Testimonio


Cecil O. Samuelson Jr.
Los fundamentos para obtener y mantener un testimonio del evangelio de Jesucristo son sencillos, claros y están al alcance de toda persona.

Durante muchos años, una de las grandes bendiciones que he tenido en la vida ha sido la oportunidad de estar rodeado de los jóvenes de la Iglesia y de trabajar con ellos. Considero que esas asociaciones y amistades están entre las más dulces y valiosas de mi vida; y también son mucha de la base del gran optimismo que tengo en el futuro de la Iglesia, de la sociedad y del mundo.

Durante esas interacciones, también he tenido el privilegio de dialogar con algunos que han tenido diversas dudas o dificultades con su testimonio. Aunque los detalles han sido variados y en ocasiones exclusivos, muchas de las preguntas y las causas de confusión han sido muy similares. Asimismo, esos problemas e inquietudes no se limitan a ningún grupo demográfico ni de edad; pueden afectar a miembros de familias que han formado parte de la Iglesia por generaciones, a miembros de la Iglesia relativamente nuevos y también a los que apenas empiezan a conocer La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Por lo general, sus preguntas son el resultado de la investigación sincera o de la curiosidad. Debido a que las implicaciones revisten tanta importancia y relevancia para cada uno de nosotros, parece adecuado analizar el tema de nuestro testimonio. En el contexto Santo de los Últimos Días, nos referimos al testimonio como nuestra certeza de la veracidad del evangelio de Jesucristo, que se obtiene por revelación mediante el Espíritu Santo.

Aunque un testimonio sea sencillo y claro, varias posibles preguntas surgen de esa definición, tales como: ¿Quién tiene derecho a tener un testimonio? ¿Cómo obtiene uno la revelación necesaria? ¿Cuáles son los pasos para obtener un testimonio? ¿Obtener un testimonio es un acontecimiento aislado o un proceso continuo? Cada una de estas y otras preguntas tienen sus propias ramificaciones, pero los fundamentos para obtener y mantener un testimonio del evangelio de Jesucristo son sencillos, claros y están al alcance de toda persona.

Permítanme responder brevemente a estas posibles incertidumbres y luego referirme a algunas ideas que han compartido mis amigos jóvenes adultos de confianza que han tenido sus propias experiencias al obtener su testimonio. Ellos también han tenido la oportunidad de ministrar a otros que tienen problemas o dificultades con algunos aspectos de su fe y sus creencias.

Primero, ¿quién tiene derecho a tener un testimonio? Todo el que esté dispuesto a pagar el precio; es decir, guardar los mandamientos. “Por tanto, la voz del Señor habla hasta los extremos de la tierra, para que oigan todos los que quieran oír” (D. y C. 1:11). Una de las razones fundamentales para la restauración del Evangelio es que “todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo; para que también la fe aumente en la tierra” (Doctrina y Convenios 1:20–21).

Segundo, ¿cómo se obtiene la revelación necesaria y cuáles son los pasos fundamentales para obtenerla? El modelo ha sido claro y uniforme a lo largo de las épocas. La promesa que se hace para recibir un testimonio del Libro de Mormón también se aplica en general:

“Y cuando recibáis estas cosas [es decir, cuando hayan escuchado, leído, estudiado y meditado el asunto en cuestión]… preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas [es decir, que orarán con esmero, de forma específica y reverente, con un compromiso firme de obedecer lo que se les responda en la oración]; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo;

“y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:4–5).

Tercero, ¿obtener un testimonio es un acontecimiento aislado o un proceso continuo? Un testimonio es similar a un organismo vivo que crece y se desarrolla cuando se le brinda el trato adecuado; necesita nutrición constante, atención y protección para crecer y prosperar. Del mismo modo, si somos negligentes o si nos desviamos del modelo de vida que permite mantener el testimonio, podemos perderlo o éste puede menguar. Las Escrituras advierten que transgredir o quebrantar los mandamientos de Dios puede terminar en la pérdida del Espíritu e incluso en la negación del testimonio que uno tenía (véase D. y C. 42:23).

Permítanme ahora compartir diez observaciones y sugerencias de mis apreciados y fieles amigos jóvenes. Las ideas que comparten poseen características comunes en cuanto a su forma de pensar y experimentar, por lo que probablemente no nos resultarán asombrosas a ninguno de nosotros. Desafortunadamente y de forma particular, en nuestros momentos de lucha y aflicción, podríamos olvidarlas temporalmente o descartar que éstas sean aplicables a nosotros.

Primero, todos somos valiosos porque todos somos hijos de Dios. Él nos conoce, nos ama y quiere que tengamos éxito y regresemos a Él. Debemos aprender a confiar más en Su amor y en Su tiempo que en nuestros propios deseos que suelen ser impacientes e imperfectos.

Segundo, aunque creamos plenamente en el gran cambio de corazón que se describe en las Escrituras (véase Mosíah 5:2; Alma 5:12–14, 26), debemos entender que éste suele ocurrir de manera gradual, en vez de forma instantánea o general, y en respuesta a preguntas específicas, experiencias e inquietudes, así como por medio del estudio y de la oración.

Tercero, tenemos que recordar que un propósito fundamental de la vida es ser probados y sometidos a tensión; por tanto, debemos aprender a crecer a partir de nuestros desafíos y a agradecer las lecciones aprendidas que no podríamos adquirir de una forma más fácil.

Cuarto, debemos aprender a confiar en las cosas que creemos o sabemos para que nos sostengan en momentos de incertidumbre o con asuntos con los que tenemos dificultad.

Quinto, como Alma enseñó, obtener un testimonio normalmente consiste en progresar a lo largo de un camino sucesivo de esperanza, creencia y, por último, de conocimiento de la veracidad de un principio o doctrina específicos, o del Evangelio mismo (véase Alma 32).

Sexto, enseñar a alguien lo que sabemos fortalece nuestro testimonio a medida que edificamos el de la otra persona. Cuando uno da dinero o comida a alguien, uno termina con menos. Sin embargo, cuando uno comparte su testimonio, éste se fortalece y aumenta tanto en el que lo comparte como en el que lo escucha.

Séptimo, debemos hacer las cosas pequeñas pero necesarias a diario y con regularidad. Las oraciones, el estudio de las Escrituras, la asistencia a las reuniones de la Iglesia, la adoración en el templo, el cumplimiento de las visitas de maestras visitantes, la orientación familiar y otras asignaciones, fortalecen nuestra fe e invitan al Espíritu a nuestra vida. Cuando descuidamos alguno de esos privilegios, ponemos en peligro nuestro testimonio.

Octavo, no debemos tener para los demás estándares más altos que los nuestros. Muy a menudo podemos dejar que los errores o las faltas de los demás, especialmente de los líderes o miembros de la Iglesia, influyan en cómo nos sentimos acerca de nosotros mismos o afecten nuestro testimonio. Las dificultades de otras personas no son una excusa para nuestras propias deficiencias.

Noveno, es bueno recordar que ser demasiado severo con uno mismo cuando se comete un error puede ser tan negativo como ser demasiado despreocupado cuando se necesita un verdadero arrepentimiento.

Y décimo, siempre debe quedar claro que la expiación de Cristo está plena y continuamente en vigencia para cada uno de nosotros cuando permitimos que así sea. Así, todo lo demás encaja en su lugar, aunque sigamos batallando con ciertos detalles, hábitos o piezas que parecieran faltar en el mosaico de nuestra fe.

Estoy agradecido por las ideas, los puntos fuertes y los testimonios de muchos de mis ejemplares jóvenes amigos y asociados. Cuando estoy con ellos, me fortalezco; y cuando sé que están con otros, me alienta el saber que están haciendo el bien y prestan servicio en nombre del Maestro, a quien adoran y se esfuerzan por obedecer.

La gente hace cosas buenas e importantes debido a que tiene un testimonio. Si bien eso es cierto, también obtenemos un testimonio debido a lo que hacemos. Jesús dijo:

“Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.

“El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo” (Juan 7:16–17).

“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

Al igual que Nefi y Mormón de la antigüedad, “no sé el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17; véase también Palabras de Mormón 1:7), pero déjenme decirles lo que sí sé.

Sé que Dios, nuestro Padre Celestial, vive y nos ama. Sé que Su Hijo único y especial, Jesucristo, es nuestro Salvador y Redentor y es Cabeza de la Iglesia que lleva Su nombre. Sé que José Smith vivió todo lo que ha dicho y enseñado con respecto a la restauración del Evangelio en nuestros días. Sé que hoy nos guían apóstoles y profetas, y que el Presidente Thomas S. Monson posee todas las llaves del sacerdocio que se necesitan para bendecir nuestra vida y adelantar la obra del Señor. Sé que todos tenemos derecho a este conocimiento, y si están pasando dificultades, pueden confiar en la veracidad de los testimonios que escuchen desde este púlpito en esta conferencia. Ésas son las cosas que sé y de ellas ofrezco mi testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.