Una canción de cuna para Timothy


Sentía un gran pesar por mi bebé, que tenía dificultades, hasta que recordé los dones que trajo otro Niño dos mil años atrás.

Recuerdo las aterradoras palabras de la enfermera que asistió en el parto: “Creo que tiene algunas anomalías”. Al mismo tiempo, aumentó la cantidad de personas que se encontraban en la sala de partos a fin de llevar a cabo la resucitación de mi recién nacido, que tenía problemas terriblemente graves.

Yo había presenciado escenas similares en muchas ocasiones anteriores, pero desde el otro lado: como enfermera. Se suponía que yo era la que debía estar reviviendo al recién nacido. Pero, en ese momento, yo era la mamá que extendía la mano a través de la puerta de una incubadora para tocar la mano de mi hijo, mientras el equipo de transporte esperaba para llevárselo a otro hospital.

A la mañana siguiente recibí una llamada telefónica desde la unidad de cuidados intensivos para recién nacidos, donde se encontraba Andrew, mi esposo, rodeado de médicos que le explicaban cómo sería la intervención que debían hacerle a Timothy inmediatamente para extirparle enormes tumores abdominales.

Me aferré a la esperanza de que la intervención curaría a nuestro hijo y que tendría una vida normal y feliz. Me lo imaginaba como un pequeñito regordete con una cicatriz simpática que quedaría como recuerdo del breve susto que les dio a sus padres.

Tres semanas más tarde, en esa misma sala de conferencias del hospital, un neurólogo intentó describir la malformación cerebral que dejaría a nuestro hijo con un considerable retraso cognoscitivo, dificultad en el habla y, con el tiempo, convulsiones.

Pocos días después de eso, en la misma sala, el neonatólogo dijo: “No creo que Timothy pueda irse a casa sin una sonda para alimentarse”. Nuestro bebé pesaba 1,4 kilogramos menos que al nacer, padecía anemia y prácticamente no respondía al estímulo. Cuando le daban el biberón, en el mejor de los casos, lo chupaba con muy poca fuerza y se atragantaba con el contenido.

Las esperanzas para nuestro bebé parecían reducirse a la nada. Mi mundo se me venía abajo. Dudé de la promesa del Señor de que Él nunca dará una prueba que esté más allá de la capacidad de resistencia de la persona. Sentía que esta carga me aplastaba física, mental y espiritualmente. Durante largas horas en el hospital todos los días, ansiaba estar con mis dos hijos mayores y reanudar nuestra vida pacífica. Cuando estaba en casa, me obsesionaba el bienestar de mi bebé y, sinceramente, lo que consideraba nuestras vidas recién destruidas.

En lo más hondo de mi pesar le rogué al Señor y le hablé de todas las maneras maravillosas en que yo lo serviría si Él se llevaba a Timothy de nuevo, si me permitiera llorar su pérdida y si me dejara seguir adelante con mi vida. Cualquier otra cosa era, claramente, mucho más de lo que yo podía soportar.

Mientras sucedía todo esto, mi propio milagro estaba comenzando. Muchos miembros de nuestro barrio, junto con varios familiares y amigos, estaban ayunando y orando por nuestra familia. Un domingo por la mañana, al despertar, tuve la fuerte impresión de que algo grandioso ocurriría ese día como resultado de todos los ayunos y las oraciones. Por supuesto, tenía la esperanza de que Timothy de pronto despertara y milagrosamente empezara a comer. Cuando llegué a cuidados intensivos, Timothy seguía sin responder y aún no tenía ningún interés en tomar el biberón. Naturalmente, me desilusioné, pero, al tenerlo en los brazos, me invadió una fuerte impresión de que se pondría bien. No sabía qué significaba “bien”, pero no tenía ninguna duda de que el Señor estaba a cargo y de que estaba al tanto de nuestra familia.

Unas semanas más tarde, mi madre y yo pasamos por el hospital. En aquella silenciosa y poco iluminada habitación, mi madre sostuvo a mi pequeño y débil bebé contra su pecho y lo acunó mientras cantaba la canción de cuna de Navidad:

Ya calla, mi nene; te voy a contar
de cómo al mundo el Cristo llegó;
de cómo en tierras allende del mar,
cual tú, un niñito muy bello nació.
Duerme, mi nene, duérmete ya.
Duerme, pues nada te molestará.
Duerme, mi nene, duérmete ya,
y Su cuidado Jesús te dará1.

Supe que la paz vendría por medio de mi Salvador, que vino a esta tierra para traer paz y felicidad eterna para cada uno de nosotros. Por supuesto que Él cuidaría a este amado pequeñito y elevaría a aquellos de nosotros que habíamos sido escogidos para cuidarlo.

Unas semanas más tarde trasladaron a Timothy a la sala de cuidados especiales, donde actualmente trabajo. Allí, milagrosamente, aprendió a comer. Y yo, una vez más, experimenté el increíble sentimiento de que él estaría bien. Y, si bien ha mejorado en muchísimos aspectos, sigo sin saber exactamente qué significa eso; pero, desde ese momento, me ha acompañado una presencia consoladora, y cada vez que encuentro algo por lo que probablemente debería preocuparme, ese sentimiento se derrama sobre mí y el mensaje es el mismo: “No te preocupes. Todo va a salir bien. Simplemente disfruta a tu hijo”.

Esta Navidad, mis pensamientos se dirigen a los hermosos dones que el Salvador nos ha dado. De muchas maneras, Él nos permite tener paz aquí en la tierra. Uno de los dones más maravillosos de paz es la oportunidad de hacer todo lo que podamos, con espíritu de oración, y luego entregarle a Él nuestros pesares.

Si ponemos nuestra confianza en el Señor, podemos entregarle nuestras preocupaciones, y Él, a su vez, nos elevará dándonos dones especiales que nos sostendrán, muchas veces por medio de otras personas. En lo que a mí respecta, estos dones llegaron en la forma de niñeras para mis dos hijos mayores, comidas de los miembros del barrio, enfermeras y médicos maravillosos, y el apoyo amoroso de familiares y amigos. Sin embargo, el don más poderoso ha sido la paz que me ha brindado el Padre Celestial a medida que Su Hijo ha llevado mis pesares y preocupaciones. Gracias a Él, soy libre de amar y disfrutar al pequeño Timothy y gozar de todas las personas y bendiciones que se han colocado en mi camino gracias a su vida especial.

Mostrar las referencias

    Nota

  1.   1.

    “Duerme, mi nene”, Canciones para los niños, pág. 30.