que de él comieres, de cierto morirás” (Moisés 3:16–17; cursiva agregada).

    Quizá nos preguntemos cómo podemos animar a nuestros hijos a seguir los mandamientos sin obligarlos a hacerlo. Son varias las cosas que podemos hacer y que resultan útiles. Podemos enseñar a nuestros hijos el Evangelio, sobre todo utilizando las Escrituras, y luego enseñarles a vivir de acuerdo con esos principios. Podemos enseñarles mediante la palabra y el ejemplo a confiar en nuestro Padre Celestial y compartir con ellos las bendiciones que vienen al vivir el Evangelio. Podemos enseñarles que, debido a nuestras debilidades, nosotros, como padres, necesitamos Su amor, misericordia y paciencia, tanto como nuestros hijos.

    A veces, cuando nuestros pequeños se portan mal, tal vez empecemos a perder la esperanza, pero nuestro Padre Celestial jamás perderá la esperanza en nosotros. Debemos aprender a ver a nuestros hijos de la misma forma que nuestro Padre Celestial nos ve a nosotros: como Sus hijos e hijas, con el potencial de llegar a ser como Él mediante el poder y la gracia de Su Hijo. Nosotros no tenemos el poder para salvar a nuestros hijos, pero podemos ser buenos ejemplos y ejercer la fe a favor de ellos.

    No estamos aquí para obligar a nadie a hacer la voluntad del Padre Celestial. Naturalmente, la cantidad de libertad y responsabilidad que demos a nuestros hijos dependerá de su edad y aptitudes. A medida que ayudemos a nuestros hijos a usar su albedrío correctamente, será más fácil enseñarles y amarlos, no importa lo que hagan.

    Nuestro Padre Celestial sabía que Adán y Eva serían tentados y que comerían del árbol del conocimiento del bien y del mal y ya había preparado un medio para que ellos regresaran mediante Su Hijo. Envió un ángel para que les enseñara acerca del sacrificio expiatorio de nuestro Salvador, los principios del arrepentimiento y la forma en que podían acudir a Dios en el nombre del Hijo y obtener la remisión de sus pecados por medio de la misericordia y del amor del Padre Celestial (véase Moisés 5).

    Al expresar amor por nuestros hijos y enseñarles que aunque se aparten del camino, permaneceremos firmes, esperando y orando que hallen gozo por medio de la fe en Jesucristo y el verdadero arrepentimiento. Si mantenemos presentes estos principios, seremos bendecidos para ser llenos más abundantemente del amor puro de Cristo y tendremos más éxito como padres (véase D. y C. 121:41–46).

    Ilustración por Michael Parker.