Todavía recuerdo cómo me sentí cuando vi rodar lágrimas de arrepentimiento por el rostro de mi hijo Arián, de 10 años de edad.

Él había estado jugando en el dormitorio con su hermano mayor, Joel, de 12 años, cuando de repente surgió una discusión, y tuve que intervenir para restablecer el orden. Quizás debido a sus edades, las riñas se habían vuelto algo frecuente entre los muchachos.

Al reaccionar, Arián, que estaba visiblemente alterado y llorando después del altercado con su hermano, me respondió de una manera inaceptable. Lo corregí dos veces (ahora el argumento era conmigo), pero la situación sólo se empeoró. Él estaba fuera de control, tenía la cara roja y temblaba; yo ya me estaba poniendo nervioso, pero sabía que tenía que haber una solución sin que fuera necesario que empezara a gritar.

De pronto recordé el principio de la oración. Sí, ¡esa era la respuesta!, de modo que lo llevé a mi cuarto, cerré la puerta y dije: “Arián, vamos a arrodillarnos y yo voy a ofrecer una oración a nuestro Padre Celestial”.

Los dos nos arrodillamos mientras él seguía llorando furioso. Oré con el propósito de tratar de ayudar a mi hijo. A mediados de la oración me di cuenta de que sus sollozos se iban apagando y de que las lágrimas que le rodaban por las mejillas eran ahora lágrimas de arrepentimiento.

Al terminar nuestra oración, Arián levantó la vista y preguntó: “Papá, ¿me perdonas?”. Nos abrazamos y no pude contener mis propias lágrimas. Sentimientos de paz y amor inundaron mi alma. Arián no dijo nada más, pero yo supe que él había experimentado el poder rehabilitador de la oración y que el Espíritu Santo había penetrado su corazón.

Ahora no sólo sabía acerca del poder de la oración, sino que había obtenido un testimonio de ello.

Ilustración fotográfica por David Stoker.