Un convenio es para siempre


Cuando se trata de decisiones que he tomado como parte de un convenio con un amoroso Padre Celestial, no importa lo que diga el mundo.

Cuando era adolescente, la presidenta de las Mujeres Jóvenes le dio un regalo a cada una de las mujeres jóvenes: una foto del templo. Nos habló acerca de los convenios y de vivir vidas puras. Entonces nos animó a que nos pusiéramos la meta de ir al templo algún día.

Tomé el consejo de esta hermana seriamente y decidí que el prepararme sería una de mis prioridades. En aquel entonces no había templo en Costa Rica, pero yo sabía, debido a mi bautismo reciente, lo que era un convenio, y esperaba ansiosa la oportunidad de hacer más convenios con el Señor.

Nadie más en mi familia era miembro de la Iglesia, de modo que no se enseñaba el Evangelio en nuestro hogar. Aún así, decidí que podría aprender acerca de las normas del Evangelio por mi cuenta y seguirlas. Parte de mi preparación era asistir a seminario, aun cuando se llevaba a cabo muy temprano por la mañana; también incluyó el no salir con jóvenes del sexo opuesto hasta que tuviera 16 años; y significó vivir la ley de castidad, algo que desde luego no era muy popular o común entre la mayoría de los jóvenes de mi edad, pero que sabía que podía hacer porque había hecho un convenio con el Señor de obedecerla.

Estudiar las Escrituras, tanto en seminario como por mi cuenta, fortaleció mi resolución de vivir una vida casta y pura. Recuerdo que me sentí inspirada en forma particular por los 2000 jóvenes guerreros. Como leemos en Alma 53:20–21, estos jóvenes eran “sumamente valientes en cuanto a intrepidez, y también en cuanto a vigor y actividad; mas he aquí, esto no era todo; eran hombres que en todo momento se mantenían fieles a cualquier cosa que les fuera confiada. …eran hombres verídicos y serios, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y a andar rectamente ante él”. Yo también quería ser fiel a cualquier cosa que me fuera confiada, incluso mis convenios bautismales.

Cuando se me llamó a servir en la Misión El Salvador San Salvador Este, obtuve una mayor comprensión de los convenios. Cuando recibí la investidura en el templo, me vino a la mente el pasaje de Doctrina y Convenios 82:10: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis”. A lo largo de mi misión, esa idea en cuanto a los convenios —de que nosotros hagamos nuestra parte y el Señor hará la Suya— me motivó a dar lo mejor de mí misma. Al hacerlo, mis compañeras y yo fuimos bendecidas en nuestra labor.

Serví en una misión hace muchos años, pero sigo encontrando fortaleza al guardar mis convenios. Desde entonces he tenido la bendición de servir por siete años en el Templo de San José, Costa Rica. Servir como obrera del templo me dio constantes oportunidades de recordar los convenios que había hecho. He encontrado recordatorios similares al servir en la organización de las Mujeres Jóvenes, donde he tratado de enseñar la importancia de los convenios tal como mis líderes me enseñaron a mí.

No siempre es fácil guardar nuestros convenios. Por ejemplo, muchas personas ven la ley de castidad (o, en algunos casos, la conducta religiosa en general) como anticuada. Afortunadamente, yo no siento presión adicional por parte de aquellos que no comparten mis creencias o por el paso del tiempo. Pienso en lo que sentí como mujer joven cuando nuestra líder nos animó a prepararnos y vivir a fin de hacer convenios en el templo. He mantenido la decisión que tomé entonces hasta el día de hoy.

Puedo permanecer firme en mis decisiones porque no fueron decisiones que tomé sólo por mí misma ni para mí misma; más bien son decisiones que he tomado como parte de un convenio con un amoroso Padre Celestial. No importa lo que diga el mundo, le prometí al Señor que obedecería Sus mandamientos; es una cuestión de honor. Los convenios que hice al bautizarme y los convenios que hice en el templo son tan válidos hoy como el día en que los hice. Un convenio con Dios es para siempre.

Vivir de la manera que Dios nos ha pedido que vivamos no siempre es fácil, pero testifico que es posible. Adquirimos confianza y poder al vivir nuestros convenios, y podemos tener la certeza de que nuestro Padre Celestial nunca nos dejará solos. Con Él de nuestro lado, podemos hacer todas las cosas (véase Moroni 7:33).

Para la fortaleza de los jóvenes adultos

Elder M. Russell Ballard

“Sólo tengo una pregunta: ¿Seguirán a los profetas verdaderos y vivientes o no? En realidad, es tan simple como eso. Las normas de la Iglesia con respecto a la moralidad se explican con total claridad en el folleto “Para la fortaleza de la juventud”, que aún se aplica a ustedes aunque muchos de ustedes ya no estén en las organizaciones de los Hombres o las Mujeres Jóvenes. Si deciden leer cualquier cosa que contenga material contrario a las normas morales de la Iglesia, entonces se están colocando a ustedes mismos y su sabiduría por encima del consejo de los profetas de Dios; una forma de proceder que desde luego sería muy poco sabia. En cuanto las personas empiezan a pensar que saben más que Dios o que Sus oráculos, o que cierto consejo que se dio no se aplica a ellos, se colocan en una situación peligrosa que ya ha reclamado la vida de muchísimas personas. Hace falta fe, verdadera fe, inequívoca y sin reservas, para aceptar los consejos proféticos e intentar vivir según ellos, aun cuando no se entiendan por completo. Esa clase de fe sencilla tiene el poder de guiarlos con seguridad a través de cualquier desafío que afronten en la vida”.

Élder M. Russell Ballard del Quórum de los Doce Apóstoles, “¿Cuándo sucederán estas cosas?” en Discursos de la Universidad Brigham Young 1995–96, 1996, pág. 189.

Los convenios que hice al bautizarme y los convenios que hice en el templo son tan válidos hoy como el día en que los hice.

Ilustraciones por Scott Greer.