Mensaje de la Primera Presidencia

No está aquí, sino que ha resucitado


Thomas S. Monson

No está aquí, sino que ha resucitado

Hoy en día sólo quedan ruinas de Capernaúm, aquella ciudad cerca de la costa, corazón del ministerio galileo del Salvador. Allí, Él predicó en la sinagoga, enseñó a la orilla del mar y sanó en los hogares.

Al iniciar Su ministerio, Jesús asumió un pasaje de Isaías: “El espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ha ungido Jehová para proclamar buenas nuevas a los mansos; me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel” (Isaías 61:1; véase también Lucas 4:18); una clara proclamación de un plan divino para rescatar a los hijos y a las hijas de Dios.

Pero la prédica de Jesús en Galilea había sido solamente el comienzo. El Hijo del Hombre siempre había tenido una aterradora cita que cumplir en un monte llamado Gólgota.

Tras ser arrestado en el Jardín de Getsemaní después de la Última Cena, abandonado por Sus discípulos, escupido, probado y humillado, Jesús caminó tambaleante bajo Su gran cruz en camino al Calvario. Pasó del triunfo a la entrega, la tortura y la muerte en la cruz.

En las palabras de la canción “The Holy City” [La ciudad santa]:

Cambió el panorama…
La mañana era fría y helada,
Al levantarse la sombra de la cruz
En un monte solitario 1 .

Fue por nosotros que nuestro Padre Celestial dio Su Hijo; fue por nosotros que nuestro Hermano Mayor dio Su vida.

El Maestro podría haberse vuelto atrás a último momento, pero no lo hizo. Descendió sobre todas las cosas a fin de salvar todas las cosas: la raza humana, la tierra y toda clase de vida que la habitase.

No hay palabras en la cristiandad que tengan mayor significado para mí que las que pronunció el ángel a la llorosa María Magdalena y a la otra María cuando se acercaban al sepulcro para cuidar del cuerpo de su Señor: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:5–6).

Con esa declaración se acababa de rescatar a aquellos que habían vivido y muerto, a aquellos que actualmente viven y que un día morirán, y a aquellos que aún nacerán y morirán.

Como resultado de la victoria de Cristo sobre el sepulcro, todos resucitaremos; ésa es la redención del alma. Pablo escribió:

“Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrestres; mas ciertamente una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrestres.

“Una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria.

“Así también es la resurrección de los muertos” (1 Corintios 15:40–42).

La gloria celestial es lo que buscamos; la presencia de Dios es donde deseamos morar; la familia eterna es aquella de la cual queremos formar parte.

De Aquél que libró a cada uno nosotros de la muerte infinita, testifico que es un maestro de la verdad; pero es más que un maestro, Él es el ejemplo de la vida perfecta; pero es más que un ejemplo, Él es el gran médico; pero es más que un médico, Él es el Salvador literal del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de Paz, el Santo de Israel, sí, el Señor resucitado, quien declaró: “Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre” (D. y C. 110:4).

“Gozoso, canto con fervor: Yo sé que vive mi Señor” 2 .

De esto testifico.

Cómo enseñar con este mensaje

Los buenos maestros fomentan la unidad entre aquellos a quienes enseñan. Cuando las personas comparten sus propias ideas y experiencias, y se escuchan entre sí con respeto, no sólo disfrutan un ambiente positivo para aprender, sino que también llegan a ser más unidos (véase La Enseñanza: El llamamiento más importante, pág. 68). La unidad se cultivará entre aquellos a quienes usted enseñe a medida que usted y ellos reverentemente den testimonio de la expiación de Jesucristo y de Su resurrección. Esa unidad ayudará a las familias a seguir el consejo del presidente Monson de llegar a ser una “familia eterna”.

Elaine S. Dalton
Jóvenes

Él nos mostró el camino para regresar a casa

“El Salvador vino a la tierra para mostrarnos cómo vivir el plan que se creó en los cielos, un plan que, si se sigue, nos hará felices. Su ejemplo nos mostró el camino para regresar a casa, a nuestro Padre Celestial. Nadie más en esta tierra ha sido tan ‘firme e inmutable’ (Mosíah 5:15). Nunca se distrajo; se centró en llevar a cabo la voluntad del Padre y permaneció leal a Su misión divina…

“Ustedes son parte de ese plan extraordinario que se presentó en los reinos premortales. El que hayan venido a la tierra en este tiempo se ha previsto desde que el plan se aceptó; no es una casualidad que vivan en este tiempo y lugar. Su ‘fe excepcional y buenas obras’ (Alma 13:3) de aquel tiempo han establecido los cimientos para lo que ustedes pueden lograr ahora si son fieles y obedientes… tienen una gran obra que llevar a cabo. Para cumplir con su divina misión y vivir el plan de felicidad, también deben ser firmes e inmutables”.

Véase Elaine S. Dalton, Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, “En todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar”, Liahona, mayo de 2008, pág. 118.

Niños

Podemos ser familias eternas

El presidente Monson enseña que por medio del poder de la expiación del Salvador podemos estar juntos con nuestra familia otra vez después de la muerte. Para unir a esta familia, sigue las instrucciones que se encuentran a continuación.

Instrucciones: Los miembros de la familia que se encuentran a la izquierda están separados unos de otros y del Salvador por causa de la muerte. Copia esta página, imprímela de www.lds.org , o crea tu propia ilustración para demostrar de qué manera el Salvador puede hacer que estemos unidos. Dobla la hoja en cada una de las líneas punteadas de modo que las estrellas de la parte de abajo de la hoja queden juntas y que la parte oscura no se vea.

No está aquí, por Walter Rane, se prohíbe su reproducción; Cristo y María en el sepulcro, por Joseph Brickey © 2004 IRI.

Ilustración por Steve Kropp.

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    Notas

  1.   1.

    Frederick E. Weatherly, “The Holy City” [La ciudad santa], 1892.

  2.   2.

    “Yo sé que vive mi Señor”, Himnos, Nº 73.