La fe para responder al llamado

Del Quórum de los Doce Apóstoles

De un discurso de una transmisión de conferencia regional de estaca pronunciado el 12 de septiembre de 2010 en la Universidad Brigham Young.

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En nuestro corazón debe arder la convicción de que ésta es la obra de Dios y de que requiere lo mejor que podamos dar para edificar “los lugares asolados de Sión”.

En 1849, sólo dos años después de que los santos entraran al valle del Lago Salado, el élder Parley P. Pratt, del Quórum de los Doce Apóstoles, condujo una expedición hacia el sur. Cuanto más al sur iban, más escabroso era el terreno. Después de que los hombres descendieron unos 900 metros desde el borde de la Gran Cuenca hasta donde convergen los ríos Virgin y el Santa Clara (al sur de lo que hoy es St. George, Utah), el terreno se hizo árido y arenoso, volcánico y escarpado, lo cual no agradó mucho a los exploradores. En un diario dice:

“Pasamos… una región escarpada, pedregosa, arenosa y casi indescriptible, elementos agrupados en una terrible confusión…

“Apareció una vasta extensión de materia caótica que consistía en enormes colinas, desiertos [rojos], llanuras tristes y estériles, rocas perpendiculares, arcilla suelta y árida… arenisca… que yacían en una confusión inconcebible; en una palabra, una región en ruinas… sacudida de adentro hacia afuera y de arriba hacia abajo por las terribles convulsiones de una era previa”1.

Pero a pesar de lo escabroso que parecía el terreno camino hacia el sur, los precipicios erosionados por el viento y las zonas desérticas del cañón del territorio de San Juan hacia el Este parecían ser más arduos. Los líderes de la Iglesia sabían que sería difícil dominar esa áspera y desconocida parte del territorio; pero, no obstante, deseaban establecer comunidades de la Iglesia en ese lugar. En 1879, durante la conferencia trimestral de la Estaca Parowan, 250 personas aceptaron el llamado del presidente John Taylor de establecer la Misión San Juan. Con ochenta carromatos y casi mil cabezas de ganado y caballos, empezaron a abrirse camino a través del imponente e inexplorado territorio de montañas cubiertas de nieve y elevadas cumbres de piedra.

En busca de la ruta más corta para llegar a San Juan, esos primeros exploradores superaron un obstáculo tras otro, pero pronto se enfrentaron a la más grandiosa e intimidante barrera de todas: el infranqueable abismo del cañón del río Colorado. Milagrosamente, esos cansados exploradores descubrieron una angosta hendidura en el cañón, una grieta en los rojos acantilados que descendía 610 metros hasta el río Colorado. Ese solitario y casi mortal “hoyo en la roca” parecía ofrecer el único paso posible hacia el lado este.

En su mayor parte, la abertura en la arenisca era demasiado angosta para que pudieran pasar caballos, y en algunos lugares incluso demasiado angosta para que pudiera pasar un hombre o una mujer. Las caídas verticales de hasta 23 metros aparentemente habían hecho imposible la tarea para una cabra montés, mucho más para un carromato cargado. Pero los tenaces santos no se iban a volver atrás; de modo que con explosivos y herramientas, trabajando la mayor parte de diciembre de 1879 y enero de 1880, abrieron un precario y primitivo camino en una de las paredes del precipicio del cañón.

Con ese camino rudimentario terminado, en las condiciones en que estaba, ahora tenían la tarea de bajar los primeros cuarenta carromatos por el “hoyo”. Los otros carromatos, que esperaban a ocho kilómetros de distancia, los seguirían más tarde.

Se organizaron de manera “que una docena o más de hombres sostuvieran cuerdas detrás del carromato” a fin de reducir la velocidad del descenso; entonces trabaron las ruedas con cadenas, haciendo que se deslizaran y así evitar la catástrofe de que las ruedas giraran.

En uno de los destacados momentos de la historia pionera, la compañía bajó los carromatos uno por uno a través del peligroso precipicio. Al llegar a la base del cañón, afanosamente empezaron a cruzar el río en un barco con plataforma que habían construido para ese propósito. Resultó que la familia de Joseph Stanford Smith se encontraba en el último carromato que descendería aquel día.

Stanford Smith había ayudado de modo sistemático a bajar los carromatos, pero, de alguna manera, la compañía aparentemente olvidó que la familia del hermano Smith también necesitaría ayuda aunque fueran los últimos. Stanford, profundamente consternado porque él y su familia parecían encontrarse abandonados, movió los caballos, el carromato y a la familia al borde del precipicio; colocó el tiro de caballos enfrente del carromato y enganchó un tercer caballo a la parte de atrás en el eje trasero. Los Smith se pararon por un momento junto al precipicio y miraron hacia abajo al peligroso hoyo; Stanford se volvió hacia su esposa Belle y dijo: “Me temo que no lo lograremos”.

Ella respondió: “Pero tenemos que hacerlo”.

Él dijo: “Si sólo tuviéramos a algunos hombres que sujetaran el carromato tal vez lo lograríamos”.

Su esposa contestó: “Yo lo sujetaré”.

Ella puso un acolchado en el piso donde colocó a su bebé y lo dejó al cuidado de Roy, de tres años, y de Ada, de cinco. “Cuiden a su hermanito hasta que papá venga por ustedes”, dijo. Entonces, colocándose detrás del carromato, Belle Smith sujetó las riendas del caballo que estaba enganchado en la parte trasera. Stanford empezó a bajar el tiro por el hoyo; el carromato se resbaló hacia abajo y, con el primer tirón, el caballo que iba atrás se cayó. La hermana Smith se apresuró a sujetar el animal y el carromato, tirando de las cuerdas con toda su fuerza y valor. Ella también se cayó, y mientras era arrastrada con el caballo, una roca afilada le hizo un corte profundo en la pierna, desde el talón hasta la cadera. Esa valiente mujer, con la ropa rasgada y una seria herida, se mantuvo agarrada a las riendas con todas sus fuerzas y su fe a lo largo de la pendiente hasta que llegó a la orilla del río.

Al llegar al fondo, y casi sin poder creer lo que habían logrado, Stanford inmediatamente se apresuró a subir los 600 metros hasta la cima, temeroso por el bienestar de sus hijos. Al asomarse por el borde, vio que literalmente no se habían movido de donde los habían dejado. Tomando al niño en sus brazos, y con los otros dos aferrándose a él, y el uno al otro, los llevó por la rocosa hendidura a la ansiosa madre que los esperaba abajo. En la distancia vio a cinco hombres que se dirigían hacia ellos y que traían cadenas y cuerdas; al darse cuenta de la difícil situación en la que se encontraban los Smith, habían ido a ayudarlos. Stanford les dijo: “Olvídenlo muchachos; nos las hemos arreglado bien; [Belle] es toda la ayuda que un hombre necesita [para realizar este viaje]”2.

Cuando llega el llamado

La expedición del hoyo en la roca es sólo uno de los muchos ejemplos de la espectacular determinación y devoción de los primeros santos para responder al llamado de su profeta cuando él lo extendió. Otro ejemplo es la creación de la Misión Muddy —lo que actualmente es Nevada— y el llamado a servir en ella. Como ocurrió con muchas de las primeras colonizaciones pioneras, la Misión Muddy prometía una vida sumamente dura, y muchos tuvieron que hacer un profundo examen de conciencia cuando llegaron los llamados para establecerse en ese lugar.

Algunos de los que fueron llamados en la década de 1860 seguramente se han de haber preguntado: “De todos los lugares de la tierra, ¿por qué Muddy?”. En realidad, sí había razones. Primero que nada, la guerra civil norteamericana había aumentado la posibilidad de transportar mercancías por el río Colorado. Segundo, cuando la guerra interrumpió las fuentes tradicionales de textiles, se había establecido la Misión Cotton [Algodón] en las ciudades de St. George y de Washington, situadas a pocos kilómetros de distancia, y se había pensado que el algodón para esa misión se podría cultivar en la región Muddy. Tercero, los Santos de los Últimos Días consideraban seriamente su obligación de trabajar entre las tribus de indios americanos de la región a fin de ayudar a alimentarlos y con la esperanza de educarlos.

No obstante, la región era todavía un páramo triste y árido; parecía que no tenía nada que ofrecer excepto calor y trabajo arduo. Estaba aislada y en su mayor parte desolada, y el río por el cual se llamó así a la misión tenía el nombre acertado [Muddy: lleno de lodo].

En cuanto a cómo, y con qué fe y determinación se estableció la región Muddy, dejaré que una de las colonizadoras exprese sus sentimientos. Ella representa el valor, las agallas y la convicción moral que tenían tanto los jóvenes como los ancianos; en este caso, especialmente los jóvenes. En cuanto al llamamiento que su padre recibió para colonizar la región Muddy, Elizabeth Claridge McCune escribió:

“Ningún lugar de la tierra me parecía tan precioso a los quince años como mi querido [pueblo de] Nephi [en el Condado de Juab, Utah]. ¡Con cuánto entusiasmo esperábamos las visitas periódicas del presidente Brigham Young y de sus acompañantes!

“…el hermano Brigham, los hermanos Kimball y Wells con todos [sus] acompañantes salieron de sus carruajes y caminaron por el florido sendero… a nuestros hogares, [donde] se había preparado y se sirvió la cena…

“Todos asistimos a la reunión [del domingo] por la tarde, con los asientos de enfrente reservados para las muchachas vestidas de blanco. Los sermones eran elocuentes y estábamos felices hasta que el presidente Young anunció que leería algunos nombres de los hermanos que se habrían de llamar y sostener como misioneros para ir a colonizar… la región ‘Muddy’. Eso casi paralizó el corazón de todos los presentes. Mucha de nuestra gente había sido llamada para ir a colonizar la región de Dixie, pero Muddy, ¡tantos kilómetros al sur!, ¡y tanto peor! ¡Ay! ¡Ay! No escuché ningún otro nombre excepto ‘Samuel Claridge’. Cuánto gemí y lloré después, aun cuando las lágrimas arruinaban [mi] nuevo vestido blanco. También llamaron al padre de la niña que estaba sentada a mi lado; pero ella dijo: ‘¿Y por qué lloras? A mí no me hace llorar; sé que mi padre no irá’. ‘Pues allí está la diferencia’, le dije. ‘Sé que mi padre irá y que nada lo impedirá; y yo no lo reconocería como mi padre si él no fuera cuando se le ha pedido que vaya’. Entonces comencé a llorar otra vez…

“Como acabábamos de mudarnos a una nueva casa y vivíamos [tan] cómodamente, muchas de nuestras amistades trataron de convencer a papá de que conservara su casa y la granja; que fuéramos al sur por un tiempo y que después volviéramos. Pero papá sabía que ésa no era la clase de misión a la que se le había llamado. ‘Venderé todas mis pertenencias’, dijo, ‘y llevaré mis recursos para ayudar a edificar otro lugar asolado de Sión’”3.

Fe en la obra

¿Qué es lo que generó en aquel entonces y lo que genera en la actualidad la lealtad y la devoción que tenía esa joven de quince años y la familia en la que nació? ¿Qué es lo que hizo que se volviera hacia su amiga que era un poco menos firme y dijera: “Sé que mi padre irá y que nada lo impedirá”? ¿De dónde proviene esa clase de valentía que la llevó a decir además: “Y yo no lo reconocería como mi padre si él no fuera cuando se le ha pedido que vaya”?

¿Y esos tres niñitos que vieron a sus padres desaparecer en un carromato por el borde del cañón del río Colorado, pero que confiaron en las instrucciones que les había dado su madre? Permanecieron allí valientemente, resueltos a no moverse ni llorar a pesar del tremendo miedo que debieron tener.

¿Qué vemos en estos ejemplos de pioneros fieles? Es lo que hemos visto a lo largo de las dispensaciones del tiempo y ciertamente a través de esta dispensación. Vemos lo que vimos cuando los santos huyeron de Nueva York, Pensilvania, Ohio y Misuri, y después abandonaron su amada Nauvoo a través de un río lleno de hielo y con la vista del templo quemándose a la distancia. Es lo que vimos cuando esa misma gente sepultó a sus numerosos muertos en Winter Quarters y luego dejaron los sepulcros solitarios, a veces tan pequeños como una caja para el pan, en Wyoming cerca de Chimney Rock o en uno de los muchos cruces del río Sweetwater, o en un banco de nieve del Refugio Martin.

Lo que vimos en aquella época y lo que vemos ahora entre los benditos santos alrededor del mundo es fe en Dios, fe en el Señor Jesucristo, fe en el profeta José Smith, fe en la realidad de esta obra y en la veracidad de su mensaje. Fue la fe lo que llevó a un joven a la arboleda a orar, y fue la fe lo que le permitió volver a ponerse de pie, a ponerse en las manos de Dios para la restauración del Evangelio, y finalmente para marchar hacia su propio martirio tan sólo dos breves docenas de años más tarde.

No es de extrañar que la fe siempre haya sido y siempre sea el primer y perdurable principio del Evangelio y de nuestra obra. La parte central de nuestra convicción es que la obra no sólo debería seguir adelante, sino que puede y debe seguir adelante, y lo hará.

No sé de qué otro modo las madres y los padres pudieron dejar a esos bebés en esas tumbas improvisadas en las llanuras y después, con una última mirada, continuar por el camino hacia Sión en lágrimas. No sé de qué otro modo una mujer como Belle Smith pudo dejar a sus hijos al borde de un precipicio y tener la fuerza para sostener el carromato por la peligrosa pendiente. No sé de qué otro modo pudo Samuel Claridge vender todas sus posesiones y emprender la marcha para edificar Sión en la desértica Misión Muddy. La fuerza impulsora fundamental en estas historias es la fe; la fe firme como la roca, refinada por el fuego purificador, llena de sucesos y espiritualmente fortalecida de que ésta es verdaderamente la Iglesia y el reino de Dios y de que cuando se nos llama, acudimos.

Un llamado a la convicción

Aún hay “lugares asolados de Sión” que edificar, y algunos de ellos están mucho más cerca que las Misiones Muddy o San Juan; algunos de ellos se encuentran en nuestro propio corazón y en nuestros propios hogares.

De modo que hago un llamado a que tengamos la convicción que debe arder en el corazón de todos nosotros de que ésta es la obra de Dios y de que requiere lo mejor que podamos dar. Mi súplica es que nutran su propia fortaleza física y espiritual a fin de que tengan una profunda reserva de fe a la cual acudir cuando surjan tareas, desafíos o exigencias de una u otra índole. Oren un poco más, estudien un poco más, ignoren el ruido y acallen el clamor, disfruten de la naturaleza, invoquen la revelación personal, examinen su conciencia y busquen en los cielos el testimonio que impulsó a nuestros padres pioneros. Entonces, cuando tengan necesidad de buscar en su interior de forma un poco más profunda y más intensa a fin de hacer frente a la vida y llevar a cabo su obra, tendrán la seguridad de que habrá algo allí a lo cual podrán recurrir.

Cuando tengan esa fe individual, estarán preparados para bendecir a su familia. La indicación individual más clara de actividad y de servicio, de devoción y lealtad a esta Iglesia sigue siendo la existencia de fuertes lazos familiares. Digo esto con pleno conocimiento de que parte de la majestuosidad de esta Iglesia yace en el miembro individual. Algunas veces ese miembro es un nuevo converso; otras veces es el único Santo de los Últimos Días de la familia. Alguna persona, en algún lugar, tuvo que plantar el estandarte de la fe y empezar una nueva generación en el Evangelio. Pero el hecho es que la fe se nutre y se protege mejor, y es más perdurable, cuando hay una familia entera para afianzarla. De modo que después de perseverar solos, si les toca hacerlo, trabajen diligentemente para asegurarse de que los demás miembros de su familia no tengan que hacerlo. Edifiquen a su familia y procuren que la fe sea fuerte en ella.

Una vez logrado, podemos servir a la Iglesia ya sea en un lugar cercano o en uno distante, si se nos llama a hacerlo. Entonces podemos ir en busca de esa oveja perdida, miembro o no miembro, viva o muerta. Eso se puede hacer sabiamente y bien sólo cuando las otras noventa y nueve ovejas, incluso nuestro pequeño rebaño, se encuentren a salvo en el redil mientras efectuamos la búsqueda. Si hemos amado y enseñado a los que están en nuestro hogar, ellos entenderán exactamente así como lo hizo Elizabeth Claridge: cuando llegue el llamado, pueden estar seguros de que su padre y su madre, sus hermanos y hermanas acudirán.

Hay trabajo que hacer. No podemos decir que todos y cada uno de nuestros vecinos tiene una fe profunda; que cada uno tiene una familia fuerte; que cada uno, tanto el que está cerca como lejos, ha oído el mensaje del Evangelio y ha llegado a ser un Santo de los Últimos Días creyente, que enseña y que asiste al templo. El mundo se vuelve cada vez más inicuo y los tiempos venideros serán una prueba para todos nosotros, pero la fortaleza de la rectitud siempre predominará cuando personas como Sanford y Belle Smith, pesonas como Samuel Claridge y su valiente hija Elizabeth la hagan prevalecer.

Debemos tener fe en esta obra, fe en lo que se ha llamado a hacer a todos los creyentes, fe en el Señor Jesucristo y en nuestro Padre Celestial. Es necesario que sometamos nuestra voluntad a la de Ellos y realmente hagamos que esa voluntad sea fuerte como la roca y firme como los pioneros. Si lo hacemos, sé que estaremos seguros y a salvo en el avance inevitable de la Iglesia y reino de Dios sobre la tierra.

Cuando se llamó a su padre para que trasladara a su familia a la difícil Misión Muddy, en lo que hoy día es Nevada, EE. UU., Elizabeth Claridge (arriba) lloró, pero declaró: “Yo no lo reconocería como mi padre si él no fuera cuando se le ha pedido que vaya”.

La parte central de nuestra convicción es que la obra no sólo debería seguir adelante, sino que puede y debe seguir adelante, y lo hará. No sé de qué otro modo las madres y los padres pudieron dejar a esos bebés en esas tumbas improvisadas en las llanuras y después, con una última mirada, continuar por el camino hacia Sión en lágrimas.

EL ÚLTIMO CARROMATO, POR Lynn Griffin.

Martin Handcart Company (Comapañía de carros de mano de Martin), Bitter Creek, Wyoming, 1856, por Clark Kelley Price © 1980 IRI.

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    Notas

  1.   1.

    En Milton R. Hunter, Brigham Young the Colonizer, 1973, pág. 47.

  2.   2.

    Véase David E. Miller, Hole-in-the-Rock: An Epic in the Colonization of the Great American West, 1959, págs. 101–118; cursiva agregada y puntuación estandarizada.

  3.   3.

    Elizabeth Claridge McCune, en Susa Young Gates, “Biographical Sketches”, Young Woman’s Journal, julio de 1898, págs. 292, 293; puntuación estandarizada.