Nuestro hogar, nuestra familia

El ayudar a los hijos a ejercer su albedrío


Al igual que el Padre Celestial enseñó a Adán y a Eva sobre el albedrío, es necesario que ayudemos a nuestros hijos a entender y a ejercer el suyo.

El ayudar a los hijos a ejercer su albedrío

Cuando el Padre Celestial formó a Adán y a Eva, eran inocentes; no sabían mucho acerca de la vida y sus consecuencias, pero el Padre Celestial anduvo con ellos, les enseñó y fue paciente con ellos a medida que aprendían acerca de su existencia en la tierra.

En nuestra función de padres, nosotros también tenemos el privilegio de estar con nuestros pequeños y enseñarles. Sin embargo, considero que a veces quizá olvidamos que nuestros hijos también son hijos de nuestro Padre Celestial, procreados en espíritu. Tenemos la responsabilidad de ayudarlos a aprender sus primeras lecciones, y nuestra misión es guiarlos hacia el Salvador Jesucristo.

Si seguimos el ejemplo del Padre Celestial en el Jardín de Edén, tomaremos sobre nosotros la responsabilidad del cuidado de nuestros hijos y de enseñarles sobre el evangelio de Jesucristo. Al hacerlo, necesitamos enseñarles sobre las consecuencias de sus acciones. Ésta no es una tarea fácil, ya que nosotros mismos todavía estamos aprendiendo y a veces no hacemos la voluntad de nuestro Padre Celestial. Y a veces deseamos intervenir y rescatar a nuestros hijos, incluso en los casos en los que se beneficiarían al aprender de sus errores.

Desde el principio, el Padre Celestial enseñó con paciencia a Adán y a Eva sobre el albedrío. Les dio mandamientos, consecuencias y la capacidad de ejercer su albedrío, y les dijo: “De todo árbol del jardín podrás comer libremente, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás. No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido; pero recuerda que yo lo prohíbo, porque el día en que de él comieres, de cierto morirás” (Moisés 3:16–17; cursiva agregada).

Quizá nos preguntemos cómo podemos animar a nuestros hijos a seguir los mandamientos sin obligarlos a hacerlo. Son varias las cosas que podemos hacer y que resultan útiles. Podemos enseñar a nuestros hijos el Evangelio, sobre todo utilizando las Escrituras, y luego enseñarles a vivir de acuerdo con esos principios. Podemos enseñarles mediante la palabra y el ejemplo a confiar en nuestro Padre Celestial y compartir con ellos las bendiciones que vienen al vivir el Evangelio. Podemos enseñarles que, debido a nuestras debilidades, nosotros, como padres, necesitamos Su amor, misericordia y paciencia, tanto como nuestros hijos.

A veces, cuando nuestros pequeños se portan mal, tal vez empecemos a perder la esperanza, pero nuestro Padre Celestial jamás perderá la esperanza en nosotros. Debemos aprender a ver a nuestros hijos de la misma forma que nuestro Padre Celestial nos ve a nosotros: como Sus hijos e hijas, con el potencial de llegar a ser como Él mediante el poder y la gracia de Su Hijo. Nosotros no tenemos el poder para salvar a nuestros hijos, pero podemos ser buenos ejemplos y ejercer la fe a favor de ellos.

No estamos aquí para obligar a nadie a hacer la voluntad del Padre Celestial. Naturalmente, la cantidad de libertad y responsabilidad que demos a nuestros hijos dependerá de su edad y aptitudes. A medida que ayudemos a nuestros hijos a usar su albedrío correctamente, será más fácil enseñarles y amarlos, no importa lo que hagan.

Nuestro Padre Celestial sabía que Adán y Eva serían tentados y que comerían del árbol del conocimiento del bien y del mal y ya había preparado un medio para que ellos regresaran mediante Su Hijo. Envió un ángel para que les enseñara acerca del sacrificio expiatorio de nuestro Salvador, los principios del arrepentimiento y la forma en que podían acudir a Dios en el nombre del Hijo y obtener la remisión de sus pecados por medio de la misericordia y del amor del Padre Celestial (véase Moisés 5).

Al expresar amor por nuestros hijos y enseñarles que aunque se aparten del camino, permaneceremos firmes, esperando y orando que hallen gozo por medio de la fe en Jesucristo y el verdadero arrepentimiento. Si mantenemos presentes estos principios, seremos bendecidos para ser llenos más abundantemente del amor puro de Cristo y tendremos más éxito como padres (véase D. y C. 121:41–46).

La importancia de la enseñanza

Elder D. Todd Christofferson

“He oído decir a algunos padres que no quieren imponer el Evangelio a sus hijos, sino que desean que ellos saquen sus propias conclusiones sobre lo que vayan a creer y a seguir; piensan que de esa manera les permiten ejercer su albedrío. Lo que olvidan es que el uso inteligente del albedrío exige un conocimiento de las cosas como realmente son (véase D. y C. 93:24). Sin eso, es muy difícil que los jóvenes entiendan y evalúen las posibilidades que se les presenten”.

Élder D. Todd Christofferson, del Quórum de los Doce Apóstoles, “La disciplina moral”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 107.