Mensaje de la Primera Presidencia

Cuán grande será vuestro gozo


Henry B. Eyring

Cuán grande será vuestro gozo

Pocas alegrías en la vida son más dulces y más duraderas que el saber que uno ha ayudado a otras personas a llevar el evangelio de Jesucristo a su corazón. Todos los miembros de la Iglesia tienen la oportunidad de sentir ese gozo. Al bautizarnos, hicimos la promesa de que seríamos “testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvi[ésemos], aun hasta la muerte, para que se[amos] redimidos por Dios, y se[amos] contados con los de la primera resurrección, para que teng[amos] vida eterna” (Mosíah 18:9).

Todos los miembros aceptan parte de la responsabilidad que se dio a la Iglesia de llevar el evangelio de Jesucristo al mundo, dondequiera que se encuentren y mientras vivan. El Señor dijo claramente: “He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y conviene que todo hombre que ha sido amonestado, amoneste a su prójimo” (D. y C. 88:81). Los misioneros de tiempo completo han de tener el poder para enseñar a quienes todavía no sean miembros de la Iglesia. Los miembros de la Iglesia han de tener el poder para encontrar a aquellas personas que el Señor haya preparado a fin de que los misioneros les enseñen.

Debemos ejercer nuestra fe en que el Señor ha preparado a personas que se encuentran a nuestro alrededor para que se les enseñe. Él sabe quiénes son y cuándo estarán listos, y puede guiarnos hacia ellos mediante el poder del Espíritu Santo y darnos las palabras para invitarlos a que se les enseñe. La promesa que el Señor le dio a un misionero en 1832 es también la promesa que nos da en nuestra responsabilidad de encontrar a personas que estén preparadas para que los misioneros les enseñen: “Y enviaré sobre él al Consolador, que le enseñará la verdad y el camino que debe seguir; y si es fiel, lo coronaré de nuevo con gavillas” (D. y C. 79:2–3).

Y la promesa de gran gozo para el misionero fiel es también nuestra como miembros fieles que entregan su corazón a la obra misional:

“Y ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!

“He aquí, tenéis mi evangelio ante vosotros, y mi roca y mi salvación.

“Pedid al Padre en mi nombre, con fe, creyendo que recibiréis, y tendréis el Espíritu Santo, que manifiesta todas las cosas que son convenientes a los hijos de los hombres” (D. y C. 18:16–18).

Además del Espíritu Santo que nos ayuda a reconocer e invitar a quienes estén preparados para que se les enseñe, el Señor ha llamado y capacitado a líderes para que nos guíen. En una carta con fecha del 28 de febrero de 2002, la Primera Presidencia depositó mayor responsabilidad por la obra misional en los obispos y los barrios 1 . Con la ayuda del consejo de barrio o rama, el comité ejecutivo del sacerdocio crea un plan misional para la unidad. En dicho plan hay sugerencias sobre la forma en que los miembros pueden encontrar a las personas que estén listas para que los misioneros les enseñen. Se llama a una persona como líder misional del barrio o de la rama, quien mantiene estrecho contacto con los misioneros de tiempo completo y sus investigadores.

Son muchas las formas mediante las que usted puede cumplir mejor con su obligación personal de ayudar a encontrar personas para que los misioneros les enseñen. La manera más sencilla será la mejor.

Ore para tener la guía del Espíritu Santo. Hable con los líderes locales y los misioneros para pedirles sugerencias y prometerles que los ayudará. Anime a los que participen con usted en esta obra. Y, en todo momento, en lo que diga y haga, sea testigo de que Jesús es el Cristo y de que Dios contesta las oraciones.

Testifico que si ora y se esfuerza por tener Su guía, el Espíritu Santo lo conducirá hacia los que buscan la verdad. Y sé por experiencia que su gozo será duradero junto con aquellos que elijan llevar el Evangelio a su corazón y después perseveren con fe.

Cómo enseñar con este mensaje

  • En La enseñanza: El llamamiento más importante se nos enseña que debemos instar a quienes enseñamos a fijarse metas que los ayuden a vivir los principios que hayan aprendido (véase la página 207). Con la familia, considere la posibilidad de determinar cuáles son las bendiciones de la obra misional que mencionó el presidente Eyring y, si se siente inspirado a hacerlo, invite a la familia a fijarse metas para compartir el Evangelio.

  • Teniendo en cuenta el consejo del presidente Eyring de que “la manera más sencilla será la mejor”, la familia podría aportar ideas sobre cómo compartir el Evangelio. Con el fin de aprender más acerca de la aportación de ideas, véase La enseñanza: El llamamiento más importante, página 181.

Jóvenes

Los muchos misioneros en mi vida

El primer domingo que asistí a la capilla con los misioneros reconocí a personas con las que me había criado y a las que conocía de la comunidad. Vi a una de mis mejores amigas de la escuela, a las secretarias de la escuela primaria y secundaria, a una muchacha con quien yo no había sido muy amable en el pasado, e incluso a un joven del que me enamoré cuando yo era adolescente.

Cada una de esas personas tuvo una influencia duradera en mí. Mi mejor amiga era una jovencita de gran integridad y, gracias a ella, decidí seguir investigando la Iglesia. Las secretarias que se acordaban de mí de la escuela, me ayudaron a saber que soy importante. Aprendí acerca del amor de Dios y de la caridad de la jovencita que me aceptó a pesar de mi actitud poco amable hacia ella en el pasado. El joven hacia quien tuve un enamoramiento de adolescente había sido tan buen ejemplo que reconocí su luz y deseé sentir su influencia.

Esas experiencias me ayudaron a aprender que, incluso antes de mi primer contacto con los misioneros, el Padre Celestial me había preparado para recibir el Evangelio por medio de las personas que colocó a mi alrededor. De ellas aprendí que las cosas pequeñas que hacemos pueden tener un gran efecto. Lo más importante es que he aprendido que la obra misional empieza conmigo.

Niños

El Evangelio: Un don para compartir

La palabra Evangelio significa todas las enseñanzas y ordenanzas que Jesucristo y Sus profetas nos han dado. El Evangelio es semejante a una canasta llena de regalos o dones de nuestro Padre Celestial. Tú puedes ayudar a repartir esos dones a otras personas. ¿Con quién podrías compartir el don del Evangelio?

Selecciona los versículos de las Escrituras que corresponden a las láminas de algunos de los dones que se incluyen en el Evangelio. En cada lámina escribe el número del pasaje correspondiente.

Ilustración fotográfica por Welden C. Andersen.

Extremo izquierdo: ilustraciones por Steve Kropp; izquierda: ilustraciones por Dilleen Marsh.

Mostrar referencias

    Nota

  1.   1.

    Véase “Se hace hincapié en la obra misional de barrio y de rama” Liahona, agosto de 2002, pág. 4.