Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


Ustedes eran los ángeles

Heidi Windish Fernández, Oregon, EE. UU.

El corazón me dio un vuelco al leer el cartel: “El Mesías de Händel, interpretado por la Orquesta de Swansea y el Coro Galés”.

Llevaba seis meses en la misión, en Swansea, Gales, y sentía la nostalgia que con frecuencia sienten los misioneros nuevos durante la época navideña. Teníamos muchas tradiciones familiares durante las festividades, pero mi preferida era ir a escuchar El Mesías de Händel. En muchas de esas presentaciones, mi madre había tocado el órgano y yo me sentaba, escuchaba y sentía la música.

Con permiso del presidente de misión, compré entradas para los misioneros de nuestra área. La noche de la presentación, nuestro grupo se abrigó bien para protegerse del frío y caminamos hasta la sala de conciertos. En silencio oré para que todos sintiéramos el carácter sagrado de la música inspiradora.

Cuando llegamos, me di cuenta de que nos habíamos retrasado y de que la presentación ya había comenzado. ¡No nos dejarían entrar hasta el intermedio! Al oír la música que llegaba a través de las puertas, no pude contener las lágrimas.

Un acomodador debió haber notado mi desesperación y decidió dejarnos entrar. Nos dijo que nos quedáramos en la parte de atrás hasta el intermedio para que no interrumpiéramos el canto. Abrió las puertas lentamente y entramos todos en silencio.

Entrar en el auditorio fue como entrar en el cielo. Me inundó un sentimiento de paz y gozo. Sin embargo, al poco rato nos dimos cuenta de que la gente se daba vuelta, nos señalaba y nos miraba. Todos habíamos entrado en silencio y no sabíamos qué habíamos hecho para llamar tanto la atención. Tan pronto como comenzó el intermedio, buscamos nuestros asientos.

Cuando comenzó de nuevo el oratorio, la música me llenó el alma. Lloré durante el estribillo del “Aleluya” y cuando la soprano cantó “I Know That My Redeemer Liveth” [Yo sé que mi Redentor vive]. Los misioneros que estaban sentados junto a mí también sintieron el poder de la música y echaron mano a sus pañuelos. La experiencia fue algo que siempre recordaríamos. Pero cuando hubo terminado la presentación llegó el momento realmente memorable.

Cuando nos disponíamos a salir del edificio, la gente todavía susurraba y nos señalaba, pero nadie dijo nada hasta que estuvimos afuera. Un hombre se acercó a nosotros y dijo: “¡Eran ustedes! Eran ustedes!”.

Todos nos quedamos esperando una explicación.

“Durante la primera parte de la presentación, sentimos un cambio en la sala: un fuerte sentimiento de que Cristo estaba presente”, dijo el hombre. “Por eso nos dimos vuelta para ver qué era lo que había producido el cambio. Cuando miramos al fondo del auditorio, vimos a siete figuras que resplandecían como si fueran ángeles. Cuando ustedes entraron en la sala, trajeron consigo al Espíritu Santo. Estaban allí representando a Cristo; ustedes eran los ángeles”.

Mientras el hombre hablaba, miré hacia mi placa de identificación misional y leí las palabras grabadas debajo de mi nombre: “La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. ¡Qué humilde me sentí en ese momento por ser una representante del Mesías y haber testificado de Él en silencio aquella noche ante miles de personas!

Defendí al profeta José Smith

Maria Brando, Italia

En 1978 tuve un sueño inolvidable en el que se me aparecieron dos personas. Al hablar con ellas en ese sueño, experimenté una increíble sensación de gozo. Ese sentimiento de felicidad siguió incluso hasta después de que me levanté a la mañana siguiente.

Ese mismo día, dos misioneros Santos de los Últimos Días llamaron a la puerta de nuestra casa y preguntaron si podían compartir un mensaje. Recordando mi sueño, estuve de acuerdo y los invité a pasar. Mi esposo se mostró reacio, pero dio su consentimiento cuando le dije que no podía soportar que se fueran sin hablar con ellos.

Entre otras cosas, los misioneros me enseñaron aquel día acerca de los profetas. Yo estaba familiarizada con los profetas de la Biblia, tales como Abraham y Moisés, pero los misioneros también me enseñaron acerca de un profeta de nuestros días, José Smith. Al final de la lección, los élderes preguntaron si podrían regresar para otras lecciones y les dije que sí.

Después de varias más, me invitaron a bautizarme. Me gustaba lo que había aprendido pero, antes de bautizarme, quería obtener un testimonio de José Smith. De todo lo que los misioneros me habían enseñado, su historia era lo que me resultaba más difícil aceptar; pero sabía que si era sincera en mi búsqueda de dicho testimonio, el Padre Celestial me confirmaría la verdad.

Fui a ver a un clérigo de la iglesia en la que me había criado; le dije lo que los misioneros me habían enseñado y expresé un gran deseo de reunirme con ellos otra vez. No obstante, antes que yo pudiera decir otra cosa, me aseguró que José Smith estaba loco, que era un visionario.

De repente, escuché una voz que me dijo: “José Smith es un profeta verdadero”. El corazón me comenzó a palpitar con fuerza, y aunque todavía no me había bautizado en la Iglesia, me encontré defendiendo al Profeta de la Restauración.

El sentimiento de confirmación se hizo aún más intenso cuando salí de la oficina del ministro. Había recibido mi respuesta y sabía en qué iglesia debía educar a mis hijos.

Me bauticé poco después y sentí un gran deseo de compartir lo que había encontrado. Había recibido una confirmación espiritual acerca del profeta José Smith, y quería que otras personas sintieran el gozo que ahora tenía en mi vida como resultado de ello. Mi esposo experimentó ese gozo por sí mismo cuando se unió a la Iglesia dos años después que yo.

Me siento agradecida por vivir en una época en la que tenemos de nuevo profetas en la tierra. Gracias a su guía, tengo un camino seguro que puedo seguir.

La mejor Navidad

Morten Sønderskov, Dinamarca

Cierto diciembre, cuando era niño, mi madre se puso muy enferma. El medicamento que estaba tomando la agotaba totalmente, y dormía unas dieciocho horas al día.

Como mi madre estaba sola, mi hermana mayor y yo tratamos de ocuparnos de los quehaceres de la casa de la mejor manera que podíamos, pero éramos pequeños e inexpertos y no lo conseguimos muy bien. Varios días después de que mi madre cayera enferma, mientras buscábamos algo para comer en la cocina, sonó el timbre de la puerta.

Una hermana de nuestro barrio estaba en el porche, trayéndonos alimentos. No sabía de nuestras necesidades, pero allí estaba con la cena. Nos preguntó cuánto tiempo había estado enferma nuestra madre y cómo nos las habíamos arreglado solos durante tanto tiempo. Le aseguramos que estábamos saliendo adelante lo mejor que podíamos, pero apreciamos la amabilidad que tuvo de compartir una comida con nosotros.

Cuando se marchó de nuestra casa, llamó a la presidenta de la Sociedad de Socorro y le informó de la situación de nuestra familia. Al día siguiente y durante muchos días más, los miembros del barrio llevaron comidas a nuestra casa. ¡Estábamos sumamente agradecidos! Lo que no nos comíamos en el momento lo congelábamos y, gracias a la bondad de nuestro barrio, nuestra familia tuvo más que de sobra para comer durante los tres meses siguientes. No obstante, las bondades de otras personas no terminaron allí.

Se acercaba la Navidad, y mamá se estaba recuperando lentamente, pero no se encontraba del todo bien. Mi tío fue a nuestra casa desde Copenhague, a unos 65 km de distancia, para ayudarnos con los preparativos navideños. Se mostró muy generoso al hacer lo que le fue posible, y aportó un árbol de Navidad y algo de comida para la celebración de nuestra familia. También compró unos regalos para mi hermana y para mí. Nosotros, a la vez, compramos unos cuantos regalos modestos para nuestra madre y nuestro tío. Sabíamos que teníamos mucho que agradecer pero, como niños seguíamos un poco decepcionados por la forma en que estaban saliendo las cosas durante esa Navidad.

En la víspera de la Nochebuena, alguien llamó a la puerta. Al mirar por la ventana no pude ver a nadie, por lo que pensé que debía tratarse de una broma, pero mi hermana me dijo que de todos modos abriera. En nuestro porche encontramos una gran cesta con comida y otros artículos, así como algunos juguetes. Estábamos convencidos de que se había entregado en la casa equivocada, así que fuimos a casa de los vecinos para preguntar si esa cesta debió habérseles entregado a ellos, pero no estaban en casa. Entonces nos dimos cuenta de que los regalos llevaban una etiqueta con nuestros nombres. Había regalos incluso para mi tío. Alguien había pensado en nosotros.

La generosidad anónima que se demostró a mi familia aquel año convirtió lo que había sido una Navidad oscura y triste en la mejor Navidad de mi vida. La bondad y el amor que sentimos de otras personas me siguen conmoviendo hoy en día.

¿Quién será el regalo?

Ana Márcia Agra de Oliveira, Pernambuco, Brasil

En 1982, la segunda Navidad después de que nos casamos, Cleto y yo decidimos establecer tradiciones familiares. Como éramos los primeros miembros de la Iglesia de nuestras respectivas familias, nuestras celebraciones navideñas anteriores, aunque nos trajeran gratos recuerdos, carecían de compasión y servicio genuinos. Además, nuestro primer bebé, Diego, que tenía ocho meses, era razón suficiente para que progresáramos en ese sentido.

Estábamos bastante ocupados con los estudios universitarios, las tareas domésticas, los llamamientos de la Iglesia y nuestro curso acelerado para padres primerizos, pero seguimos dedicándonos a prepararnos para una ocasión especial. Utilizamos cada noche de hogar de diciembre para hacer decoraciones y llegar a comprender mejor los símbolos y colores que veíamos por todas partes. También planeamos preparar una cena sencilla y pensamos en regalos útiles y poco costosos. Al comenzar a seguir un programa de estudio de las Escrituras, nos dimos cuenta de que el auténtico cambio en nuestra manera de celebrar el nacimiento de Cristo consistiría en escoger un regalo para el Salvador.

Nos preguntábamos: “¿Qué se le puede dar a alguien que tiene el cielo y la tierra a Su disposición?”. Las Escrituras dan la respuesta, declarando que todo lo que hagamos “a uno de éstos, mis hermanos más pequeños” (Mateo 25:40), a Él se lo hacemos. Dado que la Navidad es una época de amistad y de amor, deseábamos invitar a un miembro de la Iglesia a experimentar la calidez y el dulce espíritu que sentíamos en nuestro hogar. Buscamos mucho para encontrar a alguien que necesitara un poco de ánimo y que con nuestra ayuda se convirtiera en nuestro regalo de Navidad para el Salvador.

Cada vez que invitábamos a un hermano o una hermana del barrio o de la estaca a nuestro hogar, teníamos la alegría de descubrir que esa persona ya estaba comprometida para otras actividades, pero la Nochebuena llegó pronto y todavía no habíamos encontrado a nadie con quien compartir nuestra Navidad.

Resignados a nuestro fracaso, nos estábamos preparando para la cena cuando sonó el timbre de la puerta. Cuando abrí, me llevé la enorme alegría de encontrar a un amigo que hacía tiempo que no veíamos. Avelar había sufrido recientemente la decepción de una difícil separación; estaba triste y solo y había sentido un gran deseo de estar con nosotros.

Lo recibimos con amor, y él nos dijo que había encontrado el ambiente que necesitaba para ser consolado en medio de sus pruebas. Le hablamos de nuestros preparativos para servir y ayudar a una persona necesitada, a fin de que se diera cuenta de que el Señor lo conocía y lo amaba.

Para todos nosotros, fue maravilloso darnos cuenta de que el Salvador nos había enviado a alguien que no pudimos encontrar por nosotros mismos: nuestro amigo Avelar. Comprobamos la importancia decisiva de los vínculos de amistad entre los hijos y las hijas de nuestro Padre Celestial. Por ese motivo, en las Navidades siguientes, nuestros tres hijos y nosotros siempre recordamos que el propósito de esas fiestas es fortalecer los lazos de unidad, amor y amistad.