Separados por una inundación, unidos por la oración


Atrapados en sus habitaciones, encerrados entre muebles y colgados de ramas de árboles, los integrantes de la familia Torres recurrieron a lo único que podía salvarlos.

El 25 de septiembre de 2005 empezó como un domingo tranquilo y pacífico para Víctor Manuel Torres Quiros, su esposa Yamileth Monge Ureña y su familia. Habían regresado de la capilla y estaban descansando, leyendo y disfrutando de una tranquila tarde de lluvia en su casa, en las montañas de Costa Rica.

Había estado lloviendo casi todo el fin de semana, nada fuera de lo común para la región ni para la estación. Alrededor de las cinco de la tarde, el hermano Torres observó que el río que pasaba cerca de su propiedad había crecido más de lo usual y estaba acercándose a la casa. Con calma, alertó a su familia y, como precaución, él y su hijo de once años, Erick, comenzaron a colocar mantas en las puertas para evitar que entrara el agua.

Momentos después, el río creció a tal punto que el agua tenía más de un metro y medio de altura alrededor de la casa. En cuestión de segundos, el agua rompió los vidrios y empezó a entrar. (La familia después supo que un desprendimiento de tierra había causado la repentina crecida del agua.) El hermano Torres le gritó a su familia que corriera al patio del fondo donde había algunos árboles y el terreno era más elevado. Sus tres hijas adolescentes, Sofía, Korina y Mónica, inmediatamente abandonaron la casa.

Pero la hermana Torres no podía salir, así que corrió con Elizabeth, una niña pequeña que estaba al cuidado de la familia ese fin de semana, hasta un dormitorio. Enseguida se subieron a una cama, la cual, asombrosamente, flotó. Nadie sabía dónde estaban los demás ni si estaban bien. La pequeña Elizabeth le recordó a la hermana Torres: “No llore. Recuerde que nuestro Dios nos ama”. Entonces empezaron a orar.

El hermano Torres había seguido a sus hijas afuera cuando se dio cuenta de que no sabía dónde estaba Erick. Luchando contra la corriente, volvió a entrar a la casa. Encontró a Erick parado sobre una pila de escombros: una pared que se había caído, algunos muebles, basura y varias ramas que el agua había empujado contra una puerta que estaba cerrada. Juntos, fueron hasta la cocina, donde el hermano Torres puso a Erick en un lugar alto y seguro. Entonces el hermano Torres descubrió que el agua había hecho que una cuerda de nylon se le enredara en las piernas, lo cual le dificultaba moverse. Aun así, logró empujar y quitar el refrigerador y algunos muebles y así evitar que la puerta se cerrara y los dejara atrapados a él y a su hijo.

Desde la cocina, Erick y el hermano Torres podían ver a las jovencitas en el patio, pero no sabían cómo estaban la hermana Torres y Elizabeth. El hermano Torres sugirió que juntos pidieran la ayuda del Padre Celestial.

Mientras tanto, afuera, subidas a un árbol de guayabas, las jovencitas también estaban orando. Sofía, Korina y Mónica veían que el agua salía a borbotones de su casa. Todo indicaba que era imposible que, si alguien había quedado dentro, estuviera vivo. Preocupadas por su familia, y con frío y miedo, las jovencitas cantaron himnos y oraron juntas.

“Le pedimos al Padre Celestial que hiciera que el agua comenzara a bajar”, dice Sofía. “Sabíamos que teníamos que tener fe; si no la teníamos, el milagro no ocurriría. El momento más feliz fue cuando abrimos los ojos y el nivel del agua había bajado”.

Y siguió bajando. Poco después, su padre salió afuera para preguntar si estaban bien. Ya estaba oscuro así que volvió a entrar en la casa, buscó una vela y, con gasolina, hizo una antorcha para que los vecinos supieran que la familia estaba en la casa.

Un vecino vio la antorcha y fue a ayudarlos. Ayudó a las jovencitas a bajarse de los árboles y con el hermano Torres movieron los objetos que estaban obstruyendo la puerta de la habitación donde estaban la hermana Torres y Elizabeth. Esa noche la familia se quedó con un pariente.

Dado que estaba oscuro cuando se fueron, la familia Torres no sabía cuánto daño había sufrido su casa. El lunes por la mañana, regresaron y descubrieron que lo habían perdido todo.

Sin embargo, no se quejaron. “Sabíamos que el Señor da y el Señor quita”, dice el hermano Torres (véase Job 1:21). Aunque su casa y sus pertenencias habían quedado destruidas, la hermana Torres dijo que “simplemente nos sentimos agradecidos porque vimos las ventanas de los cielos abrirse para nosotros”, porque sus vidas fueron preservadas y por las bendiciones que vinieron después.

Muchas de esas bendiciones llegaron mediante la generosidad de miembros de la Iglesia de Costa Rica. El jueves la familia ya estaba recibiendo camas y otros muebles, alimentos, ropa y otros artículos necesarios de miembros de las varias estacas de la zona de San José. Cuatro días después de eso, la familia encontró otro lugar donde vivir.

“Aprendimos que Dios nos muestra Su amor usando a otras personas”, dice la hermana Torres. “Fueron tantas las personas, tantos los hermanos y las hermanas que ayudaron en esa ocasión. Sentimos tanto amor. No teníamos ninguna razón para preguntar: ‘¿Por qué a nosotros?’”.

“Fue un milagro que sobreviviéramos todos”, dice el hermano Torres. “Sin duda, la fe de nuestra familia ha aumentado. Sé sin duda que Dios vive y nos ama”.

La hermana Torres agrega: “Desde hace mucho tenemos un lema familiar: ‘Dios está en los pequeños detalles de nuestra vida’. Después de nuestra experiencia, estamos seguros de eso. El Padre Celestial nos conoce. Él contesta nuestras oraciones”.

Ilustraciones por Bjorn Thorkelson

Desde el patio donde se encontraban las hermanas Torres, parecía imposible que alguien que estuviera dentro de la casa estuviera vivo. Preocupadas y asustadas, las jovencitas cantaron himnos y oraron juntas.